viernes, 13 de febrero de 2009

El secreto de la pirámide

"Tres pasiones, simple pero extremadamente poderosas, han gobernado mi vida: el anhelo de amor, el deseo de saber y una compasión abrumadora ante el sufrmiento de la humanidad" (B. Russell. Autobiography)

Mis alumnos de 2º de Bachillerato, con los que, por cierto, me voy de viaje de estudios la semana que viene, han finalizado hoy sus exámenes de la segunda evaluación. Aunque les supongo cansados, espero que reserven unos minutos de su recuperada libertad para pasearse por este foro.

Pero el curso no ha terminado. De hecho, el lunes comenzamos con un tema que, curiosamente, ha comparecido en varios de los interesantes comentarios de esta semana: la gestión de los recursos humanos. La piedra angular del edificio empresarial, sin duda.

Hablar de recursos humanos suele comportar, al menos en la literatura económica, hacer hincapié en la importancia de la motivación. Y hablar de motivación supone glosar a Abraham Harold Maslow, psicólogo estadounidense que fue también citado ayer, con toda seguridad sin saber que este autor iba aser el protagonista de la entrada del día siguiente. Su teoría de las necesidades es considerada como un clásico en las teorías de la motivación; no hace mucho fue incluso utilizada como reclamo publicitario de una conocida marca de automóviles.

No creo exagerar si afirmo que el tema de la motivación es complejo: más si se tienen en cuenta los desacuerdos que suscita entre el gremio de psicólogos. Más allá de las posibles fricciones y hablando en términos generales, una buena teoría de la motivación debería incorporar conceptos como incentivos, impulsos, necesidades, expectativas y ni aún en ese caso, sería capaz de dar razón completa del fenómeno de la motivación.

Se ha discutido en este cuaderno de bitácora largo y tendido acerca de las necesidades humanas. ¿Naturales o sociales? ¿Innatas o inducidas? ¿Cuántas necesidades hay en el hombre y cuáles son? ¿Cómo se relacionan unas con otras? Diferentes investigaciones y estudios refuerzan la idea de que resulta imposible especificar un número exacto de ellas.


Nadie duda de la existencia de las necesidades primarias, i.e., de carácter biológico (hambre, sed). Sin embargo, no son privativas del ser humano: otras especies animales también las tienen. La diferencia estriba en la capacidad exclusiva del hombre de crearse necesidades. Esto es, necesidades que no cumplen una función estrictamente biológica, y que son transmitidas socialmente. Además, las necesidades humanas reúnen dos cualidades que las convierten en apetecibles para la economía: pueden ser satisfechas por un objeto diferente al inicialmente deseado y no se pueden satisfacer todas de forma globa y definitiva: son, en este sentido, ilimitadas.

Y aquí entra en escena nuestro gigante de hoy, A.H. Maslow. El psicólogo neoyorkino no pretendió establecer un inventario de necesidades humanas, sino de matizar el propio concepto de necesidades secundarias. De ese intento surge su famosa pirámide de las necesidades. En la base se hallan las necesidades primarias, de carácter biológico. La aplicación al mundo de la empresa es evidente: el encontrar un puesto de trabajo es motivación suficiente para alguien que tiene necesidad de él.

A continuación se encuentran las relativas a la seguridad: el ser humano necesita sentirse seguro en el medio que le rodea y ante su propio futuro. En la empresa, el trabajador, una vez satisfecha la necesidad de encontrar un puesto, necesita garantías de que ese empleo es estable. Necesita, en última instancia, seguridad.

Si se sigue ascendiendo en la pirámide, comparecen las necesidades de afecto y pertenencia: necesidad de querer y de ser querido, de afecto y necesidad de sentirse parte integrante de un grupo. Necesidad de referentes. Para un trabajador la necesidad pasaría por encontrar un medio favorable, un entorno del que pueda sentirse parte importante. La estima, que viene a continuación, es una necesidad que tiene como condición de posibilidad la existencia de los otros: es la necesidad de reconocimiento, de que los demás son capaces de apreciar la propia valía. Para un trabajador, una vez satisfechas las necesidades anteriores, resulta motivador sentirse reconocido por sus superiores y por sus compañeros.

Finalmente, y en la cúspide de la pirámide, se encuentran las necesidades de autorrealización y trascendencia. Una persona se autorrealiza cuando desarrolla sus capacidades, algo que no remite al éxito social, la fama o el reconocimiento, sino con la satisfacción personal. Situado en este nivel, el ser humano orienta la vida hacia valores tales como el amor desinteresado, la creatividad, la verdad, la belleza: la trascendencia. Lo que Maslow sugiere es que el hombre es capaz de ir más allá de sí mismo y orientarse hacia aquellos valores que se hallan por encima de él. Un trabajo posee una capacidad altamente motivadora cuando ayuda al ser humano a realizarse.

La pirámide de Maslow establece una jerarquización de las necesidades en un doble sentido: por un lado, el valor de lo necesitado aumenta conforme se asciende en la pirámide; por otro, para poder satisfacer las necesidades de nivel superior ha habido que hacer lo propio con las de un nivel inferior. Esta afirmación ha sido puesta en entredicho en la medida en que no necesariamente todos los seres humanos jerarquizan sus necesidades de ese modo: al menos no las tres últimas. Hay quienes no necesitan el aplauso ajeno, por ejemplo.

Podría seguir analizando otras críticas a su teoría, pero no quiero extenderme. En cualquier caso, una teoría interesante que encuentra una aplicación inmediata en el mundo empresarial. El lunes lo comprobarán mis alumnos. Espero que el fin de semana les sea propicio.

1 comentario:

Víctor Miguel dijo...

Hola a todos.
Es obvio que todos los seres vivos tenemos necesidades, pero yo considero que los seres humanos las tenemos infinitas a diferencia de los demás.
Tenemos unas necesidades primarias que son las esenciales y no son infinitas pero que su cumplimiento es necesario para tener otras necesidades (secundarias).
Sin embargo una vez cumplidas las necesidades primarias no las damos importancia ni las valoramos hasta que nos vuelven a faltar otra vez. Por ejemplo los alimentos o la salud entre otras. Y en cambio una vez que ya no demandamos estas necesidades primarias pasamos a satisfacer las secundarias.
Estas son infinitas ya que cuando consigues llevar a cabo tu necesidad y ya dejas de demandarla te surge otra nueva y así sucesivamente lo que forma una cadena infinita de necesidades.
Como conclusión yo creo que una persona no podrá satisfacer nunca todas sus necesidades porque estas son infinitas y siempre le irán surgiendo más y más a media que las vaya satisfaciendo.
Esta es mi opinión, saludos a todos los lectores de este blog.
Víctor Miguel.