lunes, 29 de marzo de 2010

Cómo casarse con un millonario

"Me han preguntado si volveré a trabajar con M. M. (Marilyn Monroe), y tengo una respuesta clara. Lo he discutido con mi médico, mi psiquiatra y mi contable, y todos me han dicho que soy demasiado viejo y demasiado rico para someterme de nuevo a una prueba semejante".Billy Wilder

Hay quien podrá pensar tras leer esta entrada, no sin cierta lógica, que el campo de mis intereses se centra últimamente en el rastreo de las hazañas de millonarios altruistas. Nada más lejos de la realidad. El azar tiene estas cosas y muchas más. Me encontraba buscando ejemplos que ilustrasen de manera práctica y sencilla la difícil cuestión de la redistribución de la riqueza, cuando he dado a parar con la edificante historia de Johan Eliasch, de profesión millonario y de origen sueco, que "harto de ver cómo los políticos hablan mucho y actúan poco" decidió comprar una parcelita de selva amazónica -es un decir, porque la superficie de la finca es superior a la de Guipuzcoa- con el fin de preserverla, limpiarla y darle esplendor.

Últimamente me ha dado por desconfiar, cosas de la edad, de los lobos travestidos de corderos. Y aunque, como Marilyn Monroe, todo el mundo aspira a a casarse con un millonario o millonaria, nunca he dejado de pensar en lo incierto de los orígenes de su fortuna. Ese, sin embargo, es otro tema, porque la cuestión real estriba en determinar si este proteccionismo auspiciado por lo que se ha dado en llamar deep ecology resulta (o no), a la postre, una suerte de colonialismo en toda o al menos en alguna regla.

No es que la cuestión sea nueva. Al fin y al cabo, la sabia sentencia del Eclesiastés ya advertía que no hay nada nuevo bajo el sol. En la segunda mitad del siglo XIX ciertas clases altas europeas y norteamericanas se vieron poseídas por un sentimiento romántico de acercamiento a la naturaleza, frecuentemente ruralizante y antiindustrial, acompañado de una especie de nostalgia de un mundo virgen. Como señalaron Jorge Riechmann y Fernández Buey en Redes que dan libertad "resulta significativo que la primera reserva natural del mundo se cree en la Francia del Segundo Imperio en 1853-1861... precisamente por iniciativa de un grupo de pintores que conseguirá la protección de 624 hectáreas en el bosque de Fontainebleau" o Lemkow en referencia al conservacionismo norteamericano "la mayoría de los conservacionistas, principalmente de clase media y alta, eran miembros de algún pequeño pueblo excursionista y estaban preocupados por el hecho de que la rápida pérdida de terrenos públicos, junto con la destrucción progresiva de los bosques y otras zonas excursionistas, amenazaba con destruir los pocos hábitats naturales que quedaban".

Es curioso que la deriva de estas asociaciones conservacionistas haya sido la fundación de organizaciones (que hoy popularmente se conocen como ecologistas) como Friend of the Earth. Sin embargo, estas asociaciones poco tienen que ver con los "altruistas" salvadores del medioambiente. En el Manual de Historia del Mundo Contemporáneo de Javier Tusell se afirma lo siguiente respecto a la base ideológica del colonialismo del siglo XIX: "se presentaba como una misión providencial, es decir, como una obligación moral del hombre blanco de civilizar y educar a los pueblos que consideraba atrasados e incultos. Tal creencia se basaba en la absoluta confianza en el desarrollo cultural y material europeo".

Las bases ideológicas parecen no haber cambiado demasiado: los millonarios occidentales se han impuesto una especie de imperativo universal que les compele a la protección de lo que sus antepasados confiaron desarrollar. De hecho, no faltan quienes han tildado a Johan Eliasch et. al. de ecoimperialistas y quienes lo han considerado como una suerte de héroe postmoderno y ecologista.

Si se eliminan las etiquetas valorativas, cuestión francamente difícil, se puede analizar la cuestión desde una perspectiva económica. Desde la atalaya privilegiada de la economía ambiental, no cabe sino acudir a Coase y a uno de sus integrantes de su escuela G. Hardin que en 1968 publicó un artículo titulado "The tragedy of the Commons" en el que defiende la tesis de que los recursos que pertenecen a la colectividad en realidad no pertenecen a nadie: el bosque público es frágil y vulnerable porque no está bien cuidado, mientras que cuando los elefantes de Zimbaue fueron entregados a las comunidades, pasaron a ser protegidos. Tanto Coase como Hardin aprobarían la intervención de estos millonarios. Ahora bien, ¿no puede venir la solución del lado de evitar que se produzca "la tragedia de los bienes públicos"? ¿Es admisible la premisa de que un bien público no va a ser cuidado o protegido?

Como de sobra sabía Marilyn, los millonarios dan mucho de sí. No todos son Billy Wilder.




jueves, 25 de marzo de 2010

Deprisa, deprisa

"Imagínese que usted está conduciendo un coche por una carretera recta pero ondulada. Las ondulaciones no son regulares: algunos de los montículos tienen una pendiente pronunciada otros tienen una pendiente suave; algunos son largos, otros son cortos.
A usted le dan la instrucción de que debe mantener el coche a una velocidad constante. Para conseguirlo, usted tendrá que acelerar subiendo los montículos y frenar al bajarlos. Sin embargo, hay un serio problema. El coche no es un coche normal. Tiene las siguientes características no habituales:
• El parabrisas delantero y las ventanillas laterales son negras, de modo que usted no puede ver hacia dónde se dirige, lo único que usted puede ver es el lugar por el que ya ha pasado cuando mira por el espejo retrovisor.
• Tanto el pedal del freno como el del acelerador funcionan con un retardo considerable e impredecible.
• La suspensión del coche es tan buena que usted no puede notar si está subiendo o bajando un montículo. Sólo puede juzgar esto mirando por el retrovisor y viendo si la carretera que está detrás de usted está más alta o más baja del lugar en el que usted se encuentra.
• Finalmente (esto es un alivio para usted), el coche tiene un sensor especial y un volante automático que lo mantienen en el carril adecuado.
A medida que avanza, usted ve que la carretera por detrás suyo está más arriba y se da cuenta de que se encuentra bajando. El coche cada vez va más deprisa. Usted frena, pero no sucede nada. En su intento por ralentizar la marcha, usted pisa el pedal del freno hasta el fondo.
Cuando al final el freno acaba funcionando, lo hace de una manera muy brusca. Para ese momento el coche ya ha llegado a la zona más baja entre dos montículos. Sin embargo, usted todavía no se da cuenta de ello y continúa frenando.
Ahora el coche está subiendo un nuevo montículo, pero el pedal del freno continúa pisado. Al mirar por el retrovisor usted termina por darse cuenta de esto. Quita el pie del freno y comienza a acelerar. Pero los pedales no responden. El coche sigue reduciendo su velocidad y apenas puede usted alcanzar la cumbre del montículo.
Entonces, a medida que usted comienza a bajar por el otro lado, los frenos acaban dejando de frenar y el acelerador empieza a acelerar..." (Parábola de Parish. En J. Sloman: Introducción a la macroeconomía)




Es una verdad universalmente reconocida que, para desesperación del ser humano, en la mayoría de las ocasiones, los efectos de sus decisiones o acciones no son inmediatos. El problema de los retardos se convierte en el problema: la distancia temporal entre acción y efecto puede invalidar la eficacia de la primera. Y no acaban aquí las malas noticias: como señalaba Federico el Grande, ninguna situación es tan grave que no sea susceptible de empeorar o lo que es lo mismo, al problema del retardo en la intervención suele ir acompañado del retardo en el reconocimiento, en la decisión y en la intervención.

En este punto, no cabe otra cosa que recordar que la economía es heredera de su condición humana. De hecho, uno de los escollos que la formulación de políticas económicas debe sortear es, sin lugar a dudas, la incertidumbre acerca de si una perturbación es o no temporal. Como apunta R. Dornbusch "En el caso de la 2ª Guerra Mundial era bastante evidente que sería necesario mantener durante algunos años un elevado nivel de gasto en defensa. Sin embargo, en el caso del petróleo de la OPEP de 1973-74 no estaba nada claro cuánto iba a durar éste o si iban a persistir los elevados precios del petróleo fijados a finales del 73". Pero, incluso conociendo la duración aproximada de la perturbación, quienes elaboran las políticas económicas deben contar con la existencia de retardos. Pero, ¿qué tipo de retardos?

Básicamente cabe hablar de dos tipos de retardos: interno, que es el tiempo que se tarda en poner en práctica una medida (por ejemplo una disminución de la oferta monetaria para controlar la inflación) y un retardo externo, que alude al tiempo que tarda en dejarse sentir la medida en la economía.

El retarno interno procede, a su vez, de los retardos en el reconocimiento -periodo transcurrido entre el momento en que se produce una perturbación y el momento en el que las autoridades económicas reconocen que hay que tomar medidas- , el retardo en la decisión -tiempo que transcurre entre el reconocimiento en intervenir y el momento en que se decide la política- y el retardo en la intervención -tiempo que transcurre entre la decisión y su aplicación-. Kareken y Solow analizaron en "Lags in Monetary Policy" la historia de la elaboración de la política económica y llegaron a determinar que el retardo de reconocimiento es en promedio de unos 5 meses. Los otros dos retardos suelen ser menores.

El retardo externo generalmente es un retardo distribuido; una vez articuladas las medidas, los efectos que producen en la economía se distribuyen a lo largo del tiempo, lo cual implica que las medidas pueden desencadenar un pequeño efecto inmediatamente y otros efectos más tarde. Citando de nuevo al gigante del día, intentaré responder al porqué de esta desigual distribución "la política monetaria al principio afecta principalmente a los tipos de interés y no a la renta. Los tipos de interés afectan, a su vez, a la inversión con un retardo, así como al consumo al afectar al valor de la riqueza. Cuando acaba resultando afectada la demanda agregada, el aumento del propio gasto produce una serie de ajustes inducidos en la producción y en el gasto".

Una vez más, el problema humano es la gestión del tiempo. ¿Cuándo pisar el pedal del freno?

martes, 23 de marzo de 2010

El club de los cinco

¿Cómo pueden hacerse posibles y poderosos los movimientos cosmopolitas? A fin de cuentas esta pregunta sólo puede responderse donde la gente la plantea y la escucha: en el ámbito de la experimentación política. ¡Ciudadanos del mundo, uníos! (Ulrich Beck. La sociedad del riesgo global)


Axioma 1: Nuestras relaciones, querido lector, deben basarse en la sinceridad. Pues bien, hoy estoy perezosa. Ma non troppo. Por eso, voy a hacer un paréntesis en la reflexión económica para recomendar este vídeo. Tal vez resulte tan interesante porque aunque la ponente no resulte original el fondo, sí lo logra en la forma expositiva. A vueltas con la identidad. Por cierto, ¿quién -que pertenezca a la generación de los 70- no ha escrito un cuento escolar en que sus protagonistas no bebieran cerveza de jengibre? Benditos cinco, bendita Enid Blyton.


lunes, 22 de marzo de 2010

Frankenstein

"¡Despiadado creador! Me has dado sentimientos y pasiones, pero me has abandonado al desprecio y al asco de la humanidad." (Mary Shelley. Frankenstein o el moderno Prometeo)

El carácter ineludiblemente iniciático de este foro y la buena educación obligan a cumplir con el protocolo de las presentaciones. La figura que hoy ocupará mis reflexiones es James Tobin, economista neokeynesiano, que ganó el premio nobel de economía en 1971. Si se preguntase -incluso en círculos académicos- cuáles han sido las aportaciones de este nobel, además de asesor de John Kennedy, me atrevo a asegurar que la mayoría de las respuestas mencionarían el famoso impuesto que lleva su nombre, la tasa Tobin y la archiconocida expresión referida a la elección de la teoría de cartera que aconseja “no poner todos los huevos en la misma cesta”. De nuevo, una metáfora.

La elección de la teoría de cartera intenta dar cuenta mediante un complejo desarrollo matemático del porqué los inversores particulares y las instituciones intentan obtener el óptimo en las combinaciones de riesgo, rendimiento y liquidez en sus inversiones de cartera. La imaginería popular, siempre presta a la simplificación, ha resumido su complicada estructura en la frase antes citada.

Pero, más allá de esta teoría, la denominada tasa Tobin es la que sin duda le proporcionará el don de la permanencia en el Olimpo económico. Grosso modo, La tasa Tobin consiste en gravar con un impuesto cada una de las transacciones financieras que atraviesan las fronteras nacionales. La finalidad de la implantación de esta es servir de desestímulo del flujo de capitales a muy corto plazo (días o semanas), pues estos obtienen una rentabilidad muy pequeña que con este mecanismo desaparecería. De hecho, el origen del beneficio de estas transacciones reside en la velocidad a la que se mueven los capitales. Como el impuesto de Tobin debería ser satisfecho para cada una de ellas, lo comido se pagaría con lo servido. En palabras del padre de la criatura se trataría de “echar arena al aceitado mecanismo de las especulaciones que hacen viaje de ida y vuelta en días o pocas semanas”.

Con la crisis financiera de los últimos tiempos, el
famoso impuesto no sólo ha resurgido de sus cenizas, (aunque la asociación ATTAC encabezada por el director de Le Monde Diplomatique, Ignacio Ramonet, viene defendiendo su aprobación desde hace más de 10 años), sino que incluso ha sido rebautizada con el nombre de Robin Hood Tax.





Sin embargo, las palabras del propio Tobin, meses antes de fallecer en 2002, no avalan estas vítores a su criatura. "Naturalmente que me alegra; pero los aplausos más sonoros vienen del lado equivocado. Mire usted, yo soy economista y, como la mayoría de los economistas, partidario del libre comercio. Además, estoy a favor del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial, de la Organización Mundial de Comercio. Abusan de mi nombre”. Algo semejante debió de pensar el doctor Frankenstein al contemplar la deriva que había tomado su criatura.

domingo, 21 de marzo de 2010

Dublineses








"Ya que no podemos cambiar de país, cambiemos de tema." (James Joyce, Ulises)


Se acabó lo que se daba. Después de esta breve tregua festiva, resulta incluso gratificante retomar el contacto. Aunque el deseo de viajar no se haya aplacado con este simple aperitivo y reclame horizontes más amplios. Todo llegará. Y mientras tanto, otro tentempié en forma de expedición académica.



Hablaba con mis alumnos de 2º de Bachillerato de la irrupción de nuevas formas de organización en el seno de las organizaciones. El entorno turbulento exige mecanismos de adaptación diferentes a los habituales que derivan en desarrollos organizativos no al uso. Por eso, en los últimos años se han sucedido una serie de propuestas emanadas de diferentes teorías organizativas con el fin de proporcionar la solución más adecuada para ese objetivo último de supervivencia. De nuevo, la sombra de Darwin es alargada.



Se estará sin duda preguntando el sufrido lector, qué relación guardan estas tendencias teóricas con la prometida expedición. No demasiada,- me gusta generar expectativas (aunque finalmente se revelen como falsas)- aunque en modo alguno inexistente. Propongo un viaje virtual a Dublín, -la ciudad de Samuel Beckett y de James Joyce, o mejor, de Stephen y Leopold Bloom-, en compañía de un cicerone excepcional: Manuel Vicent y el fantástico programa "La ruta de la memoria". Allí, sugiero una parada obligada en el Trinity College del que es doctor Honoris Causa el gigante de hoy, Charles Handy.


Charles Handy pasará a la historia de la literatura económica por su libro The age of unreason en el que se atrevió a practicar el peligroso subgénero de economía-ficción. De hecho, vaticinó que en el año 2000 el 70% de los puestos de trabajo en Europa requeriría capacidad intelectual (¿existe alguno que no lo requiera?). Pero, sin duda, la parte más conocida de su obra es aquella en la que planteó el futuro de la organización utilizando el símbolo irlandés por antonomasia: el trébol. Sin embargo, Handy no hablaba del cartesiano trebol de cuatro hojas sino del trifoliado irlandés que en las modernas empresas estaría constituido por:


  • Núcleo de trabajadores: conforman la organización, se comprometen con ella, quieren ser consultados, promocionados y reconocidos como socios.

  • Subcontratas: las integran tanto individuos como organizaciones. Los individuos proceden generalmente de la misma empresa: se les paga en honorarios y no en sueldo; por resultados y no por tiempo.

  • Trabajo flexible: se refiere a los trabajadores que prestan sus servicios por temporadas o sólo parte de la jornada laboral. No son necesariamente personas que quieran entrar al núcleo, aunque deben ser considerados parte de la organización.

El trabajo en la organización en trébol comporta grandes dificultades. Cada hoja requiere una gestión diferente, fundamentalmente en el núcleo de trabajadores que, en esencia, debe estar constituido por pocos individuos y excelentemente preparados, lo cual, indudablemente complica la selección y el desarrollo profesional.


La excursión finaliza. Sigan haciendo planes. Todo llegará.


miércoles, 17 de marzo de 2010

El informe pelícano

"Cuando un negocio adquiere expansión, como los muy pocos de los que estoy hablando aquí, no hay asunto de la vida con el que no esté enlazado. Es un cosmos en pequeño. Quedaría usted admirada sobre cuántas cuestiones (en apariencia no comerciales), artísticas, morales, políticas, tengo que tratar en mis entrevistas con el gerente". (Robert Musil. El hombre sin atributos)


En el canon occidental, o tal vez en el mío propio, Robert Musil goza de un altar exclusivo. Compruebo que no soy la única en ponerle velas: de hecho, hoy mismo, ojeando el libro de Zygmund Bauman La modernidad líquida, he leído lo que sigue: Ulrich, el héroe de la gran novela de Robert Musil, era –tal como lo anunciaba el título de la obra– Der Mann ohne Eigenschaften: el hombre sin atributos. Al carecer de atributos propios, ya fueran heredados o adquiridos irreversiblemente y de manera definitiva, Ulrich debía desarrollar, por medio de su propio esfuerzo, cualquier atributo que pudiera haber deseado poseer, empleando para ello su propia inteligencia e ingenio; pero sin garantías de que esos atributos duraran indefinidamente en un mundo colmado de señales confusas, con tendencia a cambiar rápidamente y de maneras imprevisibles". Tal vez lo que distingue a la Gran Literatura, i.e., a la que otorga la existencia al canon sea su capacidad de mover a la reflexión, así como su carácter poliédrico.

La literatura económica no parece poliédrica, aunque pretenda mover a la reflexión. Acercarse a la literatura económica exige un cierto dominio de la terminología. Los fallos en la comprensión de determinadas ideas provienen, en mi opinión, de un desconocimiento del utillaje del que la economía, como conocimiento especializado que es, está dotada. Sin embargo, otros términos, en origen técnicos, han sufrido un proceso de divulgación tal, que en ocasiones han perdido su referencia. En este sentido, expresiones como 'gobernanza corporativa' -vergonzante traducción de corporate governance- o 'gobierno corporativo' son protagonistas habituales de tertulias y noticias de la sección sepia semanal.

Pero, ¿qué se entiende por 'gobierno corporativo'? Para responder certeramente me subiré a hombros de J. M. Rodríguez Carrasco. Cuando se habla de grandes corporaciones es inevitable acudir a los gigantes. Vuelvo a la pregunta. La OCDE lo define como "el sistema mediante el cual se dirige y controla la empresa. La estructura del gobierno corporativo especifica la distribución de derechos y responsabilidades entre los diferentes participantes en la empresa, tal como el consejo de administración, los directivos los accionistas y otros grupos dentro de la organización y señala las pautas y procedimientos para tomar decisiones en asuntos corporativos.


En esta definición se puede entrever que el Consejo de Administración juega un papel principal en el sistema. Como mis alumnos de 2º de Bachillerato saben, el Consejo de Administración es el órgano que ostenta funciones de administración y representación en determinadas formas societarias. Desde un punto de vista jurídico, la responsabilidad legal básica del Consejo de Administración es dirigir la empresa en interés de los accionistas, sin por ello olvidar las pretensiones de los otros grupos.

La nítida diferenciación entre accionistas y Consejo de Administración se produce cuando se habla de grandes empresas cuya forma jurídica más habitual es la sociedad anónima: los accionistas, en calidad de propietarios de una parte alícuota del capital de la organización, delegan la gestión de la empresa al Consejo de Administración. Pero la cadena de delegaciones no acaba ahí: el propio Consejo delega en los ejecutivos o managers saldando de esta forma la separación entre propiedad y gestión. Los problemas que genera esta suerte de divorcio se han llamado "problemas de agencia".

Algunos autores como el ya mencionado en este foro, Peter Drucker, han dudado de la efectividad de los Consejos de Administración. Para este gurú del management, perdón por la cursilería, las raíces de este hecho hay que buscarlas en que en el Consejo de Administración está constituido además de por los directores internos, por una serie de directores externos o no ejecutivos. Los primeros no se controlan a sí mismos y los segundos, se encuentran con una serie de dificultades para llevar a cabo su labor. Por un lado, su interés financiero en la empresa puede ser escaso y por otro, no es extraño encontrar directores externos vinculados a otros consejos de administración.

Con el fin de conseguir que esta institución recupere su papel primordial en el gobierno corporativo, se han publicado varios estudios que dan pistas sobre los cambios que deberían realizarse. En esta línea revitalizadora se sitúan el informe Cadbury, que ha extendido su campo de influencia en muchos países, y en nuestro país, el informe Olivencia.

Aunque la cuestión no está saldada, debo terminar. No sin admitir que Musil tenía razón: he quedado admirada de cuántas cuestiones han de tratarse en las entrevistas con los gerentes. Y ha pasado más de medio siglo.

martes, 16 de marzo de 2010

El oro de Moscú

¡Oro! ¡Amarillo, brillante, precioso oro!
¡No, dioses, no hago votos en vano, sino con fundamentos!
Un poco de oro bastaría para volver blanco al negro;
bello al feo;
justo al injusto;
noble al infame;
joven al viejo, valiente al cobarde.
¡Ven! Polvo maldito, ramera del mundo,que siembra la discordia entre los pueblos.

William Shakespeare, Timón de Atenas, acto IV,

Mis alumnos de Bachillerato se encuentran en plena vorágine investigadora. Las respuestas al test del Banco de España sólo están al alcance de los más avezados. Además del nada desdeñable incentivo que supone la posibilidad de que se hagan con un ordenador portátil, el objetivo que persigo al inscribirlos en tal prueba es, sin duda, que comprendan cómo funcionan los Bancos Centrales, cuál es su papel como garantes de la estabilidad de los diferentes sistemas (de precios, de pagos y financiero) y, sobre todo, que lleguen a entender el en apariencia críptico léxico que se maneja en estos entornos. Por otro lado, como todo detective aficionado sabe de sobre, cuando se cierra una puerta, se abre otra y las pistas conducen a ulteriores indagaciones.


Y en esas estábamos cuando un alumno preguntó por la vigencia del patrón oro. Como este sigue siendo un foro iniciático hay que comenzar explicando lo obvio: en qué consiste el patrón oro. Dicho en pocas palabras, un sistema monetario que se rige por el patrón oro es aquel en el que el valor de la moneda de un país se encuentran respaldado por una cantidad prefijada de este metal precioso. El valor del efectivo se define en función de una determinada masa de oro.
Cuando se usa el patrón oro se estabilizan, dentro de una estrecha franja, los valores de las diferentes monedas que lo aceptan. De esta forma, el oro viene a cumplir la función de patrón de medida. Como se señala en la wikipedia: “un déficit en la balanza de pagos produce un flujo de salida de oro que, si no se toman medidas compensatorias por parte del banco central del país, causa una contracción en la oferta monetaria; esto, a su vez, lleva a la disminución de los precios interiores con respecto a los de otros países, lo cual alienta las exportaciones y reduce las importaciones, posibilitando así un flujo de oro en sentido inverso (entrante al país). Se genera de este modo, mediante el patrón oro, una compensación automática que lleva al equilibrio, al cual ayudan además los flujos de capital que actúan, en definitiva, del mismo modo.”


La constatación de que se haya abandonado el patrón oro hace suponer que no todo eran ventajas en este sistema. De hecho, el principal problema, como se comprobó en la Gran Depresión, fue el incremento del desempleo, provocado por la fuerte reducción de la actividad económica que sufría el país cuyo déficit exterior le obligaba a una contracción de la masa monetaria. Además, los países con superávit podían llegar a caer en la tentación de intentar prolongar esta situación "esterilizando el oro", es decir, tratando de evitar que el aumento en sus reservas provocase crecimiento en la circulación monetaria e inflación.

Durante buena parte del siglo XIX y el XX, la mayoría de países occidentales continuaron sujetos al patrón oro. El principio del fin comenzó con el abandono del Reino Unido del mencionado patrón y continuó a lo largo del siglo pasado (para más información pulse aquí).


En la actualidad, el oro no está en circulación y, en la práctica, no desempeña ningún papel monetario. Sin embargo, los Bancos Centrales poseen una determinada cantidad de oro que aparece reflejada en su balance. Esta partida (junto con las divisas extranjeras) posee el significado económico de representar las posesiones de divisas y de otros activos que tiene un país que pueden utilizarse para satisfacer las demandas de divisas.


Las reservas de oro del Banco de España dan para más de una anécdota. Probablemente la más conocida es la del traslado de 510 toneladas de oro, el 72,6% de las reservas de oro
del Banco de España, desde su depósito en Madrid hacia la Unión Soviética, a los pocos meses del inicio la Guerra Civil Española, siguiendo las órdenes de Negrín, ministro de economía del gobierno republicano de Largo Caballero. Tal vez menos conocido es el hecho de que la cuarta parte restante de la reserva del Banco, es decir, 193 toneladas, fue trasladada y transformada en divisas en Francia, operación que recibió el nombre de “el oro de París”. ¿Qué fue del oro? Enigmas de la historia que tal vez encuentren respuesta en otro foro. El tiempo también es oro.