lunes, 8 de diciembre de 2008

Misión imposible

"El equilibrio permanente no existe en los negocios humanos". A. Maurois.

El lenguaje común además de vulgar, manido y tópico, o precisamente por eso, resulta ser sabio. 'Estar de bajón' o 'tener un subidón' son las dos caras de la misma moneda. Igualmente peligrosas porque como señalaba Aristóteles, o, más bien, sus traductores, "in medio virtus": esto es, la virtud es el justo medio entre dos extremos. No es, sin embargo, un elogio y canto a la mediocritas, por muy aurea que resulte. Ni mucho menos. Se trata, una vez más, de alcanzar el equilibrio, la mesura, el orden. La ansiada calma. Apolo adversus Dionisos.



La economía no escapa a esta dionisiaca oscilación. Al bajón y al subidón. De precios, quiero decir. Por eso, las dos bestias pardas contra las que han de luchar denodadamente las autoridades económicas son la inflación y, la más peligrosa, pese a las apariencias, deflación.


Me gusta rastrear los orígenes de las palabras, el proceso mediante el cual los significados van cristalizando poco a poco a lo largo de los siglos. Las pistas que informan de la evolución o involución de las distintas formas de comprender el mundo. La etimología de la palabra 'inflación', -nunca inflacción- remite a una acepción que hoy ha perdurado de una forma figurada o metafórica. De hecho, se introdujo en el siglo XV como cultismo para sustituir a "hinchazón". Inciso: a los interesados en cuestiones filosófico-lingüísticas aconsejo la lectura del libro Metáforas de la vida cotidiana de G. Lakoff y M. Johnson.

¿Inflación como hinchazón de los precios? Tal vez. Pero es necesario hacer algunas precisiones previas. La inflación no es la subida del precio de un bien aislado. De ahí, que haya que aludir a lo que en economía se llama 'nivel general de precios' que es una medida global de los precios de los diversos bienes y servicios en un momento determinado. Sólo cabe hablar de inflación cuando sube el nivel general de precios. Con esta precisión se puede definir la 'inflación' como un aumento general y sostenido de los precios en la economía de un país.

Es, por tanto, un aumento general: si sube únicamente el precio de las salas de cine o de las palomitas con los que algunos acompañan el deleite, no cabe hablar de inflación. Además, el incremento ha de ser sostenido: se ha de producir durante un periodo de tiempo continuado. Que suban los precios de las terrazas en San Fermín no se considera inflación; es un incremento ¿estacional? (Ojalá).

La inflación provoca una serie de efectos perversos que son los que justifican que las autoridades económicas se empeñen en su control. Entre otros pueden citarse los siguientes: perjudica a quienes no aumentan sus rentas al mismo ritmo que lo hacen los precios. Son especialmente vulnerables los asalariados y pensionistas, que comprueban cómo el nivel general de precios sube pero sus ingresos son los mismos. Por otro lado, la inflación supone una pérdida del valor relativo del dinero: así, penaliza a los individuos ahorradores, a las hormiguitas que comprueban cómo las cigarras manirrotas no se encuentran en peor situación que ellas mismas, en la medida en que todo el dinero acumulado les impide adquirir los mismos bienes y servicios que estaban en disposión de tener cuando comenzaron su actividad previsora. Por eso, las épocas de inflación son el caldo de cultivo idóneo para la formación de burbujas inmobiliarias: los potenciales ahorradores perciben que pueden obtener más beneficios invirtiendo en bienes duraderos que depositando son fondos en una entidad de crédito.

La inflación también provoca la merma de la competitividad exterior de los bienes y servicios del propio país; el incremento de precios causa la disminución de las exportaciones y, a la postre, un incremento de las importaciones.

Pero los fenómenos inflacionistas constituyen una gran familia. La hermana mayor, la hiperinflación, se conoce como la situación en la que la tasa de inflación aumenta en torno al 50% mensual o más. Esto es, los bienes que hace un mes costaban 100 euros, hoy se pagan a 150 euros. A lo largo de la historia se han producido muchos casos de hiperinflación. Los manuales de historia económica suelen presentar dos casos que se han tornado paradigmáticos. Alemania, tras perder la Primera Guerra Mundial, hubo de hacer frente en virtud del Tratado de Versalles al pago de ingentes cantidados a los aliados. La recaudación fiscal no era suficiente para hacer frente a los pagos, así que se buscó una solución rápida. Darle a la manivela e imprimir dinero extra para efectuar los pagos. Sencillo, ¿no? Tal vez, pero el resultado fue que la inflación se disparó a niveles insospechados: entre enero de 1922 y diciembre de 1923 la tasa de inflación acumulada alcanzaba el billón por ciento. Inimaginable. Como puede suponerse los ciudadanos hubieron de adaptarse a la situación: el dinero perdió su función como medio de cambio y se empezó a usar otros bienes que cumplieran con este cometido, debido a que el valor no se devaluaba tanto, v.g., los cigarrillos.

Aunque, sin duda, la mayor inflación registrada en un país se vivió Hungría tras la Segunda Guerra Mundial. Los precios en un año se multiplicaron por 10^27. Imagínese, estimado internauta, que lo que en su "Todo a un euro" favorito hoy cuesta 1 euro, el año que viene costase 1000000000000000000000000000 euros. Cuando cambiaron la moneda el tipo de cambio fue 1 florín = 400.000 cuatrillones de pengo. Es indispensable contar con una imaginación prodigiosa para entender cómo se las apañaron.

Otro de los miembros de la familia inflacionista es la estanflación, castellanización como apunta Pampillón, de la voz inglesa 'stagflation'. Combina los términos 'recesión' (o estancamiento) e 'inflación'; es la situación económica que indica la simultaneidad del alza de precios, el aumento del desempleo y el estancamiento económico, entrando en una crisis o incluso recesión. ¿Les suena?

Y por último, la hermana menor, la deflación. Es la caída general y sostenida de los precios de la economía de un país. Aunque a simple vista podría parecer que se trata de una buena noticia, lo cierto es que la deflación es incluso más peligrosa que la propia inflación. Y lo es porque cuando se espera que los precios bajen, se contrae la demanda a la espera de que los precios bajen aún más. La deflación contribuye a agudizar la crisis, pues ocasiona una caída fuerte del consumo (actualmente en economías OCDE el consumo equivale al 70% del PIB) principalmente de bienes de consumo duraderos (aquellos bienes con plazo de vida superior a 3 años y que implican una importante decisión para el comprador, por ejemplo automóviles). Por otro lado, de la misma forma que la inflación en términos monetarios causa que las deudas vayan perdiendo valor con el paso del tiempo (si debo 100, dentro de un año con una inflación del 5% tendría una deuda de 95) en cambio la deflación conseguiría el efecto contrario (si debo 100 con una deflación del 2% tendría una deuda de 102). Japón la sufrió en los años 90. El hipercitado economista Nouriel Roubini afirma que "existe un riesgo de deflación global". De nuevo, el tiempo lo dirá.

El imposible equilibrio. La ansiada calma. La inflación del 2%. ¿El sueño de una tarde de invierno? Time is over.

domingo, 7 de diciembre de 2008

Rapsodia en diciembre

"Los episodios que para ornato de la historia se ponen, no han de ser tan grandes como la misma historia". Miguel de Cervantes, Los trabajos de Persiles y Segismunda.

Al examinar los asuntos que han ido desfilando en la pasarela de estas 48 entradas, -voy camino de celebrar mis bodas de oro virtuales con los principiantes-, compruebo que si hay un adjetivo que se ajusta a este cuaderno de bitácora, ése es probablemente el de rapsódico. Una especie de cajón de sastre en el que no hay un aparente (ni oculto, me temo) hilo conductor. No, no voy a emprender el tedioso camino del metadiscurso. Lo único que pretendía, queridos internautas, era llevarles al huerto. A mi huerto, un tanto yermo, -estamos en invierno-, y dentro de él, a la rapsodia con la que aconsejo acompañar la lectura de este texto. Rachmaninoff como banda sonora de lujo. Para los principiantes cinéfilos aconsejo Breve Encuentro, de David Lean (otro gigante), película fantástica en la que la música de Rachmaninoff cierra el círculo de la perfección. Y cómo no Rapsodia en agosto de Kurosawa. No se pierdan el enlace en el que se reproduce un diálogo entre el mencionado y Gabriel García Márquez.

La vida es rapsódica. A no ser que uno se confiese hegeliano recalcitrante y militante -el suyo sí constituye "el Sistema", con mayúsculas, en razón de su amplitud y grandeza- es díficil aceptar la idea de que todo lo que sucede obedece a un plan racional. La lógica de los acontecimientos se aprecia a posteriori cuando se ha de narrar la historia a partir de los retales que aportan los llamados "hechos". Presentar la realidad económica como un sistema perfectamente ordenado no deja de ser una ficción intelectual. Si tuviera que buscar un símil que se ajustara a lo que quiero decir, probablemente sería el de hipervínculo. Cada cuestión que se aborda remite a otra y así sucesivamente. Por eso, el otro día, al hablar del mercado bursátil como mercado de competencia perfecta me faltó la explicación del propio concepto de 'competencia perfecta' que a su vez se relaciona con el de 'estructuras de mercado'.

Ambas cuestiones forman parte del programa de la asignatura de 1º de Bachillerato y serán explicadas en breve en clase, por eso, los alumnos que quieran jugar con ventaja, pueden leer esta entrada. Se permiten estas trampas. Vamos a ello. La economía, como toda ciencia que se precie, clasifica los fenómenos económicos en ciertas categorías. Pero la teoría económica no es capaz de mostrar todas las diferencias que se encuentran en los mercados. Para subsanar este déficit diseña unas características que le permiten recoger las diferencias y similitudes que existen entre las clases de mercado. Son las denominadas estructuras de mercado.

Estas características diferenciadoras son cuatro: el grado de concentración del mercado, el grado de homogeneidad del producto, las barreras de entrada, y la transparencia, o, lo que es lo mismo, la existencia o no de información perfecta.

El grado de concentración alude al número de oferentes y demandantes que hay en el mercado. Cuanto mayor sea el número de oferentes, menos concentración habrá en el mercado. A los compradores les interesa que el grado de concentración sea mínimo, porque el poder de mercado se diluye al repartirse entre muchos oferentes. Pondré un ejemplo: si únicamente una empresa suministra un determinado producto, tendrá la potestad, bien es cierto que limitada por la función de demanda, de fijar el precio que considere oportuno. Ese precio será indudablemente más elevado que si existiesen muchos oferentes en el mercado dispuestos a surtir a los demandantes de ese producto.

El grado de homogeneidad del producto se refiere a las diferencias de calidad o diseño. Cuando se afirma que un bien producido es perfectamente homogéneo se esta queriendo decir que dicho bien es sustituto perfecto de los que ofrecen las demás. Ahora bien, es difícil encontrar en los mercados reales bienes perfectamente homogéneos. De hecho, las diferencias de calidades o diseño impiden que nos sea indiferente elegir entre dos bienes. Piense el lector en dos marcas de coche: una de alta gama y otra de baja gama. Es evidente que ambas satisfacen la misma necesidad, pero también lo es que, puestos a elegir, no hay color.

Las barreras de entrada son los elementos (legales, tecnológicos, de capital, patentes, etc.) que dificultan o impiden la entrada de nuevas empresas en un mercado. El primer análisis relevante de esta cuestión corresponde a Bain (1956), que definía las 'barreras de entrada' como aquello que permite a las empresas establecidas lograr beneficios extraordinarios elevando el precio por encima del nivel competitivo sin inducir a nuevas a empresas a entrar en el sector. Bain señalaba que hay cuatro factores que no permiten la eliminación de los beneficios, y que por lo tanto, perpetúan la imperfección del mercado: 1) la existencia economías de escala, 2) las ventajas absolutas de costes 3) las necesidades iniciales de capital y 4) la diferenciación del producto. Nuevamente, se hace necesaria otra entrada a modo de hipervínculo para explicar estas cuestiones. Por ahora, sirva su mención.

Por último, la existencia de información perfecta hace alusión a la posibilidad de que los agentes económicos se hagan con información acerca de las mejores oportunidades de compra y venta que ofrece el mercado sin que ello les reporte coste alguno.

Con todos estos elementos, puede elaborarse la definición de mercado de competencia perfecta que servirá para comprender mejor por qué los mercados bursátiles lo son. Un mercado de competencia perfecta es aquel en el que existe un número tan elevado de oferentes y demandantes que ninguno puede influir sobre los precios de los productos. Por eso, se dice que los oferentes son precio-aceptantes. Además, los productos son perfectamente homogéneos, no existen barreras de entrada y circulan flujos de información perfecta. Sólo responden a esta descripción mercados como los de determinados metales (oro, cobre), determinadas materias primas como el trigo o la madera y valores financieros o productos que son bien conocidos.

Otro compás más en la rapsodia que pretende ser Economía para principiantes. Espero que a mayor gloria de la melodía.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Y la vida continúa...

"El pasado se vuelve fastuoso y sin embargo es apenas una desilusión óptica. Porque el pobre, mezquino presente gana una sola y decisiva batalla: existe. Estoy donde estoy." (M. Benedetti, Primavera con una esquina rota)

Después de las incursiones cinéfilas de ayer, vuelvo a la carga económica. A lo largo de esta travesía se escuchan muchos cantos de sirena y muchas
Circes que embotan los sentidos y hacen incluso olvidar el camino a Ítaca. No es aconsejable alejarse demasiado del objetivo primigenio que dio lugar a este cuaderno de bitácora: explicar unas nociones de economía básicas a los alumnos de 1º y 2º de Bachillerato. Por eso, hoy voy a abordar una cuestión que ha comparecido y lo seguirá haciendo en las clases de 2º de Bachillerato. La financiación en la empresa y los mercados financieros.

Ayer me despaché a gusto con las actividades de "El Sistema", con mayúsculas pero no en razón de su grandeza, rango o dignidad. Hoy le toca el turno a otro sistema, éste con minúsculas y no precisamente por su tamaño. El tema en cuestión, las características de las bolsas españolas, que por otra parte ya inicié, va a traer cola: sobre todo porque es difícil dar cumplida cuenta de todos sus ángulos y recovecos sin aburrir a los valientes que todavía me leen. Y en una sola entrada.

El otro día olvidé mencionar un importante matiz. Los mercados bursátiles son casos particulares de un concepto general: los mercados financieros. Estos últimos desempeñan la importante función de proveer a los activos financieros de liquidez y de esta forma contribuir a su circulación. Siguiendo el criterio del plazo de vencimiento de los activos intercambiados se suele distinguir entre: mercados de dinero,
mercados monetarios (mercados al por mayor donde se negocian activos emitidos a corto plazo, esto es, menos de 18 meses) y mercados de capitales o de valores. La Bolsa pertenece a esta última categoría ya que los activos que se negocian en ella son de amortización a medio y a largo plazo, esto es, más de 18 meses.

No es el único mercado de capitales o de valores que existe en España. Hay que hacer mención también al mercado de Deuda Pública Anotada, el de renta fija privada (de la
AIAF) y el de futuros y operaciones financieras.

En España, la primera Bolsa reconocida oficialmente fue la de
Madrid en 1831. Tras la de Madrid, llegaron las de Bilbao (1891), Barcelona (1915) y Valencia (1981). No hay que confundir, no obstante, 'Bolsa' con 'Sistema Bursátil'. Con la Ley 24/1988 de 24 de julio como trasfondo, se entenderá mejor esta idea. El término 'sistema' hace referencia a un conjunto ordenado de elementos que se articulan en torno a la consecución de unos objetivos. (Inciso, definición que se ajusta como un guante a las actividades de la Camorra, -sigo con la lectura del libro y se nota-).

Los elementos que constituyen el sistema bursátil son, de acuerdo con la citada Ley son (léase en vertical empezando por la parte superior): el Gobierno, el Ministerio de Economía y Hacienda, la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CMNV), las Sociedades Rectoras de las Bolsas y las propias Bolsas.

Las Bolsas españolas están reguladas por la Comisión Nacional del Mercado de Valores que es una entidad de derecho público con personalidad jurídica propia. Entre sus funciones se cuentan la supervisión e inspección de los mercados de valores y de la actividad de cuantas personas físicas y jurídicas se relacionan en el tráfico, así como el ejercicio sobre ellas de la potestad sancionadora. Es decir, controlar, supervisar, inspeccionar y sancionar si se estima oportuno.

La Comisión Nacional del Mercado de Valores velará por la transparencia de los mercados de valores, la correcta formación de los precios en éstos y la protección de los inversores, promoviendo la difusión de cuanta información sea necesaria para asegurar la consecución de esos fines. Es decir, ha de controlar que no nadie haga trampas, esto es, que no maneje información privilegiada.

La Comisión Nacional del Mercado de Valores asesorará al Gobierno y al Ministerio de Economía y Hacienda y, en su caso, a los órganos equivalentes de la Comunidades Autónomas en las materias relacionadas con los mercados de valores, a petición de éstos o por iniciativa propia. Podrá también elevar a aquéllos propuestas sobre las medidas o disposiciones relacionadas con los mercados de valores que estime necesarias. Elaborará y dará publicidad a un informe anual en el que se refleje su actuación y la situación general de los mercados de valores. Esto es literalmente lo que afirma la ley.

Pero no he explicado qué papel juega el Ministerio de Economía en la
CNMV. La relación entre ambos elementos del sistema estriba en que los miembros del Consejo de Administración de la CNMV son nombrados por el Ministerio de Economía. De ahí que se pueda afirmar que, en rigor, la CNMV depende básicamente del gobierno.

Las
Sociedades Rectoras de las bolsas son sociedades anónimas. De hecho, existe una Sociedad Rectora para cada uno de los mercados bursátiles. Los accionistas son las Sociedades y Agencias de valores y de bolsa. Es importante el dato de que estos accionistas son los propietarios de la Bolsa correspondiente y son los únicos que pueden operar en ella. Entre sus funciones hay que mencionar las de organizar las sesiones de contratación, publicar los precios, organizar la liquidación de operaciones y admitir los títulos a cotización, en colaboración con la CMNV.

Sólo queda una pieza del puzzle. La Sociedad de Bolsas, que es una sociedad anónima constituida por las sociedades Rectoras de las bolsas. Su objetivo y función es la gestionar el Sistema de Interconexión Bursátil Español (SIBE) e informar favorablemente de las solicitudes de incorporación a éste.

El conjunto de los cuatro mercados bursátiles españoles constituye uno de los cauces principales de financiación de la economía. Queda por explicar cómo lo consigue. En otro momento, tal vez. El objetivo del día está cumplido: he recuperado el rumbo. No puedo prometer que no me vaya a volver a extraviar.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Yo confieso

E così conoscere non è più una traccia di impegno morale. Sapere, capire diviene una necessità.L'unica possibile per considerarsi ancora uomini degni di respirare.
(R. Saviano, Gomorra)


Yo confieso. Confieso que tuve tentaciones de cerrar la barraca virtual, -sobre todo hoy día 5-, durante este puente. Al fin y al cabo, mis alumnos no acuden a mis clases (ni a ninguna otra) y no hemos avanzado en la materia. Pero la realidad supera afortunadamente el restringido y familiar ámbito de las aulas. Yo estoy libre y el mundo económico no está de vacaciones. Hoy hemos leído que el BCE bajó ayer el precio del dinero 0,75 puntos. ¿Buenas noticias? El tiempo lo dirá, aunque a corto plazo más de uno ansiamos llevarnos una alegría.

Confieso que no pretendo destinar mis esfuerzos de hoy a glosar o a cantar las excelencias de Trichet. Mi discurso va por otros derroteros, no propiamente económicos, o, más bien, no sólo. Al fin y al cabo no estoy de servicio y me puedo permitir un pequeño excurso. Sin embargo, no son asuntos festivos los que comparecerán en esta entrada, ni mucho menos. El medio del que me voy a servir muestra cómo lo que oficialmente se asegura que existe, no agota el campo de lo real.

Confieso ser una consumidora cuasicompulsiva de cine. No soy ninguna experta, por otro lado, pero sí una habitual de las salas pamplonesas. Por eso, hablo con conocimiento de causa cuando afirmo que mi impresión más frecuente suele ser que la hora y media, dos o tres horas invertidas sirven únicamente como divertimento. No es poco. Ni mucho. En cualquier caso, no suficiente. Por eso, se agradece dar con un producto que pretenda ir más allá del mero entretenimiento y, lo que es más importante, lo consiga. Rara avis como la que paso a presentar.

Confieso que la película venía avalada por una de las opiniones que yo considero más autorizadas, en éste y en otros temas. Mi consejero la había visto hace unos meses en otro país, -por supuesto, en versión original, misión imposible en el nuestro- y habló de ella sin ponerle un solo pero. Me convenció. No me defraudaron ni la película ni la opinión. Hasta aquí mi historia personal y anecdótica, mi serendipia relativa, puesto que el estreno fue anunciado a bombo y platillo por los medios de comunicación. Ahora bien, las razones fueron extracinematográficas. Gomorra, que así se titula, está basado en el libro homónimo de Roberto Saviano. Un joven periodista y escritor que, cuando se decidió a publicar este trabajo, contaba con 28 años. 334 páginas que le han valido una condena a muerte por parte del grupo más sanguinario de toda Italia y que han llevado a personalidades como Umberto Eco a considerarlo un héroe nacional. De la talla del cobardemente asesinado juez Falcone, que también libró su peculiar batalla contra la mafia siciliana y cuya recompensa póstuma fue el que el aeropuerto de Palermo llevara su nombre.

No faltarán quienes mezquinamente adjudiquen a Savinio otras intenciones (quizá existentes y lícitas, por qué no), pero el sólo hecho de pisotear con su valor la institucional cobardía actual, merece toda mi admiración moral. En la facultad de suscitar el aplauso ético reside la verdadera condición heróica.

Confieso que no he leído el libro completo: me he hecho con una versión en italiano y me va a llevar un tiempo. Pero lo poco que he sido capaz de digerir, promete. Gomorra cuenta con datos contrastados y abundante documentación acerca de la verdadera trama social de la Camorra, la mafia napolitana, que es capaz de extender sus tentáculos en todo el tejido económico de esta ciudad. Quizás la cara menos conocida de "El Sistema", otro de sus nombres. La que todo el mundo conoce la sitúa entre las organizaciones más sanguinarias de cuantas hoy existen, incluyendo nuestras especies autóctonas. Me centraré en esa cara oculta, o, al menos, más escondida.

Confieso que intuyo que ésa es precisamente la tesis sobre la que se sustenta la arquitectura del libro. En la película, al menos, la idea está clara. El Sistema, como toda organización de estas características, se asemeja a un iceberg. Sólo se aprecia, sólo se palpa una pequeña parte del volumen de actividad generada en torno al monstruo. Sé que es una imagen poco original, pero tiene la inestimable ventaja de ser muy gráfica. Esa condición oculta provoca la subjetiva y tranquilizante sensación de que no existe. Vuelvo a mi famosa frase descontextualizada del obispo Berkeley "ser es ser percibido"; luego lo que no se percibe no existe, no es. Es cómodo pensar que así es. Pero la película muestra que la ausencia de conocimiento no implica la inexistencia. Por otro lado y aun a riesgo de caer en la falta de rigor más flagrante, hay presencias que no necesariamente comparecen a la vista, pero que se pueden inferir a partir de sus efectos. Yo lo comprobé en Palermo.

Confieso que a través de lo que muestra (y de lo que no muestra) el largometraje, el espectador deviene testigo privilegiado del imperio empresarial y delictivo de la Camorra. Desde la punta visible a la invisible. La película comienza y termina bajo el ciclo de vida de las mercancías de uso y consumo –videojuegos, relojes, ropas de marca–, que llegan al puerto de Nápoles –punto de entrada en Europa del comercio chino que burla eficazmente las Aduanas–, y que pasan a integrar una tupida red de talleres clandestinos. Estos talleres servirán como fuentes de financiación del sistema y los productos en ellos elaborados se comercializarán globalmente. Otra tesis: la globalización para bien o para mal beneficia y perjudica a todos.

Confieso que a la salida, no es posible la indiferencia o la cómoda excusa del desconocimiento: la Camorra –o el “Sistema”, como verdaderamente se la conoce–: se presenta como lo que verdaderamente es. Una organización que trasciende el mundo criminal, a veces incluso dibujado con un aura romántica, para inmiscuirse en el ámbito empresarial y que extiende sus tentáculos por todo el planeta. La empresa, explicaba a mis alumnos de 2º de Bachillerato (no, Elsa, no os olvido), tiene una importante función social en la medida en que crea riqueza y empleo y además produce bienes y servicios. El problema en este caso es dilucidar cuál es el origen de la riqueza creada. La película habla de costes: explotación, ilusiones infantiles, miedo y coacción. Costes que no se reducen al ámbito local, Napoles, sino que, se extienden por todo el planeta, y, por consiguiente, también por nuestro país. No dejen de pinchar aquí.

A veces ocurre. Hay películas, hay libros, hay personas que niegan la posibilidad de autoengaño o lo convierten en pura y simple complicidad. Escuecen. Lo confieso.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Los gritos del silencio (II).

"Trata a los demás como fines y no como medios". (Inmanuel Kant)

Ayer volvió a ocurrir. Asesinos adversus ciudadanos: no hay matices. Elección que remite ineludiblemente a la ética de la responsabilidad.
Descanse en paz, Ignacio.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

El hundimiento

"Ignoranti, quem portum petat, nullus suus ventus est" (Ningún viento es favorable para el que no sabe a qué puerto se dirige). L. A. Seneca

A veces ocurre. Hay películas, libros, viajes e imágenes que inesperadamente se cuelan en nuestras casi siempre anodinas vidas para instalarse definitivamente en ellas. Se hacen carne de nuestra carne y amplían nuestro mapa del mundo. La historia que ayer vi en el cine no se cuenta entre las que han dejado ese poso en mí. A pesar de que su argumento resultaba a priori interesante: un profesor de instituto idea una peculiar metodología para que sus alumnos comprendan el alcance real del tema que le ha tocado en suerte explicarles: la autocracia. En castellano, -la película era alemana-, se utiliza más su sinónimo: la tiranía. Como digo, la acción me atraía porque pone sobre el tapete un tema que muchas veces se pasa por alto: la responsabilidad del educador frente al educando. La deontología docente, cuestión, que, muchas veces, no se ha abordado con la profundidad que sin duda merece.

La ola, que así se titula la película en cuestión (no confundir con Rompiendo las Olas de Lars von Trier), se atreve a hacer frente al reto. El problema es que lo hace de una forma ciertamente superficial, grosera incluso, sin profundizar y sin explicar que el principal instrumento al servicio de la manipulación, pero también de la educación, -no son sinónimas- es el uso de la retórica. Y su fin último es la persuasión. En mi opinión, la retórica es la condición de posibilidad de la educación. Pero ése es otro tema.

La ola no hila tan fino (y no es mucho afinar, la verdad). El profesor se sirve de otros medios. Los uniformes, las normas, la disciplina que los alumnos deberán acatar en las clases calarán de tal forma en ellos que acabarán confundiendo la realidad con la ficción. Pero el uso del uniforme, o la sumisión a unas normas, sin que medie explicación alguna para su obediencia, no dan razón del sentimiento de pertenencia al grupo: ese es el fallo de la película. Es justamente al revés, uno está dispuesto a calarse una vestimenta indiferencia cuando siente que pertenece al grupo. Lo que convierte a un conjunto de personas en miembros de un colectivo es la asunción de unos valores comunes, de unos objetivos comunes, de unas normas comunes. La persuasión juega aquí un papel fundamental. El profesor de la película no hace uso de este instrumento, razón por la que considero inverosímil el planteamiento de la película. Por el contrario, esa arma aparece maravillosamente cuidada en El club de los poetas muertos del infinitamente más sutil (si se me permite la hipérbole) Peter Weir. El profesor Keating es plenamente consciente de cuáles son sus objetivos como educador y de hecho, utiliza todos los medios a su disposición para alcanzarlos. Por eso, es capaz incluso de asumir los efectos no deseados o colaterales, -en términos económicos, las externalidades-, de su acción. Se responsabiliza de los efectos de sus actos, aunque estuviera fuera de su voluntad provocarlos. Al profesor alemán el asunto se le va de las manos porque su praxis no obedece a ninguna intencionalidad más allá de la de salvar la engorrosa papeleta que le habían encomendado con el curso sobre la autocracia.



El lector se estará ya planteando qué tiene que ver lo anterior con la economía. Probablemente nada y todo. Porque saber es saber relacionar. Ayer me dejé llevar por un optimismo injustificable. Perdí el norte, la brújula, la intencionalidad que ha de guiar siempre a todo el que se mete farolero. Aunque a veces perderse sea también una necesidad. La realidad me ha puesto en mi sitio. Los comienzos absolutos, la tabula rasa, se presenta como vano intento: el pasado pesa y los errores que nunca se enmendarán más. Fui frívola porque hoy los titulares de los periódicos nos han vapuleado con la cifra de desempleados. 2.989.269. Un número con millones de rostros humanos detrás.

Por eso, me resulta especialmente duro hablar de los tipos de desempleo, tema que he explicado a mis alumnos de 1º de Bachillerato. Imagino que un médico sentirá algo parecido, salvando las distancias obvias, cuando tenga que tratar a un paciente sin implicarse emocionalmente. Lo que sigue son las categorías en las que se clasifica el desempleo con el fin de atajar cada problema de forma específica.

Se suele hablar de desempleo friccional para referirse al asociado al perido de tiempo que transcurre desde que una persona abandona su empleo actual hasta que encuentra otro. También incluye a los que buscan su primer empleo. Por ejemplo, un trabajador que cansado de las malas condiciones horarias de su empresa, se despide, y se dedica a buscar otro trabajo mejor. Es, sin duda, el menos grave.

El desempleo estacional, como su propio nombre indica, es el que se produce al finalizar trabajos que se llevan a cabo en determinadas épocas del año. Es el caso de un trabajador de un hotel en Benidorm cuando termina la temporada estival.

El desempleo estructural pasa por ser la verdadera bestia negra para los economistas. Aparece como consecuencia de los desajustes entre la oferta y la demanda de empleo. Es decir, el tipo de trabajador que las empresas demandan no está en consonancia con la formación o capacitación profesional de los que ofrecen su fuerza de trabajo. Es frecuente que los empleos de nueva creación requieran unas habilidades peculiares de difícil adquisición por el trabajador. El problema se agrava al acentuarse la velocidad en la innovación tecnológica. La consecuencia es que se amplía la brecha entre las habilidades requeridas y ofrecidas por lo que el desempleo estructural aumenta.

El desempleo cíclico aparece cuando la demanda de trabajo por parte de las empresas es inferior a la oferta. Suele asociarse a épocas de crisis económicas como la actual.

Hasta aquí la teoría. Sólo me queda pedir disculpas por la ligereza de mis apreciaciones de anteayer. Prometo no ser tan inconsciente.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Hoy comienza todo (I)

"La vitalidad se revela no solamente en la capacidad de persistir, sino en la de volver a empezar" (F. S. Fitzgerald)

Inauguramos diciembre. Un mes felizmente atravesado por el puente foral y que desemboca en las vacaciones navideñas, -me reconozco afortunada-, oasis festivo que lo hacen especialmente atractivo. Pese a la crisis, algunos indicadores económicos han mejorado y, con la que está cayendo, no es poco. Leo que el barril de brent ha bajado y que previsiblemente seguirá en esa línea bajista alegrando nuestros bolsillos. También el euríbor se sitúa en niveles inferiores a los del año pasado por estas fechas. Aunque los demás datos no sean como para tirar cohetes. Por eso, voy a desempolvar el disfraz de optimista y lo voy a lucir con garbo. A pesar de que me cuente entre las que citan, no sé si apócrifamente, a Mingote, y su frase de que un pesimista es un optimista bien informado.

Para dar fe de mi óptimo estado anímico, voy a atreverme nada más y nada menos que con el estudio de uno de los temas que, por su dificultad evidente, he evitado en estos dos meses. Forma parte de esas empresas que sólo hay que comenzar con el zurrón bien cargado de provisiones o con el atrevimiento que otorga la ignorancia. Asumo el reto. Hoy quiero dedicar la entrada a introducir mínimamente a mis lectores al funcionamiento de los mercados bursátiles. Muchos de mis alumnos, presentes y pasados, se han matriculado en mi asignatura con la esperanza, no siempre satisfecha, tempus fugit, de entender cómo funciona la bolsa. Sirvan estas líneas para abrir boca e alimentar la curiosidad o el asombro por lo aún ignoto, que, como los griegos afirmaban, constituye el comienzo de la filosofía, del amor por el saber.

Somos enanos a hombros de gigantes, cité en otra entrada. El gigante en cuyos hombros me voy a aupar es C. Romero y su libro Una introducción al funcionamiento de los mercados bursátiles. Con su ayuda, comenzaré definiendo qué es la bolsa. Se entiende por tal el mercado en el que se trafican los valores mobiliarios, comprendiendo bajo este concepto tanto las acciones o títulos de renta variable como las obligaciones y títulos de renta fija. Existen también bolsas de mercancías, más conocidas por su nombre inglés, commodities (pínchese si se desea conseguir un completo glosario de términos bursátiles), pero no quiero incluir perturbaciones innecesarias.

El funcionamiento de las bolsas es semejante al mecanismo de cualquier mercado competitivo, esto es, aquella estructura de mercado (valga la redundancia) caracterizada por un elevado número de oferentes y demandantes, homogeneidad de los productos, inexistencia de barreras de entrada y transparencia. Soy consciente de que estoy adelantando acontecimientos, puesto que todavía no he explicado las estructuras de mercado a mis alumnos de 1º de Bachillerato, pero todo llegará.

Pese a la aparente simplicidad de mi descripción de los mercados bursátiles, los valores mobiliarios poseen unas características tan peculiares, que hacen que el funcionamiento de estos mercados sea concebido como algo cuasiesotérico.

Aun a riesgo de que se me tilde de excesivamente racional, la experiencia me ha demostrado que las raíces del esoterismo se nutren, hasta el empacho, de la ignorancia. Por eso, se hace necesaria la elucidación de algunos términos básicos. El más elemental es el valor nominal de una acción. Aunque quizás haya que retrotraerse al propio concepto de acción. Sea, entonces. Una acción es cada una de las partes proporcionales en las que se divide el capital social de una sociedad anónima. A través de un ejemplo, se entenderá mejor la idea de valor nominal. Si se decide fundar una sociedad anónima con un capital social de 1.000.000 de € y se emiten 10.000 acciones el cociente, esto es 100 €, se conoce como valor nominal de la acción.

El valor nominal de la acción puede expresarse en euros o como un porcentaje. En ese caso, el nominal de los títulos de cualquier empresa es un 100 por 100 o, como se señala en el argot bursátil, 100 enteros. Lo que significa que 1 entero equivale a 1 por 100 del valor nominal de las acciones. Mucha gente se forma la idea errónea de que un entero equivale a un euro. Para que eso fuera verdadero, todas las acciones de cualquier empresa tendrían que tener un valor nominal de 100 euros, extremo éste que, como se comprenderá, no es cierto en todos los casos.

Ahora bien, el valor nominal de una acción no suele coincidir con su valor bursátil. El valor que el mercado bursátil asigna a las acciones de las diferentes empresas se llama cotización o precios y suele venir expresado en enteros. Cuando un título cotiza por encima de su valor nominal se dice que está sobre la par y cuando lo hace por debajo, bajo la par. La lectura de cualquier periódico económico permitirá comprobar que la mayor parte de las acciones se encuentran en ambas situaciones.

Conviene hacer un alto en el camino. Aunque la tentación de continuar con la explicación del mecanismo de formación de la cotización de acciones es poderosa, la dejaré para otro día. Tengo un mes por delante para hacerlo. Una nueva vida que empieza hoy.