martes, 16 de diciembre de 2008

Historias de Tokio

"La mayoría de la gente joven que consigue trabajo en empresas, se convierten e hombres de empresa. Yo quiero ser independiente". (Haruki Murakami)

¿Sólo se ama lo que se conoce o sólo se conoce lo que se ama? Complicada disyuntiva que algunos manuales atribuyen a Platón y Aristóteles. No he comprobado si la atribución es real, porque mi intención va por otro lado: el de las trampas de la disyunción exclusiva. No se puede amar lo que no se conoce en absoluto, pero no se quiere seguir conociendo si no se ama. Aplicable a todas los intrincadas rutas de nuestras vacaciones en el mundo. Es difícil sustraerse a las propias coordenadas espacio temporales: a la tentación de pensar que la cultura propia es, no ya la única, sino la que de forma más acertada encarna lo que debe ser 'la humanidad'. Ancestral y universal engaño del nosotros y ellos. Porque la humanidad, como el ente aristotélico, se dice de muchas maneras. La lógica binaria, tan en boga hoy en día, llevaría entonces a defender el relativismo cultural. Otra trampa sintáctica: uniformismo o relativismo sin matices. La humanidad se dice de muchas maneras, pero, en última instancia, es humandad. Es posible, deseable y exigible llegar a un consenso más allá de la diferencia. Los mínimos éticos y los derechos humanos son su base. Pero, una vez más, no es el tema.

Nunca me había atraído demasiado la cultura oriental. Europa definía las fronteras de mi estrecho mundo, de mi eurocentrismo inconfeso pero latente. Pero mi percepción de la “realidad oriental” ha cambiado a raíz de algunos encuentros buscados ma non troppo: la lectura de La novela de Genji, milagro literario el siglo XI escrito por una mujer, Murasaki Shikibu, y mi viaje relámpago a China. Allí pude conocer a vista de pájaro, -no creo que sea lícito establecer leyes generales a partir de una observación mínima, reducida y mediatizada-, la cultura china y reconozco que me impresionó. Paseo nocturno por Shangai o puesta entre paréntesis del ego europeo. Mi próximo objetivo es, sin duda, Japón. Quizás alimente también mi querencia por este país mi actual lectura. Una amiga -muchas gracias, Naty- me prestó un libro del ya citado en esta página, Haruki Murakami. Todo un descubrimiento tardío. Conocer para amar y amar para conocer.

Es, por tanto, el destino de mi viaje nocturno de hoy. El matutino, la clase de 2º de Bachillerato, nos ha llevado a analizar el sistema Just in Time, uno de los más refinados producto de la factoría Toyota. Más allá de los tópicos, me gustaría dedicar la entrada de hoy a presentar, grosso modo, la interesante organización empresarial de las compañías japonesas. A quien desee profundizar en el JIT le recomiendo pinchar en el enlace anterior. La confesión previa es que mi conocimiento del tema es libresco: no conozco la realidad de primera mano. Por ello, me subiré a hombros de otro gigante la Historia económica de la empresa, de Jesús Mª Valdaliso.

Si por algo se han caracterizado las empresas japonesas es por el hecho de que han sabido tejer redes complejas y simultáneamente descentralizadas. Si se analiza la trama de estas redes se descubren varios niveles. Un primer nivel lo constituyen las fábricas en las que se realiza la actividad de investigación y desarrollo (no hay que olvidar que Japón es uno de los países que más patentes registra al año), la producción y el marketing. Éstas coordinan su producción a través de una gran empresa que tiene relaciones de casi integración con gran número de pequeñas empresas que, a su vez, establecen relaciones comerciales con otras empresas a través de acuerdos a largo plazo de cooperación. Esas alianzas facilitan el intercambio de conocimientos y la coordinación.

Esta estructura en red se encuentra fuertemente jerarquizada, aunque sin llegar a constituirse como una integración vertical, teniendo a la cabeza un grupo de filiales centrales de la casa matriz. En un segundo plano se situarían las empresas con las que se establece una relación tipo keiretsu y a un nivel inferior están los subcontratistas principales que, a su vez, pueden subcontratar parte de su producción. Evidentemente la red no puede ampliarse indefinidamente dado el alto grado de coordinación existente entre todos los niveles. Además, este tipo de red depende de un equilibrio entre el número de proveedores y el grado de integración en la cooperación que es máximo sin llegar a la integración vertical y todos los problemas que lleva aparejados.

Las ventajas de esta estructura son innegables en la medida en que posibilitan que se desarrollen economías de escala, reduciéndose los costes de producción y transacción de la empresa organizada en red. Pero lo que me parece que es una de las características que refleja el carácter japonés es la relación de confianza en la que se asienta. El principio de competencia, asimismo, se atenúa con la colaboración. En el fondo, todas las empresas están vinculadas por una trama común que permite que todas se integren en una red, conservando sin embargo, su independencia.

Este es el caldo de cultivo en el que se materializa el JIT. Este modelo nace de Toyota, que, con su sistema de existencias de minutos en las fábricas de montaje de Toyota City en la ciudad de Nagoya, supuso el establecimiento de una gran red a través de un proceso sencillo. Una red de ocho filiales encargadas del ensamblaje de una parte de sus vehículos les permitió ajustar con más flexibilidad su producción a los cambios de mercado.

Sin embargo, la estrategia JIT no está exenta de problemas: agrava los problemas de tráfico en las grandes áreas urbanas, la práctica kanban no es válida para proveedores situados a larga distancia pues requiere disponer de una oferta de proveedores cualificados muy amplia. Además la gran variedad de productos y su rápido reemplazo incrementa la presión sobre los proveedores y el coste para los fabricantes.

Toda cara tiene su cruz. Para que exista occidente, ha de haber un oriente. El resto son fronteras, probablemente invisibles.


lunes, 15 de diciembre de 2008

El tercer hombre

"Esto es el oeste, señor. Cuando la leyenda se convierte en hecho, se escribe sobre la leyenda".(De El hombre que mató a Liberty Valance, John Ford)



Pongamos que hablo de Ford. No precisamente de John Ford, -aunque también-, cineasta que ha sido citado en este foro, y a quien debo muchas tardes de auténtico deleite. Tras su aparente simplicidad, bienaventurados los sencillos, podría incluso hacer extensiva a su persona la sentencia que Nietzsche dedica a Dostoievski en El crepúsculo de los ídolos, " el único psicólogo, dicho sea de paso, del que yo he tenido que aprender algo: él es uno de los más bellos golpes de suerte de mi vida...". Bienaventurados los sutiles. Una de mis películas favoritas es El hombre que mató a Liberty Valance. Me pasa con pocas películas, pero ésta, sin duda, reúne gran número de esas imágenes que quedan grabadas a fuego en la retina. Como la mirada de Wayne contemplando el incendio de su vida. Pero ése es indudablemente otro tema.



Yo quería hablar de otro Ford. Henry. Hoy en día más conocido que el propio director. Intuyo que no per se, sino por la marca con la que bautizó sus automóviles. Y lo traigo a colación porque hoy he comenzado con mis alumnos de 2º de Bachillerato a analizar el interesante tema de la función de producción de la empresa.



El apellido de Ford, -de éste Ford- va inextricablemente asociado al de Taylor. De hecho se suele hablar de taylorismo y fordismo. Ambos representan el estereotipo americano del self made man, el hombre que de la nada construye un imperio: Bien es cierto que la encarnación de este Prometeo moderno es más nítida en el caso de Ford que en el de Taylor.

El segundo hombre de hoy, Frederick Winslow Taylor (1856-1915), comenzó a trabajar de aprendiz en un taller; posteriormente cambió de empleó y finalizó estudios de ingeniería. Taylor, que por algo fue cocinero antes que fraile, sospechaba que la productividad en las fábricas era bastante inferior a la esperable. El verdadero mal que había que combatir era el derroche del tiempo y la pereza inherentes al género humano. En última instancia, el enemigo habita en nosotros. Por eso, realizó las primeras mediciones de tiempos de la época que fueron contrastadas con tiempos predeterminados, tomando como referencia los invertidos por obreros capacitados por la realización de esos trabajos. Su visión del ser humano, que no hace demasiadas concesiones al optimismo, le lleva a afirmar que los óptimos de productividad pueden alcanzarse mediante un sistema de retribuciones equiparable al esfuerzo realizado. La avaricia infinita del ser humano así lo demanda: el salario se erige en elemento motivador par excellence.

Henry Ford (1863-1947), el auténtico tercer hombre, tuvo una trayectoria bastante similar a la de Taylor. Comenzó trabajando de aprendiz en una fábrica. Sus capacidades, su carácter emprendedor y su iniciativa provocaron que fuese ascendido y nombrado ingeniero de la Edison Iluminating Co. Circulan una serie de leyendas, que no he podido confirmar, pero que mencioó para que el lector juzgue por sí mismo, en torno a sus habilidades. Se cuenta que construyó su primer automóvil por piezas, un coche con motor de cuatro tiempos refrigerado por agua: algo verdaderamente revolucionario en su época.

Pero lo que, sin duda, lo convierte en meritorio poseedor de un lugar privilegiado en el Olimpo de los Emprendedores, cuyo Zeus actual se llama Bill Gates, es su impulso a lo que hoy se conoce como 'consumo de masas'. Ford fue ardiente defensor de la fabricación del coche para y por el pueblo. La democracia entendida como capacidad de consumo, en contra de la corriente de opinión de los años 20 que defendía un consumo ostensivo, esto es, como símbolo de poder y refinamiento. Para ello, y este es precisamente el punto en el que nos hemos quedado en clase de 2º de Bachillerato, ideó cadenas de producción con la máxima simplificación de tareas, evitando los movimientos rutinarios para reducir costes. Aplicando, de alguna forma, los dogmas taylorianos. Con él nació la producción en serie y las cadenas de montaje, que tan brillantemente fueron satirizadas por Charles Chaplin en la que para mí (junto con el Gran Dictador, imprescindible la escena en la que juega con el mundo convertido en inocente globo) es su mejor película Tiempos modernos. Volveré sobre el tema.

El sueño americano convertido en leyenda. Aunque a veces el trabajo en la cadena se parezca más a una pesadilla. A mayor gloria del consumo. Felices compras.

domingo, 14 de diciembre de 2008

La gran ilusión

"Nihil novum sub sole" (Eclesiastés)

Las noticias económicas en ocasiones comparten argumento con o, incluso, se alquilan como musas, con caché de bienes libres, a los más famosos culebrones. Géneros difusos, tomando la expresión prestada a Clifford Geertz. El de este fin de semana promete. Intentaré resumir la cuestión en forma de titulares de prensa. Agentes del FBI detienen al ex presidente de la bolsa de valores tecnológicos Nasdaq y reputado inversor, Bernard L. Madoff, que en la actualidad dirige la firma financiera Bernard L. Madoff Investment Securities acusado de una estafa piramidal que podría haber causado pérdidas a sus clientes de 50.000 millones de dólares, extremo que de ser cierto constituiría uno de los mayores fraudes de la historia. Los denunciantes han sido supuestamente sus propios hijos. Increíble, pero cierto.



Me refiero no tanto a los detalles más o menos jugosos de la historia –soy de las que no gustan de este tipo de intrigas familiares- sino al hecho de que tras la llamada un tanto ampulosamento y un mucho cínicamente ‘ingeniería financiera’ se escondan productos tan poco sofisticados como un esquema Ponzi, sistema de fraude piramidal, que viene a ser algo así como el correlato económico del timo de la estampita. Está visto que es imposible sustraerse al cinismo.

No entra dentro de los objetivos de este cuaderno de bitácora enjuiciar, valorar o comentar los escándalos financieros last minute. Sin embargo, sí que creo conveniente explicar a mis alumnos qué es el Nasdaq, su importancia y, por consiguiente, la relevancia que tiene la noticia más allá de las inverosímiles cifras.


NASDAQ nuevamente es un acrónimo, por eso hablaba en otra entada de su hiperinflación en el vocabulario económico-financiero, de National Association of Securities Dealer Automated Quotation. Las propias siglas remiten a una explicación anterior, a saber, el concepto de ‘dealer’. El dealer es básicamente un intermediario financiero que puede actuar por cuenta propia y ajena. Puede invertir en títulos, asegurar la suscripción de emisiones y tramitar créditos para la compra-venta de valores y activos. También existen otros intermediarios financieros que son los brokers. La diferencia entre ambas figuras reside en el hecho de que los primeros pueden actuar por cuenta propia y ajena y los segundos únicamente por cuenta ajena. Convendría desterrar la idea, cuyo origen probablemente haya que buscar en las películas y series norteamericanas, de que los dealers trabajan en el edificio de la bolsa. De hecho normalmente llevan a cabo su actividad profesional en las empresas propias o ajenas que actúan de mediadoras entre los compradores y los vendedores de cualquier bien además de la bolsa.

El NASDAQ es una bolsa de valores electrónica y automatizada cuya oficina principal está en Nueva York. El NASDAQ Stock Market fue fundado en la década de los setenta. NASDAQ nace paradójicamente (a juzgar por lo que hoy hemos conocido de su ex-dirigente) por la petición del Congreso de los Estados Unidos a la comisión que regula la bolsa (Securities and Exchange Commission) de que realizara un estudio sobre la seguridad de los mercados. La elaboración de este informe detectó que los mercados no regulados eran poco transparentes, condición que, si se recuerda, era imprescindible para que un mercado fuera considerado de competencia perfecta. El SEC propuso su automatización y de ahí surgió el NASDAQ Stock Market, cuya primera sesión fue el 8 de febrero de 1971.


El Nasdaq, además, es un índice bursátil. Nuevamente nos perdemos en la selva de los conceptos. Para seguir mi discurso, simplemente informaré de que básicamente constituyen indicadores que sirven para medir la evolución temporal de los valores cotizados en los mercados. Su agregación en un solo dato permite comparar de forma fácil e intuitiva la situación de cada mercado. Por ejemplo, el Nasdaq ha bajado 100 puntos. Es el índice más representativo del mercado tecnológico. Tiene base 100 el 5 de febrero de 1971 y utiliza una media aritmética ponderada por capitalización bursátil. Hay una familia de índices Nasdaq para todos los valores con cotización en este mercado. También hay un índice selectivo de 100 valores, NASDAQ 100, que es el más utilizado. Hay además ínidces sectoriales (industrial, financiero, seguros, telecomunicaciones y transportes).

Intuyo que esta historia no ha acabado: ni la de Madoff ni la mía. Aunque en la suya entreveo episodios más jugosos. Una vez más, sólo queda añadir el nada nuevo bajo el sol. Ni siquiera en el de Nueva York. Quién lo iba a decir.







sábado, 13 de diciembre de 2008

Ser o no ser

"El largo plazo es una referencia engañosa para los asuntos del presente. A largo plazo, todos muertos. Los economistas se plantearían una tarea demasiado fácil, y demasiado inútil, si en el tiempo de tempestades lo único que son capaces de decir es que cuando pase el temporal, el océano volverá a la calma" (J. M. Keynes Breve tratado sobre la reforma monetaria)

Una de las expresiones más utilizadas por el ser humano en general y por el economista en particular es la de “se veía venir”. Los análisis o las predicciones a posteriori (contraditio in terminis, lo admito) pueblan las páginas de los diarios económicos y de las tribunas de opinión oficiales. Ante lo cual, la voz del sentido común se hace preguntas del tipo: si todo el mundo sabía qué estaba pasando, ¿por qué nadie hizo nada para evitar la que se venía encima? Todos somos profetas del pasado.

Otra forma de predecir, fía sus vaticinios tan a largo plazo que los convierte en irrelevantes. Es la impresión que me queda tras leer la entrevista que en Le Monde realizan a I. Wallerstein, investigador del departamento de Sociología de la Universidad de Yale y que fue presidente de la asociación internacional de Sociología. En ella, afirma que “el capitalismo toca a su fin” y que “en diez años, se verá con más claridad, en 30 o 40 años emergerá un nuevo sistema. Creo que es tan factible que se instaure un sistema de explotación todavía más salvaje que el capitalismo, como que, por el contrario, se ponga en marcha un modelo más igualitario y retributivo”. No quiero hacer trampa y entresacar una frase descontextualizada con intereses tan espúreos como defender mis propias tesis. Por eso, si quieren leer la entrevista pinchen aquí. En cualquier caso, convendrán conmigo en que ese tipo de afirmaciones no concretan demasiado qué cabe esperar. En realidad, a lo que estoy apuntando es a la clarificación del horizonte temporal en el que las previsiones económicas tienen validez. En un entorno cambiante, -‘turbulento’ es el adjetivo que se utilizaba en los libros que hube de estudiar-, ¿es posible hacer predicciones? La cuestión supera, -de hecho, me supera-, los objetivos de este cuaderno de bitácora. Pero eso no le resta un ápice de interés.


No quiero hablar ni de los unos, los que ya sabían, ni de los otros, los que sabrán. Me interesan las personalidades que han actuado y que han aportado soluciones factibles a los problemas: de hecho la verdadera inteligencia, como el movimiento, se demuestra andando. Sé que no todo el mundo compartirá esta idea. A lo largo de la historia se han dividido las opiniones en torno a los contemplativos y a los activos. Entre la teoría y la praxis. Pero, como en muchas otras disyuntivas, no es cuestión de elección. La práctica es el verdadero tribunal en el que se defienden las teorías.

Hoy quiero hablar de Keynes. Me apasionan esas personalidades que consiguen que el mundo se articule en dos grupos: los seguidores y los críticos. Los keynesianos y los no keynesianos. Nosotros y ellos. Y no porque crea en estas falsas dicotomías, sino porque en última instancia, hablan mucho de aquellos que las generaron.

Es un lugar común hacer mención al hecho de que John M. Keynes perteneció al grupo de Bloomsbury. Insigne círculo al que pertenecieron nombres como Virginia Woolf, E. M. Forster, B. Russell y, ocasionalmente, L. Wittgenstein y que es el nombre del barrio londinense en el que habitaban la mayor parte de ellos. La vanguardia inglesa.

Resulta difícil plasmar en tan reducido espacio el pensamiento económico de Keynes. Pero, a riesgo de caer en la excesiva simplificación, afirmaré que su principal aportación estribó en proporcionar una justificación teórica para la intervención del sector público en la actividad económica. Y dicha justificación provenía de la inestabilidad macroeconómica: el sector público habría de influir en la economía a modo de elemento estabilizador. De hecho, entre las funciones de este agente económico, mis alumnos han estudiado la estabilizadora.

En opinión de Keynes, ha de encontrarse el origen de las crisis económicas en la insuficiencia de la demanda agregada de bienes y servicios que, a la postre, explica el fenómeno del desempleo. Por eso, en situaciones de crisis y desempleo se hace particularmente necesaria la intervención del sector público con políticas expansivas que estimulen la demanda agregada.

¿En qué consisten estas políticas expansivas? Básicamente en políticas monetarias que reduzcan los tipos de interés, pero, sobre todo, en políticas fiscales expansivas que aumenten el gasto público y reduzcan los impuestos. En cualquier caso, recomiendo pinchar en el siguiente
enlace (bajar hasta multimedia y elegir "las recetas keynesianas"). Sencillo y clarificador.

Tras Keynes, la teoría económica no pudo seguir siendo la misma. Ser o no ser keynesiano. ¿Cuestión de elección?

jueves, 11 de diciembre de 2008

El coleccionista

"Como todo poseedor de una biblioteca, Aureliano se sabía culpable de no conocerla hasta el fin"
(Jorge Luis Borges, El Aleph)

Pocos planes de mañana de sábado superan a la búsqueda y, si los hados son propicios, hallazgo de ejemplares raros en una librería de viejo, de segunda mano (mis favoritos) o de ocasión. Tras el café de rigor, evidentemente, y, si es posible, en compañía. La experiencia demuestra que siempre se encuentra algo: en ocasiones, pequeños tesoros abandonados por herederos no conscientes del valor del legado recibido. Gente que, indefectiblemente, confunde los conceptos de valor y precio. Un pecado no apto para los economistas principiantes. No quiero, sin embargo, ser injusta o caer en el juicio precipitado: en ocasiones, las circunstancias obligan a desprenderse de volúmenes que han ido adquiriéndose lentamente y que han ido calando y sedimentando en el espíritu, permítaseme el término, de su poseedor. Una verdadera pérdida para los coleccionistas de libros. O un verdadero hallazgo para el que lo encuentra. A pesar de que siempre se sienta una incómoda sensación al descubrir el ex libris o la rúbrica de su anterior propietario, sólo compensado por la certeza de que ha caído en buenas manos, si se me permite la inmodestia.



En una de esas mañanas de caza conseguí, entre otros trofeos, un libro de Peter Drucker, uno de los gurús oficiales del management, perdón por la palabreja. El volumen recogía una compilación de los mejores artículos del autor. No suelo ser amiga de obras que comiencen con expresiones del tipo "lo mejor de zutanito" o "fulanito imprescindible" o "selección de textos de perenganito". Entre otras cosas porque, como lectora, prefiero ser yo la que elija el criterio de selección. Pero en aquella ocasión, pudo más la pereza y me decidí a comprar el libro que llevaba por título Drucker esencial.

Sin embargo, me suele pasar cada vez más frecuentemente, la obra fue a parar al limbo de los libros que pueblan las estanterías en busca de un lector. Hasta que, estos días, aprovechando una pequeña enfermedad, me he decidido a leerlo. No me ha defraudado. Los artículos resultan interesantes, bien escritos, con un estilo anglosajón preciso y sin florituras(aunque Drucker era austriaco el nazismo le obligó a emigrar a EEUU). Además están impregnados de una suerte de patina humanista que hace que su acercamiento al mundo de la empresa me resulte especialmente atractivo. Lo cual no significa que comparta todos los planteamientos defendidos y expuestos en el libro.

Hay un artículo, probablemente no el más representativo, que no me resisto a glosar. Lleva por título “la persona culta”. La tesis fundamental de Drucker es que, lejos de lo que a veces se suele pensar, en la llamada “sociedad del conocimiento” el centro de gravedad reside en la persona y no en los programas o medios informáticos. La razón es que los soportes informáticos, resulta casi tautológico recordarlo, contienen únicamente información. El conocimiento, por el contrario, está siempre encarnado en una persona. “El giro hacia la sociedad del conocimiento, por lo tanto, coloca a la persona en el centro. Y, al hacerlo, plantea nuevos desafíos, nuevas preguntas, sin el más remoto antecedente, relativas al representante de esa sociedad del conocimiento, la persona culta”.

Pero, ¿qué es una persona culta? En todas las sociedades, sostiene Drucker, la persona culta es algo así como un ornamento, un atributo que no es en modo alguno esencial. Se es guapo, atractivo, rico y culto. Sin embargo, en la sociedad del conocimiento el accidente deviene esencia: la persona culta se revela como el arquetipo social.

Admitamos esta idea. La cuestión no queda zanjada aquí, en la medida en que espontáneamente surge una cuestión ulterior ¿Cómo conseguir “personas cultas”? Drucker apunta que movimientos antisistema niegan la propia posibilidad de existencia de la “persona culta”; es la posición de los deconstructivistas. En el otro bando, se sitúan los que él denomina humanistas, que consideran que el sistema actual está incapacitado para concebir “personas cultas”. En este sentido, proponen un regreso al pasado, a los clásicos. Drucker defiende que ambos están en un error. Resumiendo mucho, el medio así lo requiere, la tesis de Drucker es que “no necesitamos ni obtendremos individuos de saber enciclopédico que puedan desenvolverse en distintos campos de conocimientos. En realidad, es muy probable que nos hagamos cada vez más especializados. En cambio, lo que sí necesitamos (…) es la capacidad de entender los diversos conocimientos. ¿A qué se refiere cada uno? ¿Qué es lo que trata de hacer? ¿Cuáles son sus temas centrales y sus principales teorías? ¿qué nuevas aperturas mentales ha producido? ¿Cuáles son sus más importantes áreas de investigación, sus nuevos desafíos y problemas?”.

Sin duda, uno de los mayores cambios a los que se enfrenta el hombre actual es el del conocimiento, en su forma y en su contenido, en su significado, en su responsabilidad y en lo que implica ser una persona culta. Una verdadera revolución.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

El árbol de la ciencia

"No creo en esa indiferencia automática que tú atribuyes a la inteligencia. No somos un intelecto puro, ni una máquina de desear, somos hombres que al mismo tiempo piensan, trabajan, ejecutan, desean... Yo creo que hay ideas que son fuerzas" (Diálogo de El árbol de la ciencia, Pío Baroja)

Ciertos conceptos económicos se nutren de imágenes cotidianas. Nada raro si atendemos a la definición que dio Alfred Marshall de economía según la cual es "el estudio de la humanidad en la conducta de su vida cotidiana". Si de mi dependiera, hubiera grabado esta máxima en la puerta del aula para tenerla siempre presente y no olvidar lo que fácilmente se escurre tras los tecnicismos. Pero el capítulo de préstamos no acaba ni mucho menos aquí. Otros vocablos económicos proceden de ciencias situadas aparentemente en sus antípodas, como la física. Nada raro si se acepta otra imagen, la del árbol de la ciencia, con un tronco común y unas ramas que se han ido independizando y tomando consistencia propia.

El concepto de 'elasticidad' pertenece a esa categoría de términos que son profusamente utilizados por los economistas y que, en el fondo, encuentran su explicación última en simples fenómenos físicos. Hay otros, v.g., el de apalancamiento, al que haré referencia en otra entrada. Así, según mi diccionario de cabecera, el de la Real Academia de la Lengua Española, la voz 'elasticidad' significa "propiedad general de los cuerpos sólidos, en virtud de la cual recobran más o menos completamente su extensión y forma, tan pronto como cesa la acción de la fuerza que las deformaban". Si se comprende esta definición, se está en la antesala de su correlato económico.

Porque, en última instancia, lo que se pretende averiguar con el concepto de elasticidad es en qué proporción influyen los incrementos porcentuales de una variable en otra variable relacionada. Por ejemplo, la 'elasticidad-precio de la demanda' es una medida de la sensibilidad de la cantidad demandada de un bien ante las variaciones de un precio.

Un supuesto ayudará a comprender la utilidad del concepto. Imagine, querido internauta, que usted ha organizado una fiesta en un local con aforo limitado para recaudar fondos para una causa noble, pongamos por caso, el proyecto de construcción de unos pozos de agua en Mozambique (que dicho sea de paso ha sido elegido como proyecto anual solidario de mi colegio). Es evidente que usted aspira a obtener los máximos ingresos posibles para financiar el proyecto. ¿Debe fijar un precio bajo para las entradas, asegurándose un éxito de público y audiencia o, tal vez, un precio alto, permitiendo que el establecimiento no se llene totalmente? En el primer caso, si cobra un precio bajo, venderá más entradas, pero si cobra más, cada entrada le reportará más dinero. Cobrar más o cobrar menos. That's the question.

La respuesta que los económistas adoran es "depende". Y como decía la canción, ¿de qué depende? Básicamente de lo sensible que sea la cantidad demandada a las variaciones del precio. Si una pequeña bajada en el precio de la entrada, consigue que se vendan muchas más entradas, entonces convendrá disminuirlo. La cantidad demanda es muy sensible a las subidas y bajadas de los precios, luego será elástica, al igual que al realizar una pequeña fuerza sobre un muelle elástico, se consigue estirarlo. Por el contrario, si una pequeña bajada no consigue un incremento importante de la venta de entradas, entonces no conviene bajar los precios porque la cantidad demandada no es sensible a las subidas o bajadas. En ese caso, se dice que es inelástica. Como un cuerpo rígido.

La teoría asegura que la elasticidad-precio de la demanda de un bien es la variación porcentual de la cantidad demandada de dicho bien ante una variación porcentual del precio de éste. Es una relación por conciente. Y se habla de demanda elástica, inelástica y unitaria. Númericamente la demanda se dice que elástica cuando es mayor que 1. Por ejemplo, si el precio de un bien sube un 5%, su venta se reduce un 10%. La elasticidad precio de la demanda de ese bien es 2. Lo que significa que incrementos de los precios provocan reducciones mayores de la cantidad demandada. Asimismo, se dice que es inelástica cuando es menor que 1. Por ejemplo, si el precio de un bien sube un 10%, su venta se reduce un 5%. Su elasticidad precio es 0,5, esto es, incrementos de los precios provocan reducciones menores porcentualmente de la cantidad demandada. Y, por último, la demanda es unitaria cuando los incrementos son proporcionales, es decir, al subir los precios un 5% se reduce la cantidad demandada en la misma proporción.

Existen otras medidas de la elasticidad como la elasticidad precio de la oferta, elasticidad cruzada y elasticidad renta de la demanda. A efectos teóricos, la explicación es la misma: miden la variación que provocan los cambios de la variable independiente sobre la variable dependiente.

Una prueba más de que el árbol de la ciencia tiene unas raíces comunes y sus ramas se entrecruzan sin que sea necesaria ninguna poda. Sin embargo, es de justicia reconocer las deudas. Más si se es economista principiante.

martes, 9 de diciembre de 2008

Tocando el viento

“La música es la expresión del mundo en un lenguaje de universalidad y que conduce a cosas particulares...se parece a las figuras geométricas y a los números, que son aplicables a priori a las cosas no de manera abstracta, sino intuitiva y determinada.” (A. Schopenhauer)

Hemos vuelto. Así reza el mensaje que aparece en mi cuenta de chat tras una desconexión momentánea. Y lo que son las cosas, esa frase me tranquiliza. Tal vez por lo que promete y otorga: el maravilloso don de la comunicación o, tal vez también, el castigo de la incomunicación. Habría mucho que discutir sobre este punto. La posibilidad de la comunicación o, por qué no, la posibilidad de una isla, parafraseando a Michel Houellebecq. ¿Somos archipiélagos? Una vez escuché a un profesor que la mayor prueba contra las tesis del relativismo cultural y la incomunicación es la existencia del comercio. Simple, pero me dio que pensar.

La cuestión es que el puente ha acabado. Aunque yo nunca me fui. Hemos vuelto y lo hemos hecho con una gran celebración en la que he recibido una lección acerca de algunos de los logros de la educación. Este debate fue parcialmente analizado a propósito de La Ola, pero hoy quiero situarme en otro ángulo. Tal vez permita contemplar otro de los lados del poliedro que conforma la realidad. Tradicionalmente la educación se ha concebido como la forma en la que los adultos han transmitido una serie de conocimientos, de valores, de formas de estar en el mundo a las generaciones que han tomado el testigo. Comparto plenamente esta idea pero me da la impresión de que se queda justita. De aprobado ramplón. Probablemente suene utópico o idealista, -de hecho lo es, lo admito sin complejo alguno-, pero considero que es necesario ir más allá y concebir la educación como una forma de ampliar los horizontes vitales del educando, de darle las herramientas necesarias para que su vida no quede restringida a lo que Aristóteles apuntaba en su Ética a Nicómaco los "placeres sensibles" que, sin ser desdeñables, no son todo lo que existe. El valor de educar, titula Savater su deliciosa obra (muy asequible) en la que analiza el propio acto de educar. El valor añadido que aporta la educación. El arte de educar. Educar en el arte, añadiría yo. Educar musicalmente.

Ayer precisamente discutí sobre esta cuestión. Fue tras ver
Los limoneros, una película que recomiendo vivamente y que a partir de una anécdota real dibuja un fresco emotivo, pero contenido, de la difícil situación palestino-israelí. ¿Hay lugar para la concordia? Quiero pensar que proyectos como el de la fundación Baremboim-Said son factibles, en la medida en que la música puede no sólo es perfectamente capaz, sino que es la más indicada para desempeñar el papel de gozne estético entre tradiciones culturales diferentes e incluso en armas. La música une. No acabo de entender cómo en una sociedad en la que se protegen y se estimula hasta el paroxismo el aprendizaje de otras lenguas, olvide el lenguaje musical, la verdadera lingua universalis.



La educación musical es sin duda una de las grandes olvidadas en el sistema educativo actual. Y esa ha sido mi lección de hoy: comprobar cómo un grupo de alumnos de un instituto vecino han sido capaces de formar una pequeña orquesta y disfrutar, i.e, ampliar su laberinto emocional, con la interpretación musical. Se han atrevido incluso con el
cancionero de Uppsala. Una de las piezas que esta mañana ha sonado ha sido ésta. Evalúen su cultura musical. O puntos si sólo les suena la melodía. Si son capaces de identificar la pieza y el autor regálense 1 punto. Si son capaces de situar a su autor en su época, 2 puntos... En fin, el cielo es el límite.

Es hora de volver a la economía aunque en clave musical, porque probablemente lo que voy a intentar explicar a muchos les suene a música celestial. Me refiero al tema del mes: la bolsa. Giro de 180º pero la realidad no ofrece un solo rostro. Afortunadamente. El otro día hablaba del sistema bursátil, hoy quiero dar un paso más y explicar los sistemas de contratación. Para lo cual, he de comenzar señalando que el precio de un título denominado cambio o cotización se fija en el punto en el que coincide la oferta y la demanda. Es la operación denominada 'contratación'. En las bolsas españolas existen tres sistemas de contratación.

El primero de ellos es el mercado continuo de acciones o sistema SIBE, acrónimo de Sistema de Interconexión Bursátil Español. Se trata de un modelo informático diseñado por la bolsa de Madrid para la creación de un mercado interconectado entre todas las bolsas españolas. Su virtud principal es que permite la concurrencia de todos sus miembros simultáneamente y de forma continuada a un mercado asistido por ordenador. Comenzó a funcionar en el año 1989 y ya en el 94 suponía el 96% del total negociado en renta variable.

Las principales características del mercado continuo son, en primer lugar, que se trata de un mercado dirigido por órdenes, con información a tiempo real en sus pantallas y difusión de manera automática de toda la información sobre la contratación. Ahora bien, ¿qué es una orden?
Básicamente, una orden de bolsa es la petición que realiza un inversor a un
corredor de bolsa para que compre o ponga a la venta acciones u otros valores cotizados en un mercado. Hay diferentes tipos de órdenes como explicaré en su momento.

Además, los títulos admitidos pueden contratarse a lo largo de toda la jornada (9:00 a 17:30). Disponen de un periodo de ajuste desde las 8:30 hasta las 9:00 que comienzan a cruzarse ya órdenes y la cotización de los valores se computa euros. Las órdenes se pueden hacer por lotes ( 25 títulos o múltiplos) o por picos ( cantidades inferiores a 25 títulos). Los miembros de la Bolsa pueden introducir sus ordenes de compra o venta mediante sus terminales de ordenador que están conectados al ordenador central de mercado continuo. Éste, a través del programa informático, intenta siempre casar el máximo de operaciones de acuerdo con la órdenes de compra y venta sobre el mismo título y a los precios propuestos.

El otro mercado es el mercado electrónico de renta fija. En él se negocia la deuda pública anotada en el Banco de España y la renta emitida por las empresas privadas. Funciona de forma similar al mercado continuo, con negociación y difusión a tiempo real.

Y por último, el mercado de corros, es un mercado que se celebra a diario en el parqué entre las 10 y las 12. Los participantes se reúnen físicamente formando un corro, de ahí su nombre, en el que cada título se negocia durante un período de 10 minutos. Es una subasta a viva voz; el vendedor de títulos utiliza la expresión 'doy' indicando la cantidad de títulos ofertada y el precio que pide por ello; mientras que, quien compra los títulos utiliza la expresión "tomo" indicando la cantidad de títulos que quiere comprar y el precio. Si hay acuerdo se utiliza la expresión "póngalos" y "hecho". La operación queda cerrada. Asimismo, el precio se expresa en enteros y la variación máxima permitida en el precio para la primera sesión es de un 10% con respecto al cierre del día anterior. Como se comprenderá el volumen de títulos contratados por este sistema es muy reducido.

Es suficiente por hoy. Otra etapa más. Otro episodio. Cincuenta días juntos. Y los que vendrán. Seguiré tocando el viento y el resto de músicas celestiales. O no tanto.