El lenguaje común además de vulgar, manido y tópico, o precisamente por eso, resulta ser sabio. 'Estar de bajón' o 'tener un subidón' son las dos caras de la misma moneda. Igualmente peligrosas porque como señalaba Aristóteles, o, más bien, sus traductores, "in medio virtus": esto es, la virtud es el justo medio entre dos extremos. No es, sin embargo, un elogio y canto a la mediocritas, por muy aurea que resulte. Ni mucho menos. Se trata, una vez más, de alcanzar el equilibrio, la mesura, el orden. La ansiada calma. Apolo adversus Dionisos.
La economía no escapa a esta dionisiaca oscilación. Al bajón y al subidón. De precios, quiero decir. Por eso, las dos bestias pardas contra las que han de luchar denodadamente las autoridades económicas son la inflación y, la más peligrosa, pese a las apariencias, deflación.
Me gusta rastrear los orígenes de las palabras, el proceso mediante el cual los significados van cristalizando poco a poco a lo largo de los siglos. Las pistas que informan de la evolución o involución de las distintas formas de comprender el mundo. La etimología de la palabra 'inflación', -nunca inflacción- remite a una acepción que hoy ha perdurado de una forma figurada o metafórica. De hecho, se introdujo en el siglo XV como cultismo para sustituir a "hinchazón". Inciso: a los interesados en cuestiones filosófico-lingüísticas aconsejo la lectura del libro Metáforas de la vida cotidiana de G. Lakoff y M. Johnson.
¿Inflación como hinchazón de los precios? Tal vez. Pero es necesario hacer algunas precisiones previas. La inflación no es la subida del precio de un bien aislado. De ahí, que haya que aludir a lo que en economía se llama 'nivel general de precios' que es una medida global de los precios de los diversos bienes y servicios en un momento determinado. Sólo cabe hablar de inflación cuando sube el nivel general de precios. Con esta precisión se puede definir la 'inflación' como un aumento general y sostenido de los precios en la economía de un país.
Es, por tanto, un aumento general: si sube únicamente el precio de las salas de cine o de las palomitas con los que algunos acompañan el deleite, no cabe hablar de inflación. Además, el incremento ha de ser sostenido: se ha de producir durante un periodo de tiempo continuado. Que suban los precios de las terrazas en San Fermín no se considera inflación; es un incremento ¿estacional? (Ojalá).
La inflación provoca una serie de efectos perversos que son los que justifican que las autoridades económicas se empeñen en su control. Entre otros pueden citarse los siguientes: perjudica a quienes no aumentan sus rentas al mismo ritmo que lo hacen los precios. Son especialmente vulnerables los asalariados y pensionistas, que comprueban cómo el nivel general de precios sube pero sus ingresos son los mismos. Por otro lado, la inflación supone una pérdida del valor relativo del dinero: así, penaliza a los individuos ahorradores, a las hormiguitas que comprueban cómo las cigarras manirrotas no se encuentran en peor situación que ellas mismas, en la medida en que todo el dinero acumulado les impide adquirir los mismos bienes y servicios que estaban en disposión de tener cuando comenzaron su actividad previsora. Por eso, las épocas de inflación son el caldo de cultivo idóneo para la formación de burbujas inmobiliarias: los potenciales ahorradores perciben que pueden obtener más beneficios invirtiendo en bienes duraderos que depositando son fondos en una entidad de crédito.
La inflación también provoca la merma de la competitividad exterior de los bienes y servicios del propio país; el incremento de precios causa la disminución de las exportaciones y, a la postre, un incremento de las importaciones.
Pero los fenómenos inflacionistas constituyen una gran familia. La hermana mayor, la hiperinflación, se conoce como la situación en la que la tasa de inflación aumenta en torno al 50% mensual o más. Esto es, los bienes que hace un mes costaban 100 euros, hoy se pagan a 150 euros. A lo largo de la historia se han producido muchos casos de hiperinflación. Los manuales de historia económica suelen presentar dos casos que se han tornado paradigmáticos. Alemania, tras perder la Primera Guerra Mundial, hubo de hacer frente en virtud del Tratado de Versalles al pago de ingentes cantidados a los aliados. La recaudación fiscal no era suficiente para hacer frente a los pagos, así que se buscó una solución rápida. Darle a la manivela e imprimir dinero extra para efectuar los pagos. Sencillo, ¿no? Tal vez, pero el resultado fue que la inflación se disparó a niveles insospechados: entre enero de 1922 y diciembre de 1923 la tasa de inflación acumulada alcanzaba el billón por ciento. Inimaginable. Como puede suponerse los ciudadanos hubieron de adaptarse a la situación: el dinero perdió su función como medio de cambio y se empezó a usar otros bienes que cumplieran con este cometido, debido a que el valor no se devaluaba tanto, v.g., los cigarrillos.
Aunque, sin duda, la mayor inflación registrada en un país se vivió Hungría tras la Segunda Guerra Mundial. Los precios en un año se multiplicaron por 10^27. Imagínese, estimado internauta, que lo que en su "Todo a un euro" favorito hoy cuesta 1 euro, el año que viene costase 1000000000000000000000000000 euros. Cuando cambiaron la moneda el tipo de cambio fue 1 florín = 400.000 cuatrillones de pengo. Es indispensable contar con una imaginación prodigiosa para entender cómo se las apañaron.
Otro de los miembros de la familia inflacionista es la estanflación, castellanización como apunta Pampillón, de la voz inglesa 'stagflation'. Combina los términos 'recesión' (o estancamiento) e 'inflación'; es la situación económica que indica la simultaneidad del alza de precios, el aumento del desempleo y el estancamiento económico, entrando en una crisis o incluso recesión. ¿Les suena?
Y por último, la hermana menor, la deflación. Es la caída general y sostenida de los precios de la economía de un país. Aunque a simple vista podría parecer que se trata de una buena noticia, lo cierto es que la deflación es incluso más peligrosa que la propia inflación. Y lo es porque cuando se espera que los precios bajen, se contrae la demanda a la espera de que los precios bajen aún más. La deflación contribuye a agudizar la crisis, pues ocasiona una caída fuerte del consumo (actualmente en economías OCDE el consumo equivale al 70% del PIB) principalmente de bienes de consumo duraderos (aquellos bienes con plazo de vida superior a 3 años y que implican una importante decisión para el comprador, por ejemplo automóviles). Por otro lado, de la misma forma que la inflación en términos monetarios causa que las deudas vayan perdiendo valor con el paso del tiempo (si debo 100, dentro de un año con una inflación del 5% tendría una deuda de 95) en cambio la deflación conseguiría el efecto contrario (si debo 100 con una deflación del 2% tendría una deuda de 102). Japón la sufrió en los años 90. El hipercitado economista Nouriel Roubini afirma que "existe un riesgo de deflación global". De nuevo, el tiempo lo dirá.
El imposible equilibrio. La ansiada calma. La inflación del 2%. ¿El sueño de una tarde de invierno? Time is over.