"El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona" (F. Hölderlin, un grande, sin duda)
Mientras escribo esta entrada suena la emocionante Sonata K466 de Scarlatti; una banda sonora que ayuda a situar a cada uno en su sitio: la belleza que nunca seré capaz de crear me recuerda mi condición mendicante. De nuevo, Hölderlin. Sólo queda disfrutar las migajas de los otros. Sin embargo, esta melodía, y otras muchas, devuelven al más escéptico la fe en el ser humano y encarnan lo que es capaz de lograr. De alguna manera, logran borrar algunas de las líneas de la historia universal de la infamia. El vacío concepto de desarrollo se llena y adquiere sentido en una sonata. Lo que se puede llegar a crear, la condición divina.
Verdaderamente, hay términos, sintagmas, consignas o lemas que por diversos azares y necesidades prenden en el público de tal manera que logran ocultar incluso el impulso original que los alumbró, pasando a integrar el Olimpo de las ideas comodín. El coste de oportunidad es su opacidad. Al final acaban sirviendo para todo y para todos. Además de la jeringa del hospital de nuestros abuelos no conozco ninguna otra realidad que comparta ese carácter multifuncional.
El concepto de 'desarrollo' suscita sin duda la aprobación universal. Quien se niega al desarrollo es un involucionista, un retrógrado o un conservador de la peor especie. Ocurre algo semejante con la idea de progreso, elaborada en las cocinas de la Ilustración. El problema estriba en conocer con exactitud qué es lo que se quiere decir cuando se utilizan ambos términos.
Partiré de la consulta de la voz 'desarrollo' en el diccionario de la RAE. Además de otras dos acepciones que no vienen al caso, la Real Academia atribuye un significado económico al término de tal forma que desarrollo es "la evolución progresiva de una economía hacia mejores niveles de vida". Pero esta búsqueda todavía complica más el status quaestionis en la medida en que requiere una ulterior explicitación del propio concepto de 'nivel de vida'. ¿Qué es el nivel de vida? ¿La capacidad de consumo determinada por la renta? Entonces, vida y consumo ¿son sinónimos? Obviamente, la pregunta tiene trampa en la medida en que sé que la respuesta va a ser negativa.
Por otro lado, la definición de la RAE plantea otra dificultad que no considero menor. ¿Cómo se miden esos "mejores niveles de vida"? Los instrumentos que sirven para establecer esas mediciones reciben el nombre de indicadores. Tradicionalmente se han venido utilizando indicadores como el PIB (del que hablaré conforme avance el curso), el PNB o la Renta Nacional. Pero esos indicadores plantean el problema desde una óptica exclusivamente economicista o exclusivamente cuantitativa. Por eso, proponen la utilización de otros indicadores como el IDH, índice de desarrollo humano, que incluye en su medición la esperanza de vida, el índice de alfabetización y el poder adquisitivo de la renta media. El IDH fue propuesto como índice alternativo en el programa de desarrollo de las Naciones Unidas.
Hay un libro en el mercado titulado Introducción a la economía, en el que a través de una larga entrevista a J.K. Galbraith (viejo conocido de los alumnos de 2º de Bachillerato), N. Salinger trae a colación cuestiones como la validez de los instrumentos tradicionales de medida macroeconómicos para dar cuenta de conceptos como el nivel de vida. La tesis de Galbraith es de una sencillez y un sentido común aplastantes: hay muchas cosas no cuantificables que proporcionan una satisfacción mucho mayor que lo que puede ser medido.
Por lo tanto, el nudo gordiano presenta dos cabos: el primero tiene que ver con lo que puede o no puede ser medido, es decir, la validez de los instrumentos de medida y el segundo guarda relación con la precisión de los instrumentos de medida para dar cuenta de aquello que se supone están midiendo, esto es, su fiabilidad en tanto que instrumentos.
Difícil y no cerrada cuestión. Sobre todo porque el desarrollo económico se suele asimilar con el crecimiento económico y ahí ineludiblemente hay que estar dispuesto a introducirse en terreno pantanoso. Baste hoy apuntar que el crecimiento económico está inserto en el propio código genético de la economía. Los primeros economistas no ahorraron esfuerzos a la hora de procurar con sus teorías un incremento de la riqueza. Como señala J. R. Cuadrado Roura, "la revolución burguesa que daría paso al nacimiento del sistema capitalista fue conformando una nueva ideología, sustentada en la bondad del comportamiento egoísta individual como motor de un sistema económico que precisa crecer de manera constante, para así aumentar el bienestar material de la colectividad". La mayoría de los economistas estarían de acuerdo en aceptar que el crecimiento económico consiste en la expansión del PIB potencial de una zona geográfica determinada (región, país o conjunto de países). Dicho de otra forma, crecer es aumentar la frontera de posibilidades de producción (FPP) de un país.
Este concepto está no sé si en las antípodas, pero sí muy alejado de lo que hoy se concibe como desarrollismo. También, cuando se distingue entre países subdesarrollados o en vías de desarrollo, el significado manejado es diferente. Desarrollo humano, desarrollo rural, desarrollo sostenible comparten sin duda un aire de familia. Pero incluso entre hermanos las relaciones pueden ser conflictivas. O tal vez he pasado por alto los adjetivos que los convierten en sintagma. La importancia de tener un buen apellido.
"Un primer curso de economía no permite dominar todos sus intrincados y esotéricos temas, pero puedo decirle basándome en la experiencia de estudiantes de todo el mundo que el mejor curso de economía es el de introducción. Una vez que haya entrado este nuevo y extraño jardín de ideas, el mundo nunca será igual. Y cuando dentro de unos años recuerde la experiencia, incluso lo que no entendía mucho entonces habrá madurado claramente." Paul Samuelson
lunes, 17 de noviembre de 2008
domingo, 16 de noviembre de 2008
Atando cabos
"Si escuchas a ambas partes, se hará en ti la luz; si escuchas a una sola, permanecerás en las tinieblas" (Proverbio chino)
Corren tiempos en los que está mal considerado pronunciarse acerca de cualquier cosa. La suspensión de todo juicio, y no precisamente como precaución metódica, ha devenido el salvoconducto que abre las fronteras del país de lo políticamente correcto. Pero nos balanceamos en nuestras contradicciones. Propongo una sencilla prueba. Introduzca en su buscador favorito el siguiente sintagma: "las diez mejores" y juzgue (si su credo se lo permite) por sí mismo. Es imposible sustraerse a la valoración.
Arrimaré el ascua a mi sardina. Sé que nadie me lo ha pedido, pero si tuviera que establecer un concepto fundamental para entender las relaciones económicas, aun en su versión más simple, me decantaría por el de 'reciprocidad'. Una de las razones para justificar mi preferencia residiría en el hecho de que permite constatar hasta qué punto, más allá de la complejidad con la que se pinta todo lo económico, la economía está inserta en la propia condición humana. Habrá quien discuta que exista algo así como la 'condición humana', pero, aunque seductor, no es ése el debate de hoy. No quiero dejarme transportar por cantos de sirenas a terrenos ciertamente movedizos.
Por otro lado, mi idea no deja de ser una obviedad. Si todas las relaciones humanas se basan en la reciprocidad y todas las relaciones económicas son relaciones humanas, entonces todas las relaciones económicas se basan en la reciprocidad. Silogismo habemus. De la primera figura. Barbara, en concreto. La cuestión, as always, reside en la aceptación de las premisas, pero esa sin duda no es una cuestión de lógica.
Vuelvo a la reciprocidad. El otro día hablaba de la demanda. No cabe entender, sin embargo la demanda sin su recíproca, la oferta. La condición de posibilidad de la demanda es que exista una oferta que la satisfaga. De hecho, se asegura que los esfuerzos de marketing se encaminan a, de alguna forma, estimular la demanda. Correcto, pero no hay que perder de vista la idea de que quienes realizan estos esfuerzos son los oferentes.
Quienes pacientemente leen este cuaderno de bitácora tendrán claro que una de mis manías es el gusto por la definición. Por eso, comenzaré señalando qué es la oferta individual. Se suele utilizar una explicación semejante a ésta: la cantidad ofertada de un bien X es la cantidad que de dicho bien que se estaría dispuesto a vender si concurrieran determinadas condiciones.
Al igual que la demanda de un bien, la oferta de un bien depende de un conjunto de variables. La primera de ellas es el precio. Si el precio de un bien aumenta, también lo hará la cantidad ofrecida. La razón es que aumentan las expectativas de obtener beneficios y por eso, entrarán en el mercado nuevas empresas "al olor del beneficio", lo que supone más cantidad de producto para la venta. A mayor precio, mayor oferta. Es lo que se conoce como "ley de la oferta".
No acaban aquí las influencias. De la misma forma que ocurría con la demanda, sucede que el precio de los demás bienes también influye en la oferta de la empresa. Sin no se pierde de vista que las empresas acuden allá donde intuyen que pueden maximizar sus beneficios, se entenderá que un aumento de los precios de los otros bienes, causa que su elaboración o prestación resulte más atractiva para la empresa. Evidentemente esta producción de otros bienes, hará que disminuya la oferta del bien objeto de estudio. Un ejemplo tal vez ayude a entender lo que quiero decir. Supongamos que la peluquera de la entrada anterior además de peinar, se dedica a labores de limpieza de cutis. Si el precio de las limpiezas de cutis experimenta una subida del 20% permaneciendo constante el caché de los cortes de pelo y (del peinado y marcado), está claro que decidirá centrar sus esfuerzos en limpiar los cutis ajenos, primándolos sobre los tradicionales peinado y marcado.
Esto no es todo. Los avances tecnológicos, a los que he dedicado alguna entrada en este foro, permiten conseguir una mayor cantidad de producto con un coste menor. En ocasiones incluso con mayor calidad. Vuelvo a la misma lógica: en la medida en que dismuyen los costes, aumentan los beneficios, con lo que las empresan tenderán a producir los bienes que les permitan un mayor ahorro en costes. El desarrollo tecnológico, a la postre, incrementa la oferta. El ejemplo que se suele utilizar para explicar esta cuestión es el de los equipos informáticos. Recuerdo que mi primer ordenador (llamado Murdock) me costó 300.000 pesetas. Desconozco qué número de ordenadores se pusieron a la venta aquel año, pero intuyo que no demasiadas. El último, desde el que escribo, me costó 400 euros. En el comercio en el que lo adquirí había cientos de unidades en stock. Es obvio que la oferta ha aumentado, porque producir un ordenador es más barato.
Otra variable influyente es el precio de los factores de producción. La cantidad ofrecida de un bien depende del precio de los factores (tierra, trabajo y capital) utilizados en su producción. Si aumenta el precio de un factor de producción necesario para la fabricación de un bien que necesite gran cantidad de ese factor, las empresas centrarán sus esfuerzos en otro tipo de bienes que necesiten para su elaboración menor cantidad del factor cuyo precio se ha incrementado.
Y finalmente, los objetivos y las expectativas de las empresas influyen también en la oferta. Los objetivos empresariales son de distinta naturaleza y por eso tienen diferente influencia en la empresa. Vuelvo al manido objetivo de la maximización del beneficio: su consecución puede provocar un aumento o una disminución de la oferta, dependiendo del coste y el ingreso marginal de cada producto elaborado. Ahora bien, existen otros objetivos. Tanto es así que, en ocasiones, las empresas pueden renunciar a este objetivo por vender más un producto con el fin de acaparar más cuota de mercado. Pensemos en dos productos A y B. Aunque el A pueda proporcionar temporalmente un mayor beneficio, una empresa puede incrementar la producción de B para mejorar su posición de mercado. .
Sólo queda pensar en las expectativas empresariales. Si el futuro se ve con optimismo es muy probable que los empresarios produzcan y oferten más y a la inversa. A las pruebas me remito: en las crisis se multiplican los expedientes de regulación de empleo que son la dolorosa traducción del descenso de la producción. De todas formas, creo que las expectativas se han ganado por mérito propio una entrada con protagonismo en exclusividad en este cuaderno de bitácora. Se me acumula el trabajo.
sábado, 15 de noviembre de 2008
Retorno a Bretton Woods
"Hermógenes, hijo de Hipónico, dice un antiguo proverbio que es difícil saber cómo es lo bello. Y, desde luego, el conocimiento de los nombres no resulta insignificante" Platón, Cratilo.
Oscar Wilde dedicó una de sus obras a resaltar la importancia de un nombre. Ciertos toponímicos convierten a sus referentes en especialmente aptos para albergar la Historia. Poseen la cualidad de trascender la propia localización. Incluso aunque su existencia sea puramente literaria. O, tal vez, por eso. Sin entrar en el debate suscitado en el Cratilo de Platón acerca de si los nombres permiten conocer la verdadera esencia de la realidad, hay que reconocer que ciertas fonéticas predisponen.
Desde Arcadia hasta Brideshead, hermoso y decadente lugar en el que es imposible no imaginar a un joven y seductor Jeremy Irons y a un espléndido y en la pantalla agonizante Lawrence Olivier. No he visto la nueva versión cinematográfica de la obra, porque soy de las que prefieren no contaminar ciertas imágenes. Del argumento no puedo aportar nada que no resulte excesivamente tópico: Evelyn Waugh, su autor, retrató en su novela la historia de un joven que irrumpe en el seno de una familia de la aristocracia inglesa de principios del siglo XX. Pese a que esta descripción pueda hacer pensar que el libro es una simple pintura costumbrista, lo cierto es el que el libro intentar ir más allá del mero retrato de una clase social o incluso de una época. Lo que se suele pasar por alto es su sorprendente desenlace, que encuentra sus claves interpretativas en la condición de escritor católico de Waugh.
No quiero perder el hilo de un discurso que comenzó hablando de nombres. Siempre he sentido especial querencia por los lugares de nombre compuesto. Falcon Crest (retrato de grupo con malvada señora de forndo), Mulholland Drive, Batton Rouge y cómo no, Bretton Woods constituyen un buen ejemplo de espacios que se han ganado, por derecho y fonética propios, un lugar en mi peculiar mapa del mundo.
Estas semanas ha vuelto a escucharse con fuerza el nombre de Bretton Woods, a la sazón complejo hotelero situado en New Hampshire (EEUU), donde tuvo lugar la famosa conferencia cuyos productos más refinados o más groseros (táchese lo que no proceda) han sido el vilipendiado Sistema Monetario Internacional y el Banco Mundial.
De estos polvos nacieron estos barros. A grandes males grandes remedios. No se trata de hacer un repaso exhaustivo del refranero. Simplemente quiero constatar que ante las grandes crisis no queda más remedio que agachar la cabeza e intentar buscar soluciones cooperativas. Los periódicos llenan sus páginas con la cumbre de Washington. Al margen de las polémicas eminentemente locales, la grandeur ha permitido que nuestro presidente esté presente en el cónclave del G-20, la importancia del encuentro reside en el esfuerzo común por poner freno a un capitalismo especulativo y crear mecanismos de regulación financiera con el fin de contribuir a la estabilidad macroeconómica y a ayudar a los países pobres a conseguir un verdadero desarrollo. He ahí, precisamente la cuestión. En cualquier caso, no es mi intención centrarme en esta cumbre. Entre otras razones porque considero que es mejor y más útil analizar su desarrollo y conclusiones a toro pasado y no hacer economía ficción. Hoy los tiros se dirigen a Bretton Woods.
Es fundamental entender las coordenadas espacio temporales que posibilitaron la celebración de la conferencia de Bretton Woods. En primer lugar, hay que afirmar que fue auspiciada por el gobierno de los EEUU que deseaba un mundo económico postbélico caracterizado por mercados abiertos, estabilidad de los tipos de cambio, facilidad para los movimientos de capital , cooperación internacional para lograr altos niveles de empleo, etc. Las tesis liberalizadoras de este país triunfaron frente a las propuestas de Keynes, que sugerían la creación de un banco mundial que canalizase los excedentes de los países ricos hacia los más pobres, estimulando de esa manera la demanda. En Bretton Woods la apuesta fue clara: una visión liberal de la economía internacional, una política de tipos de cambio fijos y soslayaba las dificultades para compatibilizar algunos de esos objetivos.
En 1944, Estados Unidos era el único país industrializado que estaba resultando indemne en la Segunda Guerra Mundial. Europa y Japón terminaron la contienda con el triste balance de millones de pérdidas humanas y economías desmanteladas. Por su parte, Asia estaba intentando ganar la batalla al colonialismo, mientras que África todavía pasaba por ser el paraíso colonial. Ni que decir tiene, que, además de los objetivos de los EEUU, la reconstrucción y el desarrollo de los 44 países que acudieron a Bretton Woods fue un objetivo fundamental Los acuerdos que se firmaron dieron de facto la vida al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial .
El Fondo Monetario Internacional fue creado para amortiguar el impacto de las crisis económicas a través de las concesiones de crédito a los países en apuros a cambio de medidas estructurales de corte liberalizador, los llamados planes de estabilización. Descansaría sobre un sistema de cambios fijos basado en última instancia en la estabilidad del dolar. Recibió el nombre de 'fondo' porque todos los países debían contribuir con una suerte de cuotas que tenían como fin evitar las fluctuaciones monetarias. Si un país sufría un problema estructural, en lugar de, pongamos por caso, devaluar su moneda acudía al fondo y recibía un crédito que evitaba dicha devaluación. El sistema presuponía la existencia de una suerte de armonía de intereses entre todos los países, así como la posibilidad de maximizar la renta mundial mediante la liberalización de los flujos de comercio y pagos y la rápida convertibilidad de las monedas, al margen de las políticas seguidas por los países.
También en Bretton Woods vio la luz el BIRF (Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento) que fue la primera institución que conformó el llamado Banco Mundial. Porque lo que mucha gente desconoce es que el Banco Mundial está constituido por cinco instituciones. Como su propio nombre indica, la Reconstrucción iba dirigida a los países asolados durante la Segunda Guerra Mundial, no a los países que hoy llamamos subdesarrollados . El precipitado más conocido de esos esfuerzos desarrollistas fue el famoso Plan Marshall que, como Berlanga magistralmente mostró, -fantástico Pepe Isbert-, nunca llegó a España. Pese al "Americanos, os recibimos con alegría".
Hoy en día, el BIRF financia proyectos de diferentes tipos: de infraestructura, agrícolas energéticos, educativos y , en general, todos los que se considera que ayudan al desarrollo o a la lucha contra la pobreza de los países miembros. Los recursos del Banco proceden en su mayoría de los mercados de capital internacionales. Sus préstamos presentan la única ventaja de la alta calificación del Banco frente a los prestamistas, lo que les hace conseguir condiciones más ventajosas, pero no inferiores tipos de interés.
Contada así la historia no se entienden las críticas, cuando no rechazos frontales, que ha podido suscitar el Banco Mundial. Sin embargo, detrás de sus luces se esconden muchas sombras como han señalado economistas de la talla de Stiglitz, quien conoce a fondo ambos organismos. No voy a enunciar todas las críticas posibles. Recomiendo para los interesados pinchar aquí. Lo que sí deseo es plantear un debate que me parece que está implícito tras las acusaciones a estos organismos. El propio concepto de 'desarrollo'. Nuevamente la imprecisión lingüística puede ser un instrumento de doble filo. Nadie en su sano juicio está en contra del desarrollo, prueba de que el término ha perdido su significado original y ha pasado a integrar el elenco de las palabras comodín. Su ambigüedad lo convierte en útil para un roto y para un descosido. Desarrollo humano. Desarrollo sostenible. Desarrollo integral. Por eso he utilizado anteriormente el "contada así la historia". El lenguaje no es neutral, ni es inocente. De ahí que nuevamente sea imperativo el análisis de la terminología utilizada en aras de la precisión y el rigor. La importancia de un nombre.
Oscar Wilde dedicó una de sus obras a resaltar la importancia de un nombre. Ciertos toponímicos convierten a sus referentes en especialmente aptos para albergar la Historia. Poseen la cualidad de trascender la propia localización. Incluso aunque su existencia sea puramente literaria. O, tal vez, por eso. Sin entrar en el debate suscitado en el Cratilo de Platón acerca de si los nombres permiten conocer la verdadera esencia de la realidad, hay que reconocer que ciertas fonéticas predisponen.
Desde Arcadia hasta Brideshead, hermoso y decadente lugar en el que es imposible no imaginar a un joven y seductor Jeremy Irons y a un espléndido y en la pantalla agonizante Lawrence Olivier. No he visto la nueva versión cinematográfica de la obra, porque soy de las que prefieren no contaminar ciertas imágenes. Del argumento no puedo aportar nada que no resulte excesivamente tópico: Evelyn Waugh, su autor, retrató en su novela la historia de un joven que irrumpe en el seno de una familia de la aristocracia inglesa de principios del siglo XX. Pese a que esta descripción pueda hacer pensar que el libro es una simple pintura costumbrista, lo cierto es el que el libro intentar ir más allá del mero retrato de una clase social o incluso de una época. Lo que se suele pasar por alto es su sorprendente desenlace, que encuentra sus claves interpretativas en la condición de escritor católico de Waugh.
No quiero perder el hilo de un discurso que comenzó hablando de nombres. Siempre he sentido especial querencia por los lugares de nombre compuesto. Falcon Crest (retrato de grupo con malvada señora de forndo), Mulholland Drive, Batton Rouge y cómo no, Bretton Woods constituyen un buen ejemplo de espacios que se han ganado, por derecho y fonética propios, un lugar en mi peculiar mapa del mundo.
Estas semanas ha vuelto a escucharse con fuerza el nombre de Bretton Woods, a la sazón complejo hotelero situado en New Hampshire (EEUU), donde tuvo lugar la famosa conferencia cuyos productos más refinados o más groseros (táchese lo que no proceda) han sido el vilipendiado Sistema Monetario Internacional y el Banco Mundial.
De estos polvos nacieron estos barros. A grandes males grandes remedios. No se trata de hacer un repaso exhaustivo del refranero. Simplemente quiero constatar que ante las grandes crisis no queda más remedio que agachar la cabeza e intentar buscar soluciones cooperativas. Los periódicos llenan sus páginas con la cumbre de Washington. Al margen de las polémicas eminentemente locales, la grandeur ha permitido que nuestro presidente esté presente en el cónclave del G-20, la importancia del encuentro reside en el esfuerzo común por poner freno a un capitalismo especulativo y crear mecanismos de regulación financiera con el fin de contribuir a la estabilidad macroeconómica y a ayudar a los países pobres a conseguir un verdadero desarrollo. He ahí, precisamente la cuestión. En cualquier caso, no es mi intención centrarme en esta cumbre. Entre otras razones porque considero que es mejor y más útil analizar su desarrollo y conclusiones a toro pasado y no hacer economía ficción. Hoy los tiros se dirigen a Bretton Woods.
Es fundamental entender las coordenadas espacio temporales que posibilitaron la celebración de la conferencia de Bretton Woods. En primer lugar, hay que afirmar que fue auspiciada por el gobierno de los EEUU que deseaba un mundo económico postbélico caracterizado por mercados abiertos, estabilidad de los tipos de cambio, facilidad para los movimientos de capital , cooperación internacional para lograr altos niveles de empleo, etc. Las tesis liberalizadoras de este país triunfaron frente a las propuestas de Keynes, que sugerían la creación de un banco mundial que canalizase los excedentes de los países ricos hacia los más pobres, estimulando de esa manera la demanda. En Bretton Woods la apuesta fue clara: una visión liberal de la economía internacional, una política de tipos de cambio fijos y soslayaba las dificultades para compatibilizar algunos de esos objetivos.
En 1944, Estados Unidos era el único país industrializado que estaba resultando indemne en la Segunda Guerra Mundial. Europa y Japón terminaron la contienda con el triste balance de millones de pérdidas humanas y economías desmanteladas. Por su parte, Asia estaba intentando ganar la batalla al colonialismo, mientras que África todavía pasaba por ser el paraíso colonial. Ni que decir tiene, que, además de los objetivos de los EEUU, la reconstrucción y el desarrollo de los 44 países que acudieron a Bretton Woods fue un objetivo fundamental Los acuerdos que se firmaron dieron de facto la vida al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial .
El Fondo Monetario Internacional fue creado para amortiguar el impacto de las crisis económicas a través de las concesiones de crédito a los países en apuros a cambio de medidas estructurales de corte liberalizador, los llamados planes de estabilización. Descansaría sobre un sistema de cambios fijos basado en última instancia en la estabilidad del dolar. Recibió el nombre de 'fondo' porque todos los países debían contribuir con una suerte de cuotas que tenían como fin evitar las fluctuaciones monetarias. Si un país sufría un problema estructural, en lugar de, pongamos por caso, devaluar su moneda acudía al fondo y recibía un crédito que evitaba dicha devaluación. El sistema presuponía la existencia de una suerte de armonía de intereses entre todos los países, así como la posibilidad de maximizar la renta mundial mediante la liberalización de los flujos de comercio y pagos y la rápida convertibilidad de las monedas, al margen de las políticas seguidas por los países.
También en Bretton Woods vio la luz el BIRF (Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento) que fue la primera institución que conformó el llamado Banco Mundial. Porque lo que mucha gente desconoce es que el Banco Mundial está constituido por cinco instituciones. Como su propio nombre indica, la Reconstrucción iba dirigida a los países asolados durante la Segunda Guerra Mundial, no a los países que hoy llamamos subdesarrollados . El precipitado más conocido de esos esfuerzos desarrollistas fue el famoso Plan Marshall que, como Berlanga magistralmente mostró, -fantástico Pepe Isbert-, nunca llegó a España. Pese al "Americanos, os recibimos con alegría".
Hoy en día, el BIRF financia proyectos de diferentes tipos: de infraestructura, agrícolas energéticos, educativos y , en general, todos los que se considera que ayudan al desarrollo o a la lucha contra la pobreza de los países miembros. Los recursos del Banco proceden en su mayoría de los mercados de capital internacionales. Sus préstamos presentan la única ventaja de la alta calificación del Banco frente a los prestamistas, lo que les hace conseguir condiciones más ventajosas, pero no inferiores tipos de interés.
Contada así la historia no se entienden las críticas, cuando no rechazos frontales, que ha podido suscitar el Banco Mundial. Sin embargo, detrás de sus luces se esconden muchas sombras como han señalado economistas de la talla de Stiglitz, quien conoce a fondo ambos organismos. No voy a enunciar todas las críticas posibles. Recomiendo para los interesados pinchar aquí. Lo que sí deseo es plantear un debate que me parece que está implícito tras las acusaciones a estos organismos. El propio concepto de 'desarrollo'. Nuevamente la imprecisión lingüística puede ser un instrumento de doble filo. Nadie en su sano juicio está en contra del desarrollo, prueba de que el término ha perdido su significado original y ha pasado a integrar el elenco de las palabras comodín. Su ambigüedad lo convierte en útil para un roto y para un descosido. Desarrollo humano. Desarrollo sostenible. Desarrollo integral. Por eso he utilizado anteriormente el "contada así la historia". El lenguaje no es neutral, ni es inocente. De ahí que nuevamente sea imperativo el análisis de la terminología utilizada en aras de la precisión y el rigor. La importancia de un nombre.
jueves, 13 de noviembre de 2008
Orgullo y prejuicio
"Es absolutamente imposible encarar problema humano alguno con una mente carente de prejuicios". Simone de Beauvoir
Prohibido prohibir. Con toda seguridad se erige como una de las consignas que tuvieron mayor fortuna en aquel mitificado mayo del 68. Tranquilos. No emprenderé en estas páginas mi peculiar búsqueda del tiempo perdido. Entre otras cosas porque, además de no ser Marcel Proust, -más quisiera yo-, en aquellas fechas, me encontraba en el limbo de los nonatos. De los que pueden ser y no son aún. Quiero únicamente fijar mi atención en una frase que de suyo es contradictoria, pero que justamente en su carácter de tal encuentra toda su fuerza, hasta alcanzar la categoría de lugar común. De fácil comprensión y sugerente. Como muchas proclamas que han alcanzado la categoría de tópicos.
Las frases hechas, los lugares comunes, en definitiva, los tópicos presentan la inestimable virtud de instalarnos cómodamente en una realidad prefabricada, confeccionada a base de patrones que encajan perfectamente e incluso realzan el cuerpo social. Su contrapartida es que evitan la molestia de pensar. Evitan reflexionar, poner en tela de juicio la perfección del traje y permiten ascender hasta la atalaya privilegiada de los que juzgan porque han alcanzado la verdad.
El verdadero poder del tópico reside en que casi nadie admite dejarse manejar por sus invisibles hilos. Pensamos que nosotros no. Los demás viven de prejuicios, se mueven por prejuicios y son incapaces de ver otra realidad que no sea la entrevista a través de sus anteojeras. Me confieso presa de muchos clichés. Realmente el verdadero proceso de desarrollo personal, si se me permite un sintagma propio de libro de autoayuda, pasa inevitablemente por reconocerse limitado por el propio punto de vista. Sólo entonces es posible cierta emancipación de la propia localización.
Aún admitiendo que es imposible sustraerse totalmente a la influencia de los propios moldes, es terapéutico someter al tribunal de la crítica algunas frases hechas que hoy circulan con total libertad. Uno de los tópicos más perniciosos reza que toda forma de coacción es mala de suyo venga de donde venga. En rigor, si esa idea fuera cierta, la propia legitimidad del Estado quedaría en entredicho. Cuando se acepta vivir en un Estado, implícitamente se admite su poder de coacción (ejercido en régimen de monopolio) en aras de preservar la seguridad, frente a la ley del más fuerte, y perseguir la igualdad o la justicia. Por eso, el Estado es el único que tiene la potestad de reclamar impuestos, en ocasiones, como presenté el otro día, sin contraprestración alguna. Por supuesto, el poder del Estado no es absoluto y han de existir mecanismos de control que eviten las arbitrariedades que pudieran cometerse.
Creo que no viene mal recordar estas nociones porque, de otra forma, todas las temáticas que se abordan en las diferentes entradas pueden convertirse en compartimentos estancos que en nada se relacionan con el sistema social y político que los fundamenta. En este contexto, continuaré con la explicación de ciertos conceptos tributarios básicos, a modo de continuación de la entrada que el otro día quedó abierta.
Desde esta perspectiva se entenderá mejor el concepto de 'sujetos tributarios'. Los sujetos tributarios activos son precisamente el Estado, las Comunidades Autónomas y las Corporaciones Locales. Son los titulares de la potestad de establecer impuestos y exigir su pago. Y esa potestad, en última instancia, deriva de los que ostentamos la soberanía. Los sujetos pasivos, por el contrario, son las personas (físicas o jurídicas) que están obligadas por ley a declarar y pagar el tributo. Cuando el sujeto pasivo actúa por sí mismo recibe el nombre de contribuyente. Cuando en su nombre actúa otra persona se le denomina representante.
Hay que hacer una salvedad. El concepto de 'persona' que se está manejando aquí, no es el del habla común o, al menos, no lo es en todos los casos. Por su naturaleza jurídica, se habla de personas físicas y de personas jurídicas. En el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas el sujeto pasivo es una persona física. No así en el Impuesto sobre Sociedades que recae sobre las personas jurídicas. Hay otras modalidades impositivas como el IVA cuyos sujetos pasivos pueden ser personas físicas o jurídicas.
Es suficiente por hoy. Otra pincelada más en el gran cuadro. Ya falta menos.
Prohibido prohibir. Con toda seguridad se erige como una de las consignas que tuvieron mayor fortuna en aquel mitificado mayo del 68. Tranquilos. No emprenderé en estas páginas mi peculiar búsqueda del tiempo perdido. Entre otras cosas porque, además de no ser Marcel Proust, -más quisiera yo-, en aquellas fechas, me encontraba en el limbo de los nonatos. De los que pueden ser y no son aún. Quiero únicamente fijar mi atención en una frase que de suyo es contradictoria, pero que justamente en su carácter de tal encuentra toda su fuerza, hasta alcanzar la categoría de lugar común. De fácil comprensión y sugerente. Como muchas proclamas que han alcanzado la categoría de tópicos.
Las frases hechas, los lugares comunes, en definitiva, los tópicos presentan la inestimable virtud de instalarnos cómodamente en una realidad prefabricada, confeccionada a base de patrones que encajan perfectamente e incluso realzan el cuerpo social. Su contrapartida es que evitan la molestia de pensar. Evitan reflexionar, poner en tela de juicio la perfección del traje y permiten ascender hasta la atalaya privilegiada de los que juzgan porque han alcanzado la verdad.
El verdadero poder del tópico reside en que casi nadie admite dejarse manejar por sus invisibles hilos. Pensamos que nosotros no. Los demás viven de prejuicios, se mueven por prejuicios y son incapaces de ver otra realidad que no sea la entrevista a través de sus anteojeras. Me confieso presa de muchos clichés. Realmente el verdadero proceso de desarrollo personal, si se me permite un sintagma propio de libro de autoayuda, pasa inevitablemente por reconocerse limitado por el propio punto de vista. Sólo entonces es posible cierta emancipación de la propia localización.
Aún admitiendo que es imposible sustraerse totalmente a la influencia de los propios moldes, es terapéutico someter al tribunal de la crítica algunas frases hechas que hoy circulan con total libertad. Uno de los tópicos más perniciosos reza que toda forma de coacción es mala de suyo venga de donde venga. En rigor, si esa idea fuera cierta, la propia legitimidad del Estado quedaría en entredicho. Cuando se acepta vivir en un Estado, implícitamente se admite su poder de coacción (ejercido en régimen de monopolio) en aras de preservar la seguridad, frente a la ley del más fuerte, y perseguir la igualdad o la justicia. Por eso, el Estado es el único que tiene la potestad de reclamar impuestos, en ocasiones, como presenté el otro día, sin contraprestración alguna. Por supuesto, el poder del Estado no es absoluto y han de existir mecanismos de control que eviten las arbitrariedades que pudieran cometerse.
Creo que no viene mal recordar estas nociones porque, de otra forma, todas las temáticas que se abordan en las diferentes entradas pueden convertirse en compartimentos estancos que en nada se relacionan con el sistema social y político que los fundamenta. En este contexto, continuaré con la explicación de ciertos conceptos tributarios básicos, a modo de continuación de la entrada que el otro día quedó abierta.
Desde esta perspectiva se entenderá mejor el concepto de 'sujetos tributarios'. Los sujetos tributarios activos son precisamente el Estado, las Comunidades Autónomas y las Corporaciones Locales. Son los titulares de la potestad de establecer impuestos y exigir su pago. Y esa potestad, en última instancia, deriva de los que ostentamos la soberanía. Los sujetos pasivos, por el contrario, son las personas (físicas o jurídicas) que están obligadas por ley a declarar y pagar el tributo. Cuando el sujeto pasivo actúa por sí mismo recibe el nombre de contribuyente. Cuando en su nombre actúa otra persona se le denomina representante.
Hay que hacer una salvedad. El concepto de 'persona' que se está manejando aquí, no es el del habla común o, al menos, no lo es en todos los casos. Por su naturaleza jurídica, se habla de personas físicas y de personas jurídicas. En el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas el sujeto pasivo es una persona física. No así en el Impuesto sobre Sociedades que recae sobre las personas jurídicas. Hay otras modalidades impositivas como el IVA cuyos sujetos pasivos pueden ser personas físicas o jurídicas.
Es suficiente por hoy. Otra pincelada más en el gran cuadro. Ya falta menos.
miércoles, 12 de noviembre de 2008
El camino a casa
"Hay bajo el sol un momento para todo, y un tiempo para hacer cada cosa: Tiempo para llorar, y tiempo para reír" (Eclesiastés)
Todo pasa y todo queda. Todo pasa y todo llega. Después de muchas horas de trabajo y esfuerzo, muchas de ellas robadas (o devueltas, según se mire) al sueño, mis alumnos de bachillerato han finalizado los exámenes de la primera evaluación. He echado de menos su presencia en este foro. Todas las ausencias, aun las temporales, pesan. Por eso, espero que a partir de hoy vuelvan a campar a sus anchas por estos dominios que, en el fondo, cobran sentido en la medida en que ellos los visitan.
Decíamos anteayer. La demanda de un bien es la cantidad de éste que se desea o se puede adquirir en unas condiciones determinadas. Hice también un repaso somero de los factores que influían en la cantidad demandada y prometí explicar los efectos que se producen en el poder adquisitivo de la renta de un consumidor debidos a la alteración en los precios. No sé si lo prometido es en todos los casos deuda, pero lo que sí sé es que lo ha gozado de un digno comienzo se merece un no menos digno final.
Supongamos (verbo favorito de los economistas) que los precios de un determinado bien o servicio sufren una variación. Esta alteración provoca un cambio en el poder adquisitivo de la renta del consumidor que causa dos efectos sobre la demanda. Estos dos efectos tradicionalmente se han llamado efecto sustitución y efecto renta. Y la suma de ambos es el efecto total.
El efecto sustitución mide las consecuencias que tiene en la demanda de un bien el hecho de modificar su precio, bajo el supuesto de que el consumidor mantenga el mismo poder adquisitivo. Es decir, en este caso el comprador ha de variar su patrón de consumo. Si sube el precio de la carne de pollo y se mantienen constantes los precios de la carne de ternera o de cerdo, se puede afirmar que la carne de pollo se ha encarecido con respecto a las otras carnes. Por tanto, su consumo será sustituido por el de éstas. Cuanto más suba el pollo, más chuletones de ternera comeré (la teoría también contemplaría la posibilidad de que me convirtiese en vegetariana o vegariana). Algunos autores han llegado hasta el extremo de suponer que los animales también desarrollan comportamientos económicos en la medida en que actúan conforme al efecto sustitución. Los experimentos con ratas de Kagel y Battalio son un ejemplo de ello. Curioso, cuando menos, aunque por la abultada bibliografía generada en torno a estos estudios, cabe pensar que la cuestión no es ni mucho menos pristina.
El efecto renta es la consecuencia de una variación en el precio sobre la cantidad demandada debido a la alteración en la renta real del consumidor causada por el incremento o disminución en el precio del bien. Más claramente. Al bajar (subir) el precio de un bien, aumenta (desciende) la renta real o poder adquisitivo del consumidor, puesto que con unos mismos ingresos monetarios puede comprar ahora más (menos) cantidad de bien que antes. Pues bien, el efecto renta es es la parte del ajuste de la cantidad demandada que depende de la variación de la renta real. . Si se duplica el precio del cine y sigo recibiendo la misma y probablemente exigua asignación semanal, me vuelvo un poco más pobre, pues puedo adquirir menos productos, mi nivel de consumo no puede ser semejante. Por eso, tendré que reducir el consumo de películas y de otros bienes.
La clave está en entender que el efecto sustitución favorece al bien que se ha abaratado en terminos relativos, mientras que el efecto renta perjudica a ambos porque provoca un empobrecimiento con respecto a la situación anterior. Para un análisis más profundo, acompañado de gráficas y funciones matemáticas aconsejo abundar en este enlace del profesor Calvo, cuyo libro de Microeconomía me aclaró muchos conceptos.
Este análisis es correcto, suponiendo que el bien considerado sea normal. Nuevamente hay que matizar. Un bien normal es aquel cuyo consumo aumenta cuando lo hace la renta. Ahora bien, si el bien es inferior, aquel cuyo consumo disminuye cuando lo hace la renta (las patatas suelen ser el ejemplo más socorrido en este punto).
Pero como siempre, no conviene perderse en el laberinto de los conceptos. Lentos pero seguros. Se hace camino al andar, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se va a volver a pisar.
Machado dixit.
Todo pasa y todo queda. Todo pasa y todo llega. Después de muchas horas de trabajo y esfuerzo, muchas de ellas robadas (o devueltas, según se mire) al sueño, mis alumnos de bachillerato han finalizado los exámenes de la primera evaluación. He echado de menos su presencia en este foro. Todas las ausencias, aun las temporales, pesan. Por eso, espero que a partir de hoy vuelvan a campar a sus anchas por estos dominios que, en el fondo, cobran sentido en la medida en que ellos los visitan.
Decíamos anteayer. La demanda de un bien es la cantidad de éste que se desea o se puede adquirir en unas condiciones determinadas. Hice también un repaso somero de los factores que influían en la cantidad demandada y prometí explicar los efectos que se producen en el poder adquisitivo de la renta de un consumidor debidos a la alteración en los precios. No sé si lo prometido es en todos los casos deuda, pero lo que sí sé es que lo ha gozado de un digno comienzo se merece un no menos digno final.
Supongamos (verbo favorito de los economistas) que los precios de un determinado bien o servicio sufren una variación. Esta alteración provoca un cambio en el poder adquisitivo de la renta del consumidor que causa dos efectos sobre la demanda. Estos dos efectos tradicionalmente se han llamado efecto sustitución y efecto renta. Y la suma de ambos es el efecto total.
El efecto sustitución mide las consecuencias que tiene en la demanda de un bien el hecho de modificar su precio, bajo el supuesto de que el consumidor mantenga el mismo poder adquisitivo. Es decir, en este caso el comprador ha de variar su patrón de consumo. Si sube el precio de la carne de pollo y se mantienen constantes los precios de la carne de ternera o de cerdo, se puede afirmar que la carne de pollo se ha encarecido con respecto a las otras carnes. Por tanto, su consumo será sustituido por el de éstas. Cuanto más suba el pollo, más chuletones de ternera comeré (la teoría también contemplaría la posibilidad de que me convirtiese en vegetariana o vegariana). Algunos autores han llegado hasta el extremo de suponer que los animales también desarrollan comportamientos económicos en la medida en que actúan conforme al efecto sustitución. Los experimentos con ratas de Kagel y Battalio son un ejemplo de ello. Curioso, cuando menos, aunque por la abultada bibliografía generada en torno a estos estudios, cabe pensar que la cuestión no es ni mucho menos pristina.
El efecto renta es la consecuencia de una variación en el precio sobre la cantidad demandada debido a la alteración en la renta real del consumidor causada por el incremento o disminución en el precio del bien. Más claramente. Al bajar (subir) el precio de un bien, aumenta (desciende) la renta real o poder adquisitivo del consumidor, puesto que con unos mismos ingresos monetarios puede comprar ahora más (menos) cantidad de bien que antes. Pues bien, el efecto renta es es la parte del ajuste de la cantidad demandada que depende de la variación de la renta real. . Si se duplica el precio del cine y sigo recibiendo la misma y probablemente exigua asignación semanal, me vuelvo un poco más pobre, pues puedo adquirir menos productos, mi nivel de consumo no puede ser semejante. Por eso, tendré que reducir el consumo de películas y de otros bienes.
La clave está en entender que el efecto sustitución favorece al bien que se ha abaratado en terminos relativos, mientras que el efecto renta perjudica a ambos porque provoca un empobrecimiento con respecto a la situación anterior. Para un análisis más profundo, acompañado de gráficas y funciones matemáticas aconsejo abundar en este enlace del profesor Calvo, cuyo libro de Microeconomía me aclaró muchos conceptos.
Este análisis es correcto, suponiendo que el bien considerado sea normal. Nuevamente hay que matizar. Un bien normal es aquel cuyo consumo aumenta cuando lo hace la renta. Ahora bien, si el bien es inferior, aquel cuyo consumo disminuye cuando lo hace la renta (las patatas suelen ser el ejemplo más socorrido en este punto).
Pero como siempre, no conviene perderse en el laberinto de los conceptos. Lentos pero seguros. Se hace camino al andar, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se va a volver a pisar.
Machado dixit.
martes, 11 de noviembre de 2008
Del fisco y otros demonios
"El hombre injusto no siempre pide más de lo que le corresponde equitativamente; a veces la injusticia consiste en tomar menos de lo debido; por ejemplo, en el caso en que las cosas que es preciso tomar sean absolutamente malas" (Aristóteles, Ética a Nicómaco)
Una de las bestias negras a las que se ha de enfrentar todo estudiante de Ciencias Económicas, Administración y Dirección de Empresas o Ciencias Empresariales se llama Sistema Fiscal. Impuestos, tasas y contribuciones de todo tipo y condición se alían contra el sufrido estudiante que, con la única ayuda del inescrutable Código Tributario, ha de resolver los más variados "supuestos". Siempre me he preguntado por qué se les otorga este nombre a la serie de improbabilidades que constituyen estos ejercicios. Más que suponer su autor crea un universo paralelo. De tal forma que, al intentar darles una solución plausible y que les haga justicia, se tiene la impresión de que se difumina la distinción entre lo posible y lo probable. La razón es que es improbable -hasta rozar la imposibilidad- que lo que se plantea en los supuestos, a saber, todas las rarezas y anomalías imaginables, concurra en las mismas coordenadas espacio temporales. La realidad no puede superar este tipo de ficciones. Afortunadamente tras la lectura del libro de Álvaro Pombo, El metro de platino iridiado, que recomiendo para una tarde invernal, se comprende perfectamente la diferencia entre ambos conceptos.
Supuestos aparte, considero que la certera comprensión del sistema fiscal de un país se configura como otro de los pasos necesarios para alcanzar esa condición de ciudadano consciente que debería ser el objetivo de cualquier sistema educativo. Porque con los tributos se produce una situación paradójica: todo el mundo los "sufre" en propias carnes, pero son pocos los que dominan la terminología y comprenden su funcionamiento. Ese sí es mi demonio particular. Si se obliga a contribuir, se ha de garantizar el derecho a entender. Aunque no me veo como garante de nada, deseo abordar hoy esta cuestión, que afecta directamente a todos. Ahora bien, el tema es lo suficientemente complejo como para acogerse al lema del "divide y vencerás".
Empezaré, como siempre, aclarando cuál es el significado del término que se va a manejar, esto es, definiendo el propio concepto de 'tributo'. Según la Ley General Tributaria, son "ingresos públicos que consisten en prestaciones pecuniarias exigidas por una Administración pública como consecuencia de la realización del supuesto de hecho al que la ley vincula el deber de contribuir, con el fin primordial de obtener los ingresos necesarios para el sostenimiento de los gastos públicos". Definición en la que es necesario remarcar, en primer lugar, que se trata de prestaciones pecuniarias, es decir, en forma de dinero. En segundo lugar, que sólo pueden ser reclamadas por una Administración pública (ningún otro ente o individuo puedo reclamar ningún tipo de tributo). En tercer lugar, que ha de producirse el supuesto al que la ley vincula el deber de contribuir, es decir, lo que técnicamente se denomina el hecho imponible, que en otra entrada clarificaré. Y, por último, la idea de que su fin primordial es sostener los gastos públicos.
Llegando a este punto, se hace necesario diferenciar tres modalidades de tributos que a menudo se confunden: impuestos, tasas y contribuciones especiales. Los impuestos son tributos exigibles sin ninguna contraprestación, es decir, sin recibir directamente ningún bien o servicio por su pago. No existe de hecho una relación entre la cantidad pagada y el uso que se haga de los servicios financiados con los impuestos. Pondré un ejemplo, a pesar de no tener hijos, he de contribuir con mis impuestos a la financiación de la educación pública y concertada.
Las tasas, sin embargo, son tributos que se exigen a cambio de la prestación de servicios por los entes públicos. Si me matriculo en una universidad, he de satisfacer unas tasas académicas. A cambio obtengo el derecho a acudir a las distintas clases y a realizar exámenes.
Las contribuciones especiales son los tributos que se imponen como rescate del beneficio especial de los bienes, como consecuencia de la realización de obras públicas, o establecimiento o ampliación de servicios públicos. En España son prerrogativa de los ayuntamientos.
Respecto a los impuestos, se suele hablar de impuestos directos e indirectos. Los primeros son aquellos que recaen sobre el patrimonio y las rentas generadas por los contribuyentes. Son impuestos que debe pagar cada individuo según sus circunstancias particulares. Es decir, yo no pago los mismos impuestos directos, espero, que Amancio Ortega, básicamente porque mis rendimientos del trabajo de aprendiz de profesora y mi inexistente capital son sustancialmente diversos a los derivados de la actividad profesional del creador del grupo Inditex.
Los impuestos indirectos gravan el consumo de bienes y servicios con independencia de las circunstancias personales del consumidor. El ejemplo paradigmático es el Impuesto sobre el Valor Añadido (véase entradas anteriores). En caso de que Amancio Ortega compartiese mi pasión por el café solo y el azar jugara con nosotros haciéndonos coincidir en un bonito local, la cuenta que habríamos de satisfacer por ese (casi) inocuo placer sería la misma. El IVA no hace distingos.
Podría pensarse que es el impuesto más democrático, porque trata a todo el mundo de la misma forma. Tal vez. Pero mi idea de democracia se acerca más a un objetivo, un desideratum que a un presupuesto o premisa. Es un hecho que no todo el mundo se encuentra en igualdad de condiciones: en mi opinión, lo verdaderamente democrático pasa por corregir, al menos mínimimamente, esta situación de injusticia inicial. Es decir, la igualdad es el objetivo, no el presupuesto. En ese sentido, el IVA trata igualitariamente a los que no son iguales (obviamente, desde el punto de vista económico). Ahora bien, se considera que es un impuesto eficiente y, por consiguiente, ayuda a la consecución de los objetivos generales entre los que se cuenta el de redistribución.
En realidad, no está lejana esta consideración a los requerimientos al 2º principio de justicia de Rawls que, atinadamente, trajo a colación Manu en uno de sus comentarios. Las desigualdades sociales y económicas deben resolverse de modo tal que resulten en el mayor beneficio de los miembros menos aventajados de la sociedad (el principio de la diferencia).
En otra entrada hablaré de la progresividad de los impuestos. Tras estos conceptos se ocultan importantes cuestiones de índole político. Entre ellas, la fundamental, qué cabe esperar del Estado. Y para finalizar, como toda clase que se precie, la Tarea para los alumnos más aventajados. No entra en examen.
Una de las bestias negras a las que se ha de enfrentar todo estudiante de Ciencias Económicas, Administración y Dirección de Empresas o Ciencias Empresariales se llama Sistema Fiscal. Impuestos, tasas y contribuciones de todo tipo y condición se alían contra el sufrido estudiante que, con la única ayuda del inescrutable Código Tributario, ha de resolver los más variados "supuestos". Siempre me he preguntado por qué se les otorga este nombre a la serie de improbabilidades que constituyen estos ejercicios. Más que suponer su autor crea un universo paralelo. De tal forma que, al intentar darles una solución plausible y que les haga justicia, se tiene la impresión de que se difumina la distinción entre lo posible y lo probable. La razón es que es improbable -hasta rozar la imposibilidad- que lo que se plantea en los supuestos, a saber, todas las rarezas y anomalías imaginables, concurra en las mismas coordenadas espacio temporales. La realidad no puede superar este tipo de ficciones. Afortunadamente tras la lectura del libro de Álvaro Pombo, El metro de platino iridiado, que recomiendo para una tarde invernal, se comprende perfectamente la diferencia entre ambos conceptos.
Supuestos aparte, considero que la certera comprensión del sistema fiscal de un país se configura como otro de los pasos necesarios para alcanzar esa condición de ciudadano consciente que debería ser el objetivo de cualquier sistema educativo. Porque con los tributos se produce una situación paradójica: todo el mundo los "sufre" en propias carnes, pero son pocos los que dominan la terminología y comprenden su funcionamiento. Ese sí es mi demonio particular. Si se obliga a contribuir, se ha de garantizar el derecho a entender. Aunque no me veo como garante de nada, deseo abordar hoy esta cuestión, que afecta directamente a todos. Ahora bien, el tema es lo suficientemente complejo como para acogerse al lema del "divide y vencerás".
Empezaré, como siempre, aclarando cuál es el significado del término que se va a manejar, esto es, definiendo el propio concepto de 'tributo'. Según la Ley General Tributaria, son "ingresos públicos que consisten en prestaciones pecuniarias exigidas por una Administración pública como consecuencia de la realización del supuesto de hecho al que la ley vincula el deber de contribuir, con el fin primordial de obtener los ingresos necesarios para el sostenimiento de los gastos públicos". Definición en la que es necesario remarcar, en primer lugar, que se trata de prestaciones pecuniarias, es decir, en forma de dinero. En segundo lugar, que sólo pueden ser reclamadas por una Administración pública (ningún otro ente o individuo puedo reclamar ningún tipo de tributo). En tercer lugar, que ha de producirse el supuesto al que la ley vincula el deber de contribuir, es decir, lo que técnicamente se denomina el hecho imponible, que en otra entrada clarificaré. Y, por último, la idea de que su fin primordial es sostener los gastos públicos.
Llegando a este punto, se hace necesario diferenciar tres modalidades de tributos que a menudo se confunden: impuestos, tasas y contribuciones especiales. Los impuestos son tributos exigibles sin ninguna contraprestación, es decir, sin recibir directamente ningún bien o servicio por su pago. No existe de hecho una relación entre la cantidad pagada y el uso que se haga de los servicios financiados con los impuestos. Pondré un ejemplo, a pesar de no tener hijos, he de contribuir con mis impuestos a la financiación de la educación pública y concertada.
Las tasas, sin embargo, son tributos que se exigen a cambio de la prestación de servicios por los entes públicos. Si me matriculo en una universidad, he de satisfacer unas tasas académicas. A cambio obtengo el derecho a acudir a las distintas clases y a realizar exámenes.
Las contribuciones especiales son los tributos que se imponen como rescate del beneficio especial de los bienes, como consecuencia de la realización de obras públicas, o establecimiento o ampliación de servicios públicos. En España son prerrogativa de los ayuntamientos.
Respecto a los impuestos, se suele hablar de impuestos directos e indirectos. Los primeros son aquellos que recaen sobre el patrimonio y las rentas generadas por los contribuyentes. Son impuestos que debe pagar cada individuo según sus circunstancias particulares. Es decir, yo no pago los mismos impuestos directos, espero, que Amancio Ortega, básicamente porque mis rendimientos del trabajo de aprendiz de profesora y mi inexistente capital son sustancialmente diversos a los derivados de la actividad profesional del creador del grupo Inditex.
Los impuestos indirectos gravan el consumo de bienes y servicios con independencia de las circunstancias personales del consumidor. El ejemplo paradigmático es el Impuesto sobre el Valor Añadido (véase entradas anteriores). En caso de que Amancio Ortega compartiese mi pasión por el café solo y el azar jugara con nosotros haciéndonos coincidir en un bonito local, la cuenta que habríamos de satisfacer por ese (casi) inocuo placer sería la misma. El IVA no hace distingos.
Podría pensarse que es el impuesto más democrático, porque trata a todo el mundo de la misma forma. Tal vez. Pero mi idea de democracia se acerca más a un objetivo, un desideratum que a un presupuesto o premisa. Es un hecho que no todo el mundo se encuentra en igualdad de condiciones: en mi opinión, lo verdaderamente democrático pasa por corregir, al menos mínimimamente, esta situación de injusticia inicial. Es decir, la igualdad es el objetivo, no el presupuesto. En ese sentido, el IVA trata igualitariamente a los que no son iguales (obviamente, desde el punto de vista económico). Ahora bien, se considera que es un impuesto eficiente y, por consiguiente, ayuda a la consecución de los objetivos generales entre los que se cuenta el de redistribución.
En realidad, no está lejana esta consideración a los requerimientos al 2º principio de justicia de Rawls que, atinadamente, trajo a colación Manu en uno de sus comentarios. Las desigualdades sociales y económicas deben resolverse de modo tal que resulten en el mayor beneficio de los miembros menos aventajados de la sociedad (el principio de la diferencia).
En otra entrada hablaré de la progresividad de los impuestos. Tras estos conceptos se ocultan importantes cuestiones de índole político. Entre ellas, la fundamental, qué cabe esperar del Estado. Y para finalizar, como toda clase que se precie, la Tarea para los alumnos más aventajados. No entra en examen.
lunes, 10 de noviembre de 2008
Very demanding people
"Exígete mucho a ti mismo y espera poco de los demás. Así te ahorrarás disgustos"
(Confucio 551 AC-478 AC. Filósofo chino)
Alguien que me conoce bien me califica de "very demanding". No quiero entrar a discutir la justicia del calificativo, -hoy no hablaré de mí-, sino solamente fijarme en esta expresión inglesa que en español vendría a significar algo semejante a "muy exigente". Quizás alguno la tradujera como "muy demandante", aunque probablemente la RAE no sentiría fascinación por esta improvisada y demasiado literal traslación. Ahí precisamente quería llegar. El verbo 'demand' en inglés tiene un significado menos aspero que el español "exigir". A pesar de que 'demand' y 'demandar' no resultan traducciones adecuadas en todos los contextos y en ocasiones 'demand' se ajusta mejora a 'exigir'. De hecho, en nuestro idioma los verbos 'exigir' y 'demandar' pasan por ser sinónimos ideográficos o conceptuales. Exigir es pedir imperiosamente algo, mientras que demandar es un pedir sin avasallar, limitando la exigencia a simple solicitud. De ahí, que el sustantivo 'demanda' guarde una relación de parentesco lejano con la 'exigencia', de tal forma que la primera según la RAE es una "súplica, petición o solicitud" mientras que la segunda es "la acción o el efecto de exigir" o incluso "una pretensión caprichosa o desmedida".
Tras esta breve excursión por los jardínes semánticos, habrá adivinado ya, querido internauta, que el tema de esta entrada es ni más ni menos que el concepto económico de demanda. Este término es profusamente utilizado y en ocasiones, no correctamente comprendido. ¿Quién no ha escuchado nunca la frase "es la ley de la oferta y la demanda"? (sobre todo cuando algún vendedor pretende justificar la injustificable subida del precio de un bien o servicio). Hoy intentaré un primer acercamiento a un concepto que corre el peligro de morir de éxito. Sin duda la muerte más dulce.
Cuando en la ciencia económico se utiliza el término 'demanda' se está haciendo referencia a la cantidad de un bien o servicio que un comprador (demanda individual) o compradores (demanda de mercado) estándispuestos o pueden (ay, los matices) adquirir a los diferentes precios del mercado.
Se habla también de "función de demanda". Grosso modo, al hablar de relación funcional se alude a la relación entre dos o más variables (una dependiente y las otras independientes) que viene dada por el hecho de que un cambio en la variable o variables independientes afecta a la dependiente. Pondré un ejemplo. Si el precio de los pisos desciende (variable independiente), la cantidad demandada de éstos aumentara (variable dependiente).
La siguiente pregunta inmediatamente se plantea es: ¿qué factores influyen en la cantidad demandada? o dicho de otra forma más coloquial, ¿qué es lo que hace que ustedes, queridos internautas, adquieran unos bienes y no otros? Un, dos, tres responda otra vez.
Parece claro que se adquieren sólo aquellos bienes y servicios que gustan o agradan. Por muy barata que esté la leche, no me verán procurándome una caja. Los gustos de los consumidores influyen hasta el punto de que determinados bienes son de difícil encaje entre determinadas personas. Ahora bien, los esfuerzos de marketing pueden intentar la complicada tarea de convencer al comprandor de que le gusta aquello que en realidad detesta. ¿Se imaginaba hace unos años, cuando el reinado del pantalón acampanado era indiscutible, embutirse en un pitillo que, ni tan siquiera le favorece? Sesudas reflexiones.
Pero no acaba aquí la lista de influencias. El precio es otra variable que afecta a la cantidad demandada. Cuanto mayor sea el precio de un bien, menor será la cantidad demanda de éste. El precio y la cantidad son magnitudes inversamente proporcionales. Gráficamente este hecho se muestra en la pendiente de la curva de demanda, que es negativa, y en la forma, que es decreciente.
Ahora bien, estos dos factores, aun siendo importantes, no lo explican todo. Imagine, querido internauta, que usted regenta una peluquería. El precio del peinado y marcado (me encanta esa expresión) es de 15 € y parece que le va bien. Pero un mal día, al que siguen otros no menos malos, observa que sus clientes de toda la vida dejan de acudir a su cita semanal con usted y las revistas de papel couché. ¿Qué ha pasado? La primera respuesta que le viene a la cabeza es acudir al tópico, verbigracia, la crisis, los ninja y todo sus diabólicos paladines. Pero usted posee una capacidad de análisis más fina: si observa a su alrededor verá que unos jovencitos han montado una peluquería alternativa en la que ni se peina ni se marca, pero se oferta un look muy favorecedor. Y lo que es peor, por 12 euros. Bingo. Moraleja: los precios de los otros bienes influyen en la demanda de un determinado bien.
Aún podemos escarbar más y encontrar otra poderosa razón para comprar más (o menos). Piense en qué ocurriría si mañana su renta se doblase, triplicase (su jefe decide doblarle el sueldo, hereda un piso que inmediatamente arrenda de una tía lejana o le toca un pellizquín en la lotería que decide depositar en una entidad financiera) o simplemente, aumentase. En ese caso, comenzaría por dejar de comer el sempiterno puré de patatas de todos los finales de mes(bienes inferiores) y consumiría otro tipo de manjares más adecuados a su exigente paladar (bienes normales) . Asimismo, quizás se diera un capricho en forma de coche de alta gama o de vacaciones a un paraíso exótico y lejano (bienes superiores). En definitiva, la renta influye en la cantidad demandada.
Los libros de texto al uso aluden a estas cuatro variables para explicar la demanda individual. El problema con el que se encuentra el economista, como científico que es, reside en la dificultad de analizar estas cuatro "causas" simultáneamente (entiéndase el término en sentido laxísimo, porque estrictamente hablando no se trata de una relación causal). Por eso se afirma que el análisis del efecto de cada una de ellas sobre la demanda se ajusta a la cláusula caeteris paribus. Literalmente "todo lo demás constante". De esta forma, los economistas estudian el efecto de los precios de los bienes sobre la demanda, o de la renta o de los precios de los otros bienes, intentando evitar el análisis conjunto de todos los factores. Evidentemente es una simplicación, aunque utilísima.
Me resisto a dar la razón a quien me tilda de very demanding. No les voy a exigir esfuerzos que superan con creces las pretensiones de este cuaderno de notas. Por eso, les emplazo a otra cita virtual en la que hablaré del efecto renta y el efecto sustitución. Exigencias del guión.
(Confucio 551 AC-478 AC. Filósofo chino)
Alguien que me conoce bien me califica de "very demanding". No quiero entrar a discutir la justicia del calificativo, -hoy no hablaré de mí-, sino solamente fijarme en esta expresión inglesa que en español vendría a significar algo semejante a "muy exigente". Quizás alguno la tradujera como "muy demandante", aunque probablemente la RAE no sentiría fascinación por esta improvisada y demasiado literal traslación. Ahí precisamente quería llegar. El verbo 'demand' en inglés tiene un significado menos aspero que el español "exigir". A pesar de que 'demand' y 'demandar' no resultan traducciones adecuadas en todos los contextos y en ocasiones 'demand' se ajusta mejora a 'exigir'. De hecho, en nuestro idioma los verbos 'exigir' y 'demandar' pasan por ser sinónimos ideográficos o conceptuales. Exigir es pedir imperiosamente algo, mientras que demandar es un pedir sin avasallar, limitando la exigencia a simple solicitud. De ahí, que el sustantivo 'demanda' guarde una relación de parentesco lejano con la 'exigencia', de tal forma que la primera según la RAE es una "súplica, petición o solicitud" mientras que la segunda es "la acción o el efecto de exigir" o incluso "una pretensión caprichosa o desmedida".
Tras esta breve excursión por los jardínes semánticos, habrá adivinado ya, querido internauta, que el tema de esta entrada es ni más ni menos que el concepto económico de demanda. Este término es profusamente utilizado y en ocasiones, no correctamente comprendido. ¿Quién no ha escuchado nunca la frase "es la ley de la oferta y la demanda"? (sobre todo cuando algún vendedor pretende justificar la injustificable subida del precio de un bien o servicio). Hoy intentaré un primer acercamiento a un concepto que corre el peligro de morir de éxito. Sin duda la muerte más dulce.
Cuando en la ciencia económico se utiliza el término 'demanda' se está haciendo referencia a la cantidad de un bien o servicio que un comprador (demanda individual) o compradores (demanda de mercado) estándispuestos o pueden (ay, los matices) adquirir a los diferentes precios del mercado.
Se habla también de "función de demanda". Grosso modo, al hablar de relación funcional se alude a la relación entre dos o más variables (una dependiente y las otras independientes) que viene dada por el hecho de que un cambio en la variable o variables independientes afecta a la dependiente. Pondré un ejemplo. Si el precio de los pisos desciende (variable independiente), la cantidad demandada de éstos aumentara (variable dependiente).
La siguiente pregunta inmediatamente se plantea es: ¿qué factores influyen en la cantidad demandada? o dicho de otra forma más coloquial, ¿qué es lo que hace que ustedes, queridos internautas, adquieran unos bienes y no otros? Un, dos, tres responda otra vez.
Parece claro que se adquieren sólo aquellos bienes y servicios que gustan o agradan. Por muy barata que esté la leche, no me verán procurándome una caja. Los gustos de los consumidores influyen hasta el punto de que determinados bienes son de difícil encaje entre determinadas personas. Ahora bien, los esfuerzos de marketing pueden intentar la complicada tarea de convencer al comprandor de que le gusta aquello que en realidad detesta. ¿Se imaginaba hace unos años, cuando el reinado del pantalón acampanado era indiscutible, embutirse en un pitillo que, ni tan siquiera le favorece? Sesudas reflexiones.
Pero no acaba aquí la lista de influencias. El precio es otra variable que afecta a la cantidad demandada. Cuanto mayor sea el precio de un bien, menor será la cantidad demanda de éste. El precio y la cantidad son magnitudes inversamente proporcionales. Gráficamente este hecho se muestra en la pendiente de la curva de demanda, que es negativa, y en la forma, que es decreciente.
Ahora bien, estos dos factores, aun siendo importantes, no lo explican todo. Imagine, querido internauta, que usted regenta una peluquería. El precio del peinado y marcado (me encanta esa expresión) es de 15 € y parece que le va bien. Pero un mal día, al que siguen otros no menos malos, observa que sus clientes de toda la vida dejan de acudir a su cita semanal con usted y las revistas de papel couché. ¿Qué ha pasado? La primera respuesta que le viene a la cabeza es acudir al tópico, verbigracia, la crisis, los ninja y todo sus diabólicos paladines. Pero usted posee una capacidad de análisis más fina: si observa a su alrededor verá que unos jovencitos han montado una peluquería alternativa en la que ni se peina ni se marca, pero se oferta un look muy favorecedor. Y lo que es peor, por 12 euros. Bingo. Moraleja: los precios de los otros bienes influyen en la demanda de un determinado bien.
Aún podemos escarbar más y encontrar otra poderosa razón para comprar más (o menos). Piense en qué ocurriría si mañana su renta se doblase, triplicase (su jefe decide doblarle el sueldo, hereda un piso que inmediatamente arrenda de una tía lejana o le toca un pellizquín en la lotería que decide depositar en una entidad financiera) o simplemente, aumentase. En ese caso, comenzaría por dejar de comer el sempiterno puré de patatas de todos los finales de mes(bienes inferiores) y consumiría otro tipo de manjares más adecuados a su exigente paladar (bienes normales) . Asimismo, quizás se diera un capricho en forma de coche de alta gama o de vacaciones a un paraíso exótico y lejano (bienes superiores). En definitiva, la renta influye en la cantidad demandada.
Los libros de texto al uso aluden a estas cuatro variables para explicar la demanda individual. El problema con el que se encuentra el economista, como científico que es, reside en la dificultad de analizar estas cuatro "causas" simultáneamente (entiéndase el término en sentido laxísimo, porque estrictamente hablando no se trata de una relación causal). Por eso se afirma que el análisis del efecto de cada una de ellas sobre la demanda se ajusta a la cláusula caeteris paribus. Literalmente "todo lo demás constante". De esta forma, los economistas estudian el efecto de los precios de los bienes sobre la demanda, o de la renta o de los precios de los otros bienes, intentando evitar el análisis conjunto de todos los factores. Evidentemente es una simplicación, aunque utilísima.
Me resisto a dar la razón a quien me tilda de very demanding. No les voy a exigir esfuerzos que superan con creces las pretensiones de este cuaderno de notas. Por eso, les emplazo a otra cita virtual en la que hablaré del efecto renta y el efecto sustitución. Exigencias del guión.
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