martes, 11 de noviembre de 2008

Del fisco y otros demonios

"El hombre injusto no siempre pide más de lo que le corresponde equitativamente; a veces la injusticia consiste en tomar menos de lo debido; por ejemplo, en el caso en que las cosas que es preciso tomar sean absolutamente malas" (Aristóteles, Ética a Nicómaco)


Una de las bestias negras a las que se ha de enfrentar todo estudiante de Ciencias Económicas, Administración y Dirección de Empresas o Ciencias Empresariales se llama Sistema Fiscal. Impuestos, tasas y contribuciones de todo tipo y condición se alían contra el sufrido estudiante que, con la única ayuda del inescrutable Código Tributario, ha de resolver los más variados "supuestos". Siempre me he preguntado por qué se les otorga este nombre a la serie de improbabilidades que constituyen estos ejercicios. Más que suponer su autor crea un universo paralelo. De tal forma que, al intentar darles una solución plausible y que les haga justicia, se tiene la impresión de que se difumina la distinción entre lo posible y lo probable. La razón es que es improbable -hasta rozar la imposibilidad- que lo que se plantea en los supuestos, a saber, todas las rarezas y anomalías imaginables, concurra en las mismas coordenadas espacio temporales. La realidad no puede superar este tipo de ficciones. Afortunadamente tras la lectura del libro de Álvaro Pombo, El metro de platino iridiado, que recomiendo para una tarde invernal, se comprende perfectamente la diferencia entre ambos conceptos.

Supuestos aparte, considero que la certera comprensión del sistema fiscal de un país se configura como otro de los pasos necesarios para alcanzar esa condición de ciudadano consciente que debería ser el objetivo de cualquier sistema educativo. Porque con los tributos se produce una situación paradójica: todo el mundo los "sufre" en propias carnes, pero son pocos los que dominan la terminología y comprenden su funcionamiento. Ese sí es mi demonio particular. Si se obliga a contribuir, se ha de garantizar el derecho a entender. Aunque no me veo como garante de nada, deseo abordar hoy esta cuestión, que afecta directamente a todos. Ahora bien, el tema es lo suficientemente complejo como para acogerse al lema del "divide y vencerás".

Empezaré, como siempre, aclarando cuál es el significado del término que se va a manejar, esto es, definiendo el propio concepto de 'tributo'. Según la
Ley General Tributaria, son "ingresos públicos que consisten en prestaciones pecuniarias exigidas por una Administración pública como consecuencia de la realización del supuesto de hecho al que la ley vincula el deber de contribuir, con el fin primordial de obtener los ingresos necesarios para el sostenimiento de los gastos públicos". Definición en la que es necesario remarcar, en primer lugar, que se trata de prestaciones pecuniarias, es decir, en forma de dinero. En segundo lugar, que sólo pueden ser reclamadas por una Administración pública (ningún otro ente o individuo puedo reclamar ningún tipo de tributo). En tercer lugar, que ha de producirse el supuesto al que la ley vincula el deber de contribuir, es decir, lo que técnicamente se denomina el hecho imponible, que en otra entrada clarificaré. Y, por último, la idea de que su fin primordial es sostener los gastos públicos.

Llegando a este punto, se hace necesario diferenciar tres modalidades de tributos que a menudo se confunden: impuestos, tasas y contribuciones especiales. Los impuestos son tributos exigibles sin ninguna contraprestación, es decir, sin recibir directamente ningún bien o servicio por su pago. No existe de hecho una relación entre la cantidad pagada y el uso que se haga de los servicios financiados con los impuestos. Pondré un ejemplo, a pesar de no tener hijos, he de contribuir con mis impuestos a la financiación de la educación pública y concertada.

Las tasas, sin embargo, son tributos que se exigen a cambio de la prestación de servicios por los entes públicos. Si me matriculo en una universidad, he de satisfacer unas tasas académicas. A cambio obtengo el derecho a acudir a las distintas clases y a realizar exámenes.

Las contribuciones especiales son los tributos que se imponen como rescate del beneficio especial de los bienes, como consecuencia de la realización de obras públicas, o establecimiento o ampliación de servicios públicos. En España son prerrogativa de los ayuntamientos.

Respecto a los impuestos, se suele hablar de impuestos directos e indirectos. Los primeros son aquellos que recaen sobre el patrimonio y las rentas generadas por los contribuyentes. Son impuestos que debe pagar cada individuo según sus circunstancias particulares. Es decir, yo no pago los mismos impuestos directos, espero, que Amancio Ortega, básicamente porque mis rendimientos del trabajo de aprendiz de profesora y mi inexistente capital son sustancialmente diversos a los derivados de la actividad profesional del creador del grupo Inditex.

Los impuestos indirectos gravan el consumo de bienes y servicios con independencia de las circunstancias personales del consumidor. El ejemplo paradigmático es el Impuesto sobre el Valor Añadido (véase entradas anteriores). En caso de que Amancio Ortega compartiese mi pasión por el café solo y el azar jugara con nosotros haciéndonos coincidir en un bonito local, la cuenta que habríamos de satisfacer por ese (casi) inocuo placer sería la misma. El IVA no hace distingos.

Podría pensarse que es el impuesto más democrático, porque trata a todo el mundo de la misma forma. Tal vez. Pero mi idea de democracia se acerca más a un objetivo, un desideratum que a un presupuesto o premisa. Es un hecho que no todo el mundo se encuentra en igualdad de condiciones: en mi opinión, lo verdaderamente democrático pasa por corregir, al menos mínimimamente, esta situación de injusticia inicial. Es decir, la igualdad es el objetivo, no el presupuesto. En ese sentido, el IVA trata igualitariamente a los que no son iguales (obviamente, desde el punto de vista económico). Ahora bien, se considera que es un impuesto eficiente y, por consiguiente, ayuda a la consecución de los objetivos generales entre los que se cuenta el de redistribución.

En realidad, no está lejana esta consideración a los requerimientos al 2º principio de justicia de Rawls que, atinadamente, trajo a colación Manu en uno de sus comentarios. Las desigualdades sociales y económicas deben resolverse de modo tal que resulten en el mayor beneficio de los miembros menos aventajados de la sociedad (el principio de la diferencia).

En otra entrada hablaré de la progresividad de los impuestos. Tras estos conceptos se ocultan importantes cuestiones de índole político. Entre ellas, la fundamental, qué cabe esperar del Estado. Y para finalizar, como toda clase que se precie, la
Tarea para los alumnos más aventajados. No entra en examen.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Very demanding people

"Exígete mucho a ti mismo y espera poco de los demás. Así te ahorrarás disgustos"
(Confucio 551 AC-478 AC. Filósofo chino)

Alguien que me conoce bien me califica de "very demanding". No quiero entrar a discutir la justicia del calificativo, -hoy no hablaré de mí-, sino solamente fijarme en esta expresión inglesa que en español vendría a significar algo semejante a "muy exigente". Quizás alguno la tradujera como "muy demandante", aunque probablemente la RAE no sentiría fascinación por esta improvisada y demasiado literal traslación. Ahí precisamente quería llegar. El verbo 'demand' en inglés tiene un significado menos aspero que el español "exigir". A pesar de que 'demand' y 'demandar' no resultan traducciones adecuadas en todos los contextos y en ocasiones 'demand' se ajusta mejora a 'exigir'. De hecho, en nuestro idioma los verbos 'exigir' y 'demandar' pasan por ser sinónimos ideográficos o conceptuales. Exigir es pedir imperiosamente algo, mientras que demandar es un pedir sin avasallar, limitando la exigencia a simple solicitud. De ahí, que el sustantivo 'demanda' guarde una relación de parentesco lejano con la 'exigencia', de tal forma que la primera según la RAE es una "súplica, petición o solicitud" mientras que la segunda es "la acción o el efecto de exigir" o incluso "una pretensión caprichosa o desmedida".

Tras esta breve excursión por los jardínes semánticos, habrá adivinado ya, querido internauta, que el tema de esta entrada es ni más ni menos que el concepto económico de demanda. Este término es profusamente utilizado y en ocasiones, no correctamente comprendido. ¿Quién no ha escuchado nunca la frase "es la ley de la oferta y la demanda"? (sobre todo cuando algún vendedor pretende justificar la injustificable subida del precio de un bien o servicio). Hoy intentaré un primer acercamiento a un concepto que corre el peligro de morir de éxito. Sin duda la muerte más dulce.

Cuando en la ciencia económico se utiliza el término 'demanda' se está haciendo referencia a la cantidad de un bien o servicio que un comprador (demanda individual) o compradores (demanda de mercado) estándispuestos o pueden (ay, los matices) adquirir a los diferentes precios del mercado.

Se habla también de "función de demanda". Grosso modo, al hablar de relación funcional se alude a la relación entre dos o más variables (una dependiente y las otras independientes) que viene dada por el hecho de que un cambio en la variable o variables independientes afecta a la dependiente. Pondré un ejemplo. Si el precio de los pisos desciende (variable independiente), la cantidad demandada de éstos aumentara (variable dependiente).

La siguiente pregunta inmediatamente se plantea es: ¿qué factores influyen en la cantidad demandada? o dicho de otra forma más coloquial, ¿qué es lo que hace que ustedes, queridos internautas, adquieran unos bienes y no otros? Un, dos, tres responda otra vez.

Parece claro que se adquieren sólo aquellos bienes y servicios que gustan o agradan. Por muy barata que esté la leche, no me verán procurándome una caja. Los gustos de los consumidores influyen hasta el punto de que determinados bienes son de difícil encaje entre determinadas personas. Ahora bien, los esfuerzos de marketing pueden intentar la complicada tarea de convencer al comprandor de que le gusta aquello que en realidad detesta. ¿Se imaginaba hace unos años, cuando el reinado del pantalón acampanado era indiscutible, embutirse en un pitillo que, ni tan siquiera le favorece? Sesudas reflexiones.

Pero no acaba aquí la lista de influencias. El precio es otra variable que afecta a la cantidad demandada. Cuanto mayor sea el precio de un bien, menor será la cantidad demanda de éste. El precio y la cantidad son magnitudes inversamente proporcionales. Gráficamente este hecho se muestra en la pendiente de la curva de demanda, que es negativa, y en la forma, que es decreciente.

Ahora bien, estos dos factores, aun siendo importantes, no lo explican todo. Imagine, querido internauta, que usted regenta una peluquería. El precio del peinado y marcado (me encanta esa expresión) es de 15 € y parece que le va bien. Pero un mal día, al que siguen otros no menos malos, observa que sus clientes de toda la vida dejan de acudir a su cita semanal con usted y las revistas de papel couché. ¿Qué ha pasado? La primera respuesta que le viene a la cabeza es acudir al tópico, verbigracia, la crisis, los ninja y todo sus diabólicos paladines. Pero usted posee una capacidad de análisis más fina: si observa a su alrededor verá que unos jovencitos han montado una peluquería alternativa en la que ni se peina ni se marca, pero se oferta un look muy favorecedor. Y lo que es peor, por 12 euros. Bingo. Moraleja: los precios de los otros bienes influyen en la demanda de un determinado bien.

Aún podemos escarbar más y encontrar otra poderosa razón para comprar más (o menos). Piense en qué ocurriría si mañana su renta se doblase, triplicase (su jefe decide doblarle el sueldo, hereda un piso que inmediatamente arrenda de una tía lejana o le toca un pellizquín en la lotería que decide depositar en una entidad financiera) o simplemente, aumentase. En ese caso, comenzaría por dejar de comer el sempiterno puré de patatas de todos los finales de mes(bienes inferiores) y consumiría otro tipo de manjares más adecuados a su exigente paladar (bienes normales) . Asimismo, quizás se diera un capricho en forma de coche de alta gama o de vacaciones a un paraíso exótico y lejano (bienes superiores). En definitiva, la renta influye en la cantidad demandada.

Los libros de texto al uso aluden a estas cuatro variables para explicar la demanda individual. El problema con el que se encuentra el economista, como científico que es, reside en la dificultad de analizar estas cuatro "causas" simultáneamente (entiéndase el término en sentido laxísimo, porque estrictamente hablando no se trata de una relación causal). Por eso se afirma que el análisis del efecto de cada una de ellas sobre la demanda se ajusta a la cláusula caeteris paribus. Literalmente "todo lo demás constante". De esta forma, los economistas estudian el efecto de los precios de los bienes sobre la demanda, o de la renta o de los precios de los otros bienes, intentando evitar el análisis conjunto de todos los factores. Evidentemente es una simplicación, aunque utilísima.

Me resisto a dar la razón a quien me tilda de very demanding. No les voy a exigir esfuerzos que superan con creces las pretensiones de este cuaderno de notas. Por eso, les emplazo a otra cita virtual en la que hablaré del efecto renta y el efecto sustitución. Exigencias del guión.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Serendipity

"La suerte favorece sólo a la mente preparada".Isaac Asimov (1920-1992);

Hoy, fiel a una costumbre que lleva camino de convertirse en inveterada, he tomado mi café solo en uno de los mejores locales de Pamplona, cuyo nombre ocultaré -a quien das tu secreto, das tu libertad-, mientras hojeaba la revista Qué leer. Un artículo, -además de la entrevista al fascinante escritor japonés Murakami y nuestra común debilidad por Dostoievski y Perdidos-, ha llamado poderosamente mi atención. Analizaba el fenómeno de la serendipia y la pasmosa facultad de algunos escritores de prever sucesos e inventos que, con el curso de los años, se han revelado exactos.

Como ya ha quedado patente en anteriores entradas, los mínimos del rigor intelectual exigen la aclaración de los conceptos que se van a utilizar en un determinado discurso. En este sentido, al llegar a casa, he consultado mi diccionario de la RAE y he descubierto, que, curiosamente, la voz "serendipia" no se contaba entre su elenco. Extrañada, he decidido seguir indagando en la vigésima segunda edición del diccionario que está a disposición de los internautas interesados. Nuevamente la callada por respuesta. La wikipedia acude en mi ayuda y me aclara que por serendipia hay que entender "un descubrimiento científico afortunado e inesperado que se ha realizado accidentalmente. Se puede denominar así también a la casualidad, coincidencia u accidente". En realidad, otro de los nombres del azar.

No deja de ser curioso que el viernes precisamente mantuviera una conversación acerca del tema con una amiga. Me informaba de que había asistido a la conferencia que el nobel en física de 1979, Sheldon Lee Glashow, impartió en Pamplona el pasado 28 de octubre y que llevaba el sugerente título de "¿La ciencia avanza por el azar (serendipia) o por la inteligencia?". La tesis del nobel, como es de suponer, era que el desarrollo científico no obedece a la pura racionalidad y a uno de sus productos, la metodología científica; ni tampoco al puro azar, casualidad o serendipia. Evidentemente, el interés de la conferencia no residía en esta proposición que no resulta de difícil digestión. En opinión de mi amiga, lo realmente remarcable de la charla de Glashow fue que, en un ejercicio de la erudición y de la brillantez que soñamos adorna a los nobeles, dio un rápido repaso a la historia de la ciencia desde Newton hasta nuestros días y aportó datos que avalaban la tesis original.

Me interesa esta versión de los hechos, porque intuyo que los no científicos (no creo que quepa atribuir esta idea a los que se dedican a la investigación) manejamos una imagen de la ciencia rayana en la veneración. Bien es cierto que el método científico es uno de los grandes constructos de la inteligencia humana que ha demostrado con creces sus virtualidades. Ahora bien, sin entrar en demasiados (y necesarios) matices, es obvio que no cabe constreñir toda la realidad en tan limitado ropaje. No hay que olvidar que en última instancia es un artificio, poderoso, pero artificio.

Lo que sin duda parecerá un artificio será el introducir, llegados a este punto, el artículo de David C. Richardson que lleva por título "Confesiones de un ex-prestamista". Pero prometo que se trata de un caso de pura serendipia. Llevaba varios días acariciando la idea de analizar el tema de los objetivos de la empresa en general y el de la consecución del máximo beneficio en particular. Mi impresión es que al analizar estos temas, sobre todo desde una perspectiva no económica, es relativamente sencillo caer en un maniqueísmo bienintencionado. Por supuesto que las empresas buscan beneficios, el problema viene de la expresión "maximizar beneficios". Buscando otras pistas que no vienen el caso, me he encontrado con las reflexiones de este autor que me han resultado muy sugestivas. La casualidad ha querido también que este mismo artículo se haya recogido en el libro de texto de Economía de la editorial Santillana. Sugiero su lectura porque prometo comentario. Por ahora me limito a ejercer, a modo de Hermes, de heraldo del azar. Encantada.

sábado, 8 de noviembre de 2008

La vida secreta de las palabras

"Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo" (L. Wittgenstein Tractatus Logicus Philosophicus)

Los psicólogos y los filósofos del lenguaje han escrito ríos de tinta en torno a la relación entre pensamiento y lenguaje. Lo que parece claro, -no me atrevo a utilizar la palabra 'indiscutible'- es que nuestra red para hacernos con el mundo es el lenguaje. En la lengua que de niños aprendimos está fijado y registrado el tejido de conceptos y, con él, nuestro sistema de clasificar los objetos y cualidades que atribuimos al mundo. No voy a entrar a dirimir, entre otras cosas porque no soy capaz de hacerlo, si existe un pensamiento sin lenguaje. Doctores tiene la filosofía analítica. Lo que sí creo firmemente es que sin una adecuada red lingüística la capacidad de pensar resulta anoréxica.

Esta introducción pretende ser algo más que un ejercicio de (mal) estilo. He comenzado con la mención al lenguaje y al pensamiento porque a veces me asalta la duda acerca de si mis alumnos están tejiendo adecuadamente su red de conceptos económicos o por el contrario están chapoteando sobre ellos sin realmente asimilarlos. Me resulta difícil ponerme en su lugar. La razón es que yo había construido mis propios esquemas cuando me acerqué a una ciencia que, en principio, no me atraía demasiado. De hecho, cuando empecé a estudiar economía lo hice contaminada con una serie de conceptos filosóficos y de métodos analíticos que me llevaban al análisis de cualquier concepto que se prestara. No en vano intenté, sin éxito, acabar una tesis doctoral sobre el filósofo W. V. Quine (cuyos textos son un prodigio de buena sintaxis y profundidad filosófica). Ese, no obstante, es otro tema del que algún día hablaré. Ya he incluido suficientes dosis de protagonismo en este post.


Uno de los conceptos económicos que más me hizo reflexionar fue el de 'valor añadido'. He de señalar, que el término 'valor' es de los que hacen que un filósofo se frote las manos. En realidad, incluso en su tiempo existía una especialidad en alguna de las facultades de filosofía que llevaba el nombre de "Valores". Aunque mi interés se ha centrado en el campo de la lógica y filosofía de la ciencia, he de reconocer que, con el tiempo, mis preocupaciones se han reconducido y me han hecho considerar la importancia de dar con una adecuado tratamiento del valor. Tal vez porque, aunque es difícil sustraerse a las valoraciones, hoy en día se ha convertido en una palabra comodín.



Evidentemente, querido internauta, el sentido del término 'valor' que estoy utilizando no es exactamente igual al que se maneja cuando se señala que el valor añadido de una empresa panadera es de 600 euros al día. Sin embargo, es falso también no encontrar una raíz de significación común entre ambas acepciones del término. De hecho, cuando antes de publicar esta entrada he investigado acerca del origen de la palabra 'valor' me he encontrado con que algunos autores la atribuyen al campo económico. En este sentido, Marx habla de valores económicos y Nietzsche de valores morales. Max Scheler intentó dar forma a lo que denominó ética de los valores en oposición a las éticas materiales.

Pero, ¿qué se entiende por valor? De forma genérica, decimos que algo tiene ‘valor’ cuando es deseable por sí mismo o se juzga superior a otras cosas. Hay que matizar que lo que realmente ‘vale’ no es la cosa en sí misma (para mí no tiene ningún valor una entrada a un partido de fútbol, pongamos por caso), sino que lo valioso lo es en relación con el sujeto que la valora (‘vale’ para mí, porque la encuentro interesante, porque me resulta útil, porque me gusta, porque puedo especular económicamente con ella, etc.).

Desde esta perspectiva se entiende que el "valor añadido" en un bien es la parte de su valoración total que se incorpora en una determinada fase del proceso productivo por la aplicación de trabajo y capital al producto que porviente de la fase precedente, del cual se ha de restar ese valor. De ahí también que en el denominado Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA) se hable de IVA repercutido e IVA soportado: lo que se pretende gravar es únicamente el valor añadido y por tanto es necesario realizar la resta entre ambas magnitudes.

En definitiva, lo que justifica la existencia de la empresa es precisamente su capacidad de añadir valor. Sería deseable universalizar esta tesis: sólo lo que añade valor puede perdurar. Desgraciadamente no siempre es así.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Tiempos modernos

"El hombre necesita vestirse para no morir de frío, pero acaba creando Armani. "(José Antonio Marina)

Compruebo, no sin cierta ilusión, he de admitirlo, que este cuaderno de bitácora se va animando. He recibido interesantes aportaciones vía correo electrónico de Gemma y Sergio (a los que espero no les moleste ser citados en este foro) que me invitan a aprender de otros sitios de la red y, por consiguiente, a enriquecer el presente. Muchas gracias a ambos.

Tras el parón de ayer, -mis alumnos de 1º y 2º de Bachillerato se hallan inmersos en la vorágine de los primeros exámenes (mucha suerte a todos) y yo misma en la de ejercer de juez implacable de sus esfuerzos-, vuelvo a la carga. El tema que he elegido es una continuación del que introduje en la entrada del lunes. La innovación como motor de desarrollo de la empresa y, de forma mediata, de la sociedad.


Para comprender el alcance de un término es necesario, como ya vengo repitiendo una y otra vez en estas líneas, analizar su origen. Rastrear la
senda semántica que ha dado lugar al significado actual del término. Porque los significados se construyen en una suerte de devenir histórico que no puede ser obviado si lo que se pretende es una adecuada comprensión de éstos.


El término 'innovar" procede del latín "innovare". Si se acude a la definición que del término aporta el diccionario de la
RAE se descubre, sin embargo, un significado que no deja de ser curioso: "Volver algo a su anterior estado". Hoy lo llamaríamos 'renovar'. Resulta asimismo reveladora la acepción que, como atinadamente recuerda José Antonio Marina, se dio al término novedad en el primer diccionario castellano de 1630: "Cosa nueva y no acostumbrada que suele ser peligrosa por traer cambio o mudanza de cosa antigua". El miedo al cambio es inherente al ser humano, en la medida en que es consustancial a su naturaleza el intento de domesticar la realidad mediante su categorización en estructuras estables. El cambio viene a ser una grieta que pone en tela de juicio la estabilidad de estas estructuras y, por tanto, arroja a la persona a la vertiente más brava de la realidad.

Sin embargo, innovar es ampliar la realidad, no necesariamente destruyendo lo ya conseguido, atisbar potencialidades donde sólo hay hechos. Por eso, me parece que la capacidad de innovar guarda una relación intimísima con el núcleo duro de la inteligencia humana. En el mundo empresarial está asentada y asumida la consigna de que la innovación es la forma de escapar de un mercado presidido por la homogeneidad, por la insoportable semejanza de los productos que obliga a plegarse a la tiranía del precio. Por eso a la estructura de mercado de competencia perfecta se le asigna el título de precio aceptante. Innovar es sustraerse a las trampas de lo indiferenciado, ser capaz de aportar rasgos propios a la masa informe.

Ahora bien, no quiero dejar de señalar la tentación que se agazapa tras los dominios de lo novedoso. A mi modo de ver, se puede caer en la sacralización de lo nuevo, en la asimilación de dos conceptos que de suyo son diferentes el de lo nuevo y lo bueno o lo deseable. Tal vez, ese peligro era el que habían entrevisto los lexicógrafos que redactaron la voz 'novedoso' en el siglo XVII. La eterna tentación del hombre moderno de hacer tábula rasa, de partir de cero, como si no fuese hijo de un tiempo que es el último eslabón de una larga cadena. Muchas de las resistencias a la innovación surgen precisamente de una mala gestión del tiempo (como al decir de algunos, otros males): se pretende empezar negando la existencia de otros comienzos, de otros pasados, de otras formas que en su día fueron también nuevas. Por otro lado, lo nuevo posee la inestimable virtud que caracteriza a lo perfecto, lo que todavía no ha mostrado su cara oculta, que es su carencia de fallos. Frente a su perfección se torna imposible la victoria de lo ya conocido, de las viejas formas, al menos a corto plazo. La batalla ha de librarse en el largo plazo, cuando lo no tan nuevo y lo ya conocido o lo viejo concurren en igualdad de condiciones. Hasta que una nueva innovación los coloque en el mismo bando: el de lo viejo, lo gastado. El precio del progreso.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Vencedores o vencidos

"Nadie puede en su vida escapar a una deplorable dosis de entusiasmo" (Stendhal)

Hoy he desayunado con Barack Obama. También cené la noche pasada con él y comí con su agradable presencia. No soy un caso único, lo sé. De hecho, ha sido prácticamente inevitable evitar su compañía. Desde que emprendió la carrera por las primarias demócratas enfrentándose nada más y nada menos que con la ex-primera dama, su rostro ha pasado a formar parte del álbum familiar.

Ha ganado las elecciones a su oponente, el republicano McCain. La entrada de mi cuaderno de bitácora está dedicada al programa político de ambos. Recomiendo pinchar aquí.

Que la suerte le acompañe.

martes, 4 de noviembre de 2008

La realidad y el deseo

"Pobre no es el que tiene poco, sino el que mucho desea" (L. A. Seneca)

Ayer no pude tratar el tema de la innovación como realmente hubiera deseado hacer. Repasando lo escrito, compruebo que quedaron en el aire muchos aspectos que matizar. Realmente hablar de innovación es como hablar del ser humano y de su capacidad de descubrir posibilidades ocultas en las mismas piedras. Entra sin duda en la categoría de tópico referirse a la magistral y proverbial habilidad de
Miguel Ángel para adivinar las formas de David en un trozo de mármol mostrenco. Por eso, la entrada de ayer no hizo en absoluto justicia al término. Prometo volver sobre él y seguir indagando en uno de los atributos o dones (según se mire) que convierten al ser humano en un auténtico demiurgo.

Pero no quiero dilatar más la incursión en la temática del día. Tras mucho jugar al suspense con las isocuantas e isocostes, no soy
Hitchcock, ha llegado el momento, querido internauta, de emprender la apasionante empresa de intentar explicar ambos conceptos.

El concepto de isocuanta hay que encuadrarlo en el contexto de la función de producción y de los factores de producción. Mis alumnos están cansados de escucharme la idea de que tradicionalmente se han distinguido tres factores de producción: tierra, trabajo y capital. Por otro lado, hay formas de producir que son tecnológicamente eficientes y otras que, obviamente, no lo son. Intuitivamente la idea es sencilla: si para obtener un determinado bien se utilizan con una determinada tecnología 3 hombres y dos máquinas y con otra 3 hombres y 3 máquinas, es fácil colegir que la segunda es menos eficiente que la primera. Pues bien, dados los factores de producción trabajo y capital, que se consideran variables a largo plazo, la
isocuanta es el lugar geométrico de los puntos del plano que representan combinaciones de factores que proporcionan un mismo nivel de producción. Pondré un ejemplo: la isocuanta relativa a la producción de un coche nos informa de que es posible conseguirlo con 3 hombres y 3 máquinas o con 2 hombres y 4 máquinas o con 4 hombres y dos máquinas.

Pero los economistas pecan de exigentes, como todo el mundo de sobra conoce. Por eso, además de perseguir la eficiencia técnica, esto es, conseguir la mayor producción con la menor utilización de factores, buscan la eficiencia económica, es decir, que la combinación de factores que permite la obtención del coche resulte lo más barata posible. Si el coste de una hora de trabajo es 10 euros y el de una máquina es de 5, es evidente que será menos gravoso utilizar 2 hombres y 4 máquinas que 4 máquinas y 3 hombres. Las rectas isocostes representan las combinaciones de factores que presentan el mismo coste, para unos precios de los factores dados.

Aún falta una pieza más en el puzzle de la producción. Tiene que ver con el concepto de equilibrio, al que por su importancia y sus orígenes dedicaré otra entrada. Realmente resultaría muy fatigoso (por no decir imposible) analizar manualmente todas y cada una de las combinaciones de factores y sus correspondientes costes en aras de determinar qué combinación es la que comporta costes mínimos. Una vez más, la geometría comparece cuando el economista la invoca. El punto de tangencia entre la curva isocuanta y la isocoste asociada representa la opción óptima, es decir, aquella que proporciona un determinado nivel de producción a un coste mínimo. Si el lector no se lo imagina aún, extremo bastante plausible, puede pinchar
aquí.

Las funciones microeconómicas tienen vocaciones elevadas (la máxima producción, el máximo beneficio) pero han de enfrentarse al principio de realidad que se disfraza de mínimo coste. Una vez más,
la realidad y el deseo. Probablemente la solución más inteligente pase por no desear aquello que no se puede conseguir. O desear sólo aquello que se puede alcanzar. Hasta mañana.