"La suerte favorece sólo a la mente preparada".Isaac Asimov (1920-1992);
Hoy, fiel a una costumbre que lleva camino de convertirse en inveterada, he tomado mi café solo en uno de los mejores locales de Pamplona, cuyo nombre ocultaré -a quien das tu secreto, das tu libertad-, mientras hojeaba la revista Qué leer. Un artículo, -además de la entrevista al fascinante escritor japonés Murakami y nuestra común debilidad por Dostoievski y Perdidos-, ha llamado poderosamente mi atención. Analizaba el fenómeno de la serendipia y la pasmosa facultad de algunos escritores de prever sucesos e inventos que, con el curso de los años, se han revelado exactos.
Como ya ha quedado patente en anteriores entradas, los mínimos del rigor intelectual exigen la aclaración de los conceptos que se van a utilizar en un determinado discurso. En este sentido, al llegar a casa, he consultado mi diccionario de la RAE y he descubierto, que, curiosamente, la voz "serendipia" no se contaba entre su elenco. Extrañada, he decidido seguir indagando en la vigésima segunda edición del diccionario que está a disposición de los internautas interesados. Nuevamente la callada por respuesta. La wikipedia acude en mi ayuda y me aclara que por serendipia hay que entender "un descubrimiento científico afortunado e inesperado que se ha realizado accidentalmente. Se puede denominar así también a la casualidad, coincidencia u accidente". En realidad, otro de los nombres del azar.
No deja de ser curioso que el viernes precisamente mantuviera una conversación acerca del tema con una amiga. Me informaba de que había asistido a la conferencia que el nobel en física de 1979, Sheldon Lee Glashow, impartió en Pamplona el pasado 28 de octubre y que llevaba el sugerente título de "¿La ciencia avanza por el azar (serendipia) o por la inteligencia?". La tesis del nobel, como es de suponer, era que el desarrollo científico no obedece a la pura racionalidad y a uno de sus productos, la metodología científica; ni tampoco al puro azar, casualidad o serendipia. Evidentemente, el interés de la conferencia no residía en esta proposición que no resulta de difícil digestión. En opinión de mi amiga, lo realmente remarcable de la charla de Glashow fue que, en un ejercicio de la erudición y de la brillantez que soñamos adorna a los nobeles, dio un rápido repaso a la historia de la ciencia desde Newton hasta nuestros días y aportó datos que avalaban la tesis original.
Me interesa esta versión de los hechos, porque intuyo que los no científicos (no creo que quepa atribuir esta idea a los que se dedican a la investigación) manejamos una imagen de la ciencia rayana en la veneración. Bien es cierto que el método científico es uno de los grandes constructos de la inteligencia humana que ha demostrado con creces sus virtualidades. Ahora bien, sin entrar en demasiados (y necesarios) matices, es obvio que no cabe constreñir toda la realidad en tan limitado ropaje. No hay que olvidar que en última instancia es un artificio, poderoso, pero artificio.
Lo que sin duda parecerá un artificio será el introducir, llegados a este punto, el artículo de David C. Richardson que lleva por título "Confesiones de un ex-prestamista". Pero prometo que se trata de un caso de pura serendipia. Llevaba varios días acariciando la idea de analizar el tema de los objetivos de la empresa en general y el de la consecución del máximo beneficio en particular. Mi impresión es que al analizar estos temas, sobre todo desde una perspectiva no económica, es relativamente sencillo caer en un maniqueísmo bienintencionado. Por supuesto que las empresas buscan beneficios, el problema viene de la expresión "maximizar beneficios". Buscando otras pistas que no vienen el caso, me he encontrado con las reflexiones de este autor que me han resultado muy sugestivas. La casualidad ha querido también que este mismo artículo se haya recogido en el libro de texto de Economía de la editorial Santillana. Sugiero su lectura porque prometo comentario. Por ahora me limito a ejercer, a modo de Hermes, de heraldo del azar. Encantada.
"Un primer curso de economía no permite dominar todos sus intrincados y esotéricos temas, pero puedo decirle basándome en la experiencia de estudiantes de todo el mundo que el mejor curso de economía es el de introducción. Una vez que haya entrado este nuevo y extraño jardín de ideas, el mundo nunca será igual. Y cuando dentro de unos años recuerde la experiencia, incluso lo que no entendía mucho entonces habrá madurado claramente." Paul Samuelson
domingo, 9 de noviembre de 2008
sábado, 8 de noviembre de 2008
La vida secreta de las palabras
"Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo" (L. Wittgenstein Tractatus Logicus Philosophicus)
Los psicólogos y los filósofos del lenguaje han escrito ríos de tinta en torno a la relación entre pensamiento y lenguaje. Lo que parece claro, -no me atrevo a utilizar la palabra 'indiscutible'- es que nuestra red para hacernos con el mundo es el lenguaje. En la lengua que de niños aprendimos está fijado y registrado el tejido de conceptos y, con él, nuestro sistema de clasificar los objetos y cualidades que atribuimos al mundo. No voy a entrar a dirimir, entre otras cosas porque no soy capaz de hacerlo, si existe un pensamiento sin lenguaje. Doctores tiene la filosofía analítica. Lo que sí creo firmemente es que sin una adecuada red lingüística la capacidad de pensar resulta anoréxica.
Esta introducción pretende ser algo más que un ejercicio de (mal) estilo. He comenzado con la mención al lenguaje y al pensamiento porque a veces me asalta la duda acerca de si mis alumnos están tejiendo adecuadamente su red de conceptos económicos o por el contrario están chapoteando sobre ellos sin realmente asimilarlos. Me resulta difícil ponerme en su lugar. La razón es que yo había construido mis propios esquemas cuando me acerqué a una ciencia que, en principio, no me atraía demasiado. De hecho, cuando empecé a estudiar economía lo hice contaminada con una serie de conceptos filosóficos y de métodos analíticos que me llevaban al análisis de cualquier concepto que se prestara. No en vano intenté, sin éxito, acabar una tesis doctoral sobre el filósofo W. V. Quine (cuyos textos son un prodigio de buena sintaxis y profundidad filosófica). Ese, no obstante, es otro tema del que algún día hablaré. Ya he incluido suficientes dosis de protagonismo en este post.
Uno de los conceptos económicos que más me hizo reflexionar fue el de 'valor añadido'. He de señalar, que el término 'valor' es de los que hacen que un filósofo se frote las manos. En realidad, incluso en su tiempo existía una especialidad en alguna de las facultades de filosofía que llevaba el nombre de "Valores". Aunque mi interés se ha centrado en el campo de la lógica y filosofía de la ciencia, he de reconocer que, con el tiempo, mis preocupaciones se han reconducido y me han hecho considerar la importancia de dar con una adecuado tratamiento del valor. Tal vez porque, aunque es difícil sustraerse a las valoraciones, hoy en día se ha convertido en una palabra comodín.
Evidentemente, querido internauta, el sentido del término 'valor' que estoy utilizando no es exactamente igual al que se maneja cuando se señala que el valor añadido de una empresa panadera es de 600 euros al día. Sin embargo, es falso también no encontrar una raíz de significación común entre ambas acepciones del término. De hecho, cuando antes de publicar esta entrada he investigado acerca del origen de la palabra 'valor' me he encontrado con que algunos autores la atribuyen al campo económico. En este sentido, Marx habla de valores económicos y Nietzsche de valores morales. Max Scheler intentó dar forma a lo que denominó ética de los valores en oposición a las éticas materiales.
Pero, ¿qué se entiende por valor? De forma genérica, decimos que algo tiene ‘valor’ cuando es deseable por sí mismo o se juzga superior a otras cosas. Hay que matizar que lo que realmente ‘vale’ no es la cosa en sí misma (para mí no tiene ningún valor una entrada a un partido de fútbol, pongamos por caso), sino que lo valioso lo es en relación con el sujeto que la valora (‘vale’ para mí, porque la encuentro interesante, porque me resulta útil, porque me gusta, porque puedo especular económicamente con ella, etc.).
Desde esta perspectiva se entiende que el "valor añadido" en un bien es la parte de su valoración total que se incorpora en una determinada fase del proceso productivo por la aplicación de trabajo y capital al producto que porviente de la fase precedente, del cual se ha de restar ese valor. De ahí también que en el denominado Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA) se hable de IVA repercutido e IVA soportado: lo que se pretende gravar es únicamente el valor añadido y por tanto es necesario realizar la resta entre ambas magnitudes.
En definitiva, lo que justifica la existencia de la empresa es precisamente su capacidad de añadir valor. Sería deseable universalizar esta tesis: sólo lo que añade valor puede perdurar. Desgraciadamente no siempre es así.
Los psicólogos y los filósofos del lenguaje han escrito ríos de tinta en torno a la relación entre pensamiento y lenguaje. Lo que parece claro, -no me atrevo a utilizar la palabra 'indiscutible'- es que nuestra red para hacernos con el mundo es el lenguaje. En la lengua que de niños aprendimos está fijado y registrado el tejido de conceptos y, con él, nuestro sistema de clasificar los objetos y cualidades que atribuimos al mundo. No voy a entrar a dirimir, entre otras cosas porque no soy capaz de hacerlo, si existe un pensamiento sin lenguaje. Doctores tiene la filosofía analítica. Lo que sí creo firmemente es que sin una adecuada red lingüística la capacidad de pensar resulta anoréxica.
Esta introducción pretende ser algo más que un ejercicio de (mal) estilo. He comenzado con la mención al lenguaje y al pensamiento porque a veces me asalta la duda acerca de si mis alumnos están tejiendo adecuadamente su red de conceptos económicos o por el contrario están chapoteando sobre ellos sin realmente asimilarlos. Me resulta difícil ponerme en su lugar. La razón es que yo había construido mis propios esquemas cuando me acerqué a una ciencia que, en principio, no me atraía demasiado. De hecho, cuando empecé a estudiar economía lo hice contaminada con una serie de conceptos filosóficos y de métodos analíticos que me llevaban al análisis de cualquier concepto que se prestara. No en vano intenté, sin éxito, acabar una tesis doctoral sobre el filósofo W. V. Quine (cuyos textos son un prodigio de buena sintaxis y profundidad filosófica). Ese, no obstante, es otro tema del que algún día hablaré. Ya he incluido suficientes dosis de protagonismo en este post.
Uno de los conceptos económicos que más me hizo reflexionar fue el de 'valor añadido'. He de señalar, que el término 'valor' es de los que hacen que un filósofo se frote las manos. En realidad, incluso en su tiempo existía una especialidad en alguna de las facultades de filosofía que llevaba el nombre de "Valores". Aunque mi interés se ha centrado en el campo de la lógica y filosofía de la ciencia, he de reconocer que, con el tiempo, mis preocupaciones se han reconducido y me han hecho considerar la importancia de dar con una adecuado tratamiento del valor. Tal vez porque, aunque es difícil sustraerse a las valoraciones, hoy en día se ha convertido en una palabra comodín.
Evidentemente, querido internauta, el sentido del término 'valor' que estoy utilizando no es exactamente igual al que se maneja cuando se señala que el valor añadido de una empresa panadera es de 600 euros al día. Sin embargo, es falso también no encontrar una raíz de significación común entre ambas acepciones del término. De hecho, cuando antes de publicar esta entrada he investigado acerca del origen de la palabra 'valor' me he encontrado con que algunos autores la atribuyen al campo económico. En este sentido, Marx habla de valores económicos y Nietzsche de valores morales. Max Scheler intentó dar forma a lo que denominó ética de los valores en oposición a las éticas materiales.
Pero, ¿qué se entiende por valor? De forma genérica, decimos que algo tiene ‘valor’ cuando es deseable por sí mismo o se juzga superior a otras cosas. Hay que matizar que lo que realmente ‘vale’ no es la cosa en sí misma (para mí no tiene ningún valor una entrada a un partido de fútbol, pongamos por caso), sino que lo valioso lo es en relación con el sujeto que la valora (‘vale’ para mí, porque la encuentro interesante, porque me resulta útil, porque me gusta, porque puedo especular económicamente con ella, etc.).
Desde esta perspectiva se entiende que el "valor añadido" en un bien es la parte de su valoración total que se incorpora en una determinada fase del proceso productivo por la aplicación de trabajo y capital al producto que porviente de la fase precedente, del cual se ha de restar ese valor. De ahí también que en el denominado Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA) se hable de IVA repercutido e IVA soportado: lo que se pretende gravar es únicamente el valor añadido y por tanto es necesario realizar la resta entre ambas magnitudes.
En definitiva, lo que justifica la existencia de la empresa es precisamente su capacidad de añadir valor. Sería deseable universalizar esta tesis: sólo lo que añade valor puede perdurar. Desgraciadamente no siempre es así.
viernes, 7 de noviembre de 2008
Tiempos modernos
"El hombre necesita vestirse para no morir de frío, pero acaba creando Armani. "(José Antonio Marina)
Compruebo, no sin cierta ilusión, he de admitirlo, que este cuaderno de bitácora se va animando. He recibido interesantes aportaciones vía correo electrónico de Gemma y Sergio (a los que espero no les moleste ser citados en este foro) que me invitan a aprender de otros sitios de la red y, por consiguiente, a enriquecer el presente. Muchas gracias a ambos.
Tras el parón de ayer, -mis alumnos de 1º y 2º de Bachillerato se hallan inmersos en la vorágine de los primeros exámenes (mucha suerte a todos) y yo misma en la de ejercer de juez implacable de sus esfuerzos-, vuelvo a la carga. El tema que he elegido es una continuación del que introduje en la entrada del lunes. La innovación como motor de desarrollo de la empresa y, de forma mediata, de la sociedad.
Para comprender el alcance de un término es necesario, como ya vengo repitiendo una y otra vez en estas líneas, analizar su origen. Rastrear la senda semántica que ha dado lugar al significado actual del término. Porque los significados se construyen en una suerte de devenir histórico que no puede ser obviado si lo que se pretende es una adecuada comprensión de éstos.
El término 'innovar" procede del latín "innovare". Si se acude a la definición que del término aporta el diccionario de la RAE se descubre, sin embargo, un significado que no deja de ser curioso: "Volver algo a su anterior estado". Hoy lo llamaríamos 'renovar'. Resulta asimismo reveladora la acepción que, como atinadamente recuerda José Antonio Marina, se dio al término novedad en el primer diccionario castellano de 1630: "Cosa nueva y no acostumbrada que suele ser peligrosa por traer cambio o mudanza de cosa antigua". El miedo al cambio es inherente al ser humano, en la medida en que es consustancial a su naturaleza el intento de domesticar la realidad mediante su categorización en estructuras estables. El cambio viene a ser una grieta que pone en tela de juicio la estabilidad de estas estructuras y, por tanto, arroja a la persona a la vertiente más brava de la realidad.
Sin embargo, innovar es ampliar la realidad, no necesariamente destruyendo lo ya conseguido, atisbar potencialidades donde sólo hay hechos. Por eso, me parece que la capacidad de innovar guarda una relación intimísima con el núcleo duro de la inteligencia humana. En el mundo empresarial está asentada y asumida la consigna de que la innovación es la forma de escapar de un mercado presidido por la homogeneidad, por la insoportable semejanza de los productos que obliga a plegarse a la tiranía del precio. Por eso a la estructura de mercado de competencia perfecta se le asigna el título de precio aceptante. Innovar es sustraerse a las trampas de lo indiferenciado, ser capaz de aportar rasgos propios a la masa informe.
Ahora bien, no quiero dejar de señalar la tentación que se agazapa tras los dominios de lo novedoso. A mi modo de ver, se puede caer en la sacralización de lo nuevo, en la asimilación de dos conceptos que de suyo son diferentes el de lo nuevo y lo bueno o lo deseable. Tal vez, ese peligro era el que habían entrevisto los lexicógrafos que redactaron la voz 'novedoso' en el siglo XVII. La eterna tentación del hombre moderno de hacer tábula rasa, de partir de cero, como si no fuese hijo de un tiempo que es el último eslabón de una larga cadena. Muchas de las resistencias a la innovación surgen precisamente de una mala gestión del tiempo (como al decir de algunos, otros males): se pretende empezar negando la existencia de otros comienzos, de otros pasados, de otras formas que en su día fueron también nuevas. Por otro lado, lo nuevo posee la inestimable virtud que caracteriza a lo perfecto, lo que todavía no ha mostrado su cara oculta, que es su carencia de fallos. Frente a su perfección se torna imposible la victoria de lo ya conocido, de las viejas formas, al menos a corto plazo. La batalla ha de librarse en el largo plazo, cuando lo no tan nuevo y lo ya conocido o lo viejo concurren en igualdad de condiciones. Hasta que una nueva innovación los coloque en el mismo bando: el de lo viejo, lo gastado. El precio del progreso.
Compruebo, no sin cierta ilusión, he de admitirlo, que este cuaderno de bitácora se va animando. He recibido interesantes aportaciones vía correo electrónico de Gemma y Sergio (a los que espero no les moleste ser citados en este foro) que me invitan a aprender de otros sitios de la red y, por consiguiente, a enriquecer el presente. Muchas gracias a ambos.
Tras el parón de ayer, -mis alumnos de 1º y 2º de Bachillerato se hallan inmersos en la vorágine de los primeros exámenes (mucha suerte a todos) y yo misma en la de ejercer de juez implacable de sus esfuerzos-, vuelvo a la carga. El tema que he elegido es una continuación del que introduje en la entrada del lunes. La innovación como motor de desarrollo de la empresa y, de forma mediata, de la sociedad.
Para comprender el alcance de un término es necesario, como ya vengo repitiendo una y otra vez en estas líneas, analizar su origen. Rastrear la senda semántica que ha dado lugar al significado actual del término. Porque los significados se construyen en una suerte de devenir histórico que no puede ser obviado si lo que se pretende es una adecuada comprensión de éstos.
El término 'innovar" procede del latín "innovare". Si se acude a la definición que del término aporta el diccionario de la RAE se descubre, sin embargo, un significado que no deja de ser curioso: "Volver algo a su anterior estado". Hoy lo llamaríamos 'renovar'. Resulta asimismo reveladora la acepción que, como atinadamente recuerda José Antonio Marina, se dio al término novedad en el primer diccionario castellano de 1630: "Cosa nueva y no acostumbrada que suele ser peligrosa por traer cambio o mudanza de cosa antigua". El miedo al cambio es inherente al ser humano, en la medida en que es consustancial a su naturaleza el intento de domesticar la realidad mediante su categorización en estructuras estables. El cambio viene a ser una grieta que pone en tela de juicio la estabilidad de estas estructuras y, por tanto, arroja a la persona a la vertiente más brava de la realidad.
Sin embargo, innovar es ampliar la realidad, no necesariamente destruyendo lo ya conseguido, atisbar potencialidades donde sólo hay hechos. Por eso, me parece que la capacidad de innovar guarda una relación intimísima con el núcleo duro de la inteligencia humana. En el mundo empresarial está asentada y asumida la consigna de que la innovación es la forma de escapar de un mercado presidido por la homogeneidad, por la insoportable semejanza de los productos que obliga a plegarse a la tiranía del precio. Por eso a la estructura de mercado de competencia perfecta se le asigna el título de precio aceptante. Innovar es sustraerse a las trampas de lo indiferenciado, ser capaz de aportar rasgos propios a la masa informe.
Ahora bien, no quiero dejar de señalar la tentación que se agazapa tras los dominios de lo novedoso. A mi modo de ver, se puede caer en la sacralización de lo nuevo, en la asimilación de dos conceptos que de suyo son diferentes el de lo nuevo y lo bueno o lo deseable. Tal vez, ese peligro era el que habían entrevisto los lexicógrafos que redactaron la voz 'novedoso' en el siglo XVII. La eterna tentación del hombre moderno de hacer tábula rasa, de partir de cero, como si no fuese hijo de un tiempo que es el último eslabón de una larga cadena. Muchas de las resistencias a la innovación surgen precisamente de una mala gestión del tiempo (como al decir de algunos, otros males): se pretende empezar negando la existencia de otros comienzos, de otros pasados, de otras formas que en su día fueron también nuevas. Por otro lado, lo nuevo posee la inestimable virtud que caracteriza a lo perfecto, lo que todavía no ha mostrado su cara oculta, que es su carencia de fallos. Frente a su perfección se torna imposible la victoria de lo ya conocido, de las viejas formas, al menos a corto plazo. La batalla ha de librarse en el largo plazo, cuando lo no tan nuevo y lo ya conocido o lo viejo concurren en igualdad de condiciones. Hasta que una nueva innovación los coloque en el mismo bando: el de lo viejo, lo gastado. El precio del progreso.
miércoles, 5 de noviembre de 2008
Vencedores o vencidos
"Nadie puede en su vida escapar a una deplorable dosis de entusiasmo" (Stendhal)
Hoy he desayunado con Barack Obama. También cené la noche pasada con él y comí con su agradable presencia. No soy un caso único, lo sé. De hecho, ha sido prácticamente inevitable evitar su compañía. Desde que emprendió la carrera por las primarias demócratas enfrentándose nada más y nada menos que con la ex-primera dama, su rostro ha pasado a formar parte del álbum familiar.
Ha ganado las elecciones a su oponente, el republicano McCain. La entrada de mi cuaderno de bitácora está dedicada al programa político de ambos. Recomiendo pinchar aquí.
Que la suerte le acompañe.
Hoy he desayunado con Barack Obama. También cené la noche pasada con él y comí con su agradable presencia. No soy un caso único, lo sé. De hecho, ha sido prácticamente inevitable evitar su compañía. Desde que emprendió la carrera por las primarias demócratas enfrentándose nada más y nada menos que con la ex-primera dama, su rostro ha pasado a formar parte del álbum familiar.
Ha ganado las elecciones a su oponente, el republicano McCain. La entrada de mi cuaderno de bitácora está dedicada al programa político de ambos. Recomiendo pinchar aquí.
Que la suerte le acompañe.
martes, 4 de noviembre de 2008
La realidad y el deseo
"Pobre no es el que tiene poco, sino el que mucho desea" (L. A. Seneca)
Ayer no pude tratar el tema de la innovación como realmente hubiera deseado hacer. Repasando lo escrito, compruebo que quedaron en el aire muchos aspectos que matizar. Realmente hablar de innovación es como hablar del ser humano y de su capacidad de descubrir posibilidades ocultas en las mismas piedras. Entra sin duda en la categoría de tópico referirse a la magistral y proverbial habilidad de Miguel Ángel para adivinar las formas de David en un trozo de mármol mostrenco. Por eso, la entrada de ayer no hizo en absoluto justicia al término. Prometo volver sobre él y seguir indagando en uno de los atributos o dones (según se mire) que convierten al ser humano en un auténtico demiurgo.
Pero no quiero dilatar más la incursión en la temática del día. Tras mucho jugar al suspense con las isocuantas e isocostes, no soy Hitchcock, ha llegado el momento, querido internauta, de emprender la apasionante empresa de intentar explicar ambos conceptos.
El concepto de isocuanta hay que encuadrarlo en el contexto de la función de producción y de los factores de producción. Mis alumnos están cansados de escucharme la idea de que tradicionalmente se han distinguido tres factores de producción: tierra, trabajo y capital. Por otro lado, hay formas de producir que son tecnológicamente eficientes y otras que, obviamente, no lo son. Intuitivamente la idea es sencilla: si para obtener un determinado bien se utilizan con una determinada tecnología 3 hombres y dos máquinas y con otra 3 hombres y 3 máquinas, es fácil colegir que la segunda es menos eficiente que la primera. Pues bien, dados los factores de producción trabajo y capital, que se consideran variables a largo plazo, la isocuanta es el lugar geométrico de los puntos del plano que representan combinaciones de factores que proporcionan un mismo nivel de producción. Pondré un ejemplo: la isocuanta relativa a la producción de un coche nos informa de que es posible conseguirlo con 3 hombres y 3 máquinas o con 2 hombres y 4 máquinas o con 4 hombres y dos máquinas.
Pero los economistas pecan de exigentes, como todo el mundo de sobra conoce. Por eso, además de perseguir la eficiencia técnica, esto es, conseguir la mayor producción con la menor utilización de factores, buscan la eficiencia económica, es decir, que la combinación de factores que permite la obtención del coche resulte lo más barata posible. Si el coste de una hora de trabajo es 10 euros y el de una máquina es de 5, es evidente que será menos gravoso utilizar 2 hombres y 4 máquinas que 4 máquinas y 3 hombres. Las rectas isocostes representan las combinaciones de factores que presentan el mismo coste, para unos precios de los factores dados.
Aún falta una pieza más en el puzzle de la producción. Tiene que ver con el concepto de equilibrio, al que por su importancia y sus orígenes dedicaré otra entrada. Realmente resultaría muy fatigoso (por no decir imposible) analizar manualmente todas y cada una de las combinaciones de factores y sus correspondientes costes en aras de determinar qué combinación es la que comporta costes mínimos. Una vez más, la geometría comparece cuando el economista la invoca. El punto de tangencia entre la curva isocuanta y la isocoste asociada representa la opción óptima, es decir, aquella que proporciona un determinado nivel de producción a un coste mínimo. Si el lector no se lo imagina aún, extremo bastante plausible, puede pinchar aquí.
Las funciones microeconómicas tienen vocaciones elevadas (la máxima producción, el máximo beneficio) pero han de enfrentarse al principio de realidad que se disfraza de mínimo coste. Una vez más, la realidad y el deseo. Probablemente la solución más inteligente pase por no desear aquello que no se puede conseguir. O desear sólo aquello que se puede alcanzar. Hasta mañana.
Ayer no pude tratar el tema de la innovación como realmente hubiera deseado hacer. Repasando lo escrito, compruebo que quedaron en el aire muchos aspectos que matizar. Realmente hablar de innovación es como hablar del ser humano y de su capacidad de descubrir posibilidades ocultas en las mismas piedras. Entra sin duda en la categoría de tópico referirse a la magistral y proverbial habilidad de Miguel Ángel para adivinar las formas de David en un trozo de mármol mostrenco. Por eso, la entrada de ayer no hizo en absoluto justicia al término. Prometo volver sobre él y seguir indagando en uno de los atributos o dones (según se mire) que convierten al ser humano en un auténtico demiurgo.
Pero no quiero dilatar más la incursión en la temática del día. Tras mucho jugar al suspense con las isocuantas e isocostes, no soy Hitchcock, ha llegado el momento, querido internauta, de emprender la apasionante empresa de intentar explicar ambos conceptos.
El concepto de isocuanta hay que encuadrarlo en el contexto de la función de producción y de los factores de producción. Mis alumnos están cansados de escucharme la idea de que tradicionalmente se han distinguido tres factores de producción: tierra, trabajo y capital. Por otro lado, hay formas de producir que son tecnológicamente eficientes y otras que, obviamente, no lo son. Intuitivamente la idea es sencilla: si para obtener un determinado bien se utilizan con una determinada tecnología 3 hombres y dos máquinas y con otra 3 hombres y 3 máquinas, es fácil colegir que la segunda es menos eficiente que la primera. Pues bien, dados los factores de producción trabajo y capital, que se consideran variables a largo plazo, la isocuanta es el lugar geométrico de los puntos del plano que representan combinaciones de factores que proporcionan un mismo nivel de producción. Pondré un ejemplo: la isocuanta relativa a la producción de un coche nos informa de que es posible conseguirlo con 3 hombres y 3 máquinas o con 2 hombres y 4 máquinas o con 4 hombres y dos máquinas.
Pero los economistas pecan de exigentes, como todo el mundo de sobra conoce. Por eso, además de perseguir la eficiencia técnica, esto es, conseguir la mayor producción con la menor utilización de factores, buscan la eficiencia económica, es decir, que la combinación de factores que permite la obtención del coche resulte lo más barata posible. Si el coste de una hora de trabajo es 10 euros y el de una máquina es de 5, es evidente que será menos gravoso utilizar 2 hombres y 4 máquinas que 4 máquinas y 3 hombres. Las rectas isocostes representan las combinaciones de factores que presentan el mismo coste, para unos precios de los factores dados.
Aún falta una pieza más en el puzzle de la producción. Tiene que ver con el concepto de equilibrio, al que por su importancia y sus orígenes dedicaré otra entrada. Realmente resultaría muy fatigoso (por no decir imposible) analizar manualmente todas y cada una de las combinaciones de factores y sus correspondientes costes en aras de determinar qué combinación es la que comporta costes mínimos. Una vez más, la geometría comparece cuando el economista la invoca. El punto de tangencia entre la curva isocuanta y la isocoste asociada representa la opción óptima, es decir, aquella que proporciona un determinado nivel de producción a un coste mínimo. Si el lector no se lo imagina aún, extremo bastante plausible, puede pinchar aquí.
Las funciones microeconómicas tienen vocaciones elevadas (la máxima producción, el máximo beneficio) pero han de enfrentarse al principio de realidad que se disfraza de mínimo coste. Una vez más, la realidad y el deseo. Probablemente la solución más inteligente pase por no desear aquello que no se puede conseguir. O desear sólo aquello que se puede alcanzar. Hasta mañana.
Las horas
"Las personas se dividen en dos categorias: las que realzan la vida y las que la merman" (Virginia Wolf)
En ocasiones, la escritura actúa a modo de lenitivo. No importan ni el tema, ni la ocasión, ni tan siquiera las circunstancias. A tiempo y a destiempo. Por eso, hoy he decidido, aunque tarde, cosas del directo, completar la entrada de este cuaderno de bitácora económico. No hablaré de las isocuantas e isocostes, a las que a este paso va a parecer que odio cordialmente. Más bien es una cuestión de admitir que hay un tiempo para todo y que éste no es el suyo.
Hoy ha surgido un interesante debate en el curso de la clase de economía de 1º de Bachillerato. Hablábamos de innovación y de la necesaria protección legal que debe asegurarse a las innovaciones. O más bien de los límites de esa protección legal. Véase el caso de los medicamentos genéricos y la polémica con los antirretrovirales. Realmente es un ejemplo más de un conflicto de intereses encontrados y de difícil solución porque lo que parece claro es que la innovación es una pieza clave que permite a las empresas abandonar la incómoda posición (para ellas, no para los sufridos consumidores) de competencia perfecta que impide la obtención de beneficios extraordinarios. Por eso, Schumpeter defendía que el empresario o es innovador o no es.
Sin duda, al escribir semejantes frases estoy incumpliendo con una máxima que debe regir este blog, a saber, no anticipar acontecimientos ni utilizar términos que no hayan sido previamente clarificados. En mi descargo afirmaré que todo llegará. En realidad, la verdadera importancia de la innovación reside en el efecto difusión que provoca. Realza la vida en la medida en que amplía el campo de acción de ésta.
Curiosamente he recibido un correo con un enlace a un interesante artículo que hablaba de ecoinnovación. Sólo me queda, en llegando a este punto y a estas horas, adjuntar el enlace. Y que siga la ronda.
http://www.fundacionentorno.org/noticias/index.asp?cid=18212&mode=default
En ocasiones, la escritura actúa a modo de lenitivo. No importan ni el tema, ni la ocasión, ni tan siquiera las circunstancias. A tiempo y a destiempo. Por eso, hoy he decidido, aunque tarde, cosas del directo, completar la entrada de este cuaderno de bitácora económico. No hablaré de las isocuantas e isocostes, a las que a este paso va a parecer que odio cordialmente. Más bien es una cuestión de admitir que hay un tiempo para todo y que éste no es el suyo.
Hoy ha surgido un interesante debate en el curso de la clase de economía de 1º de Bachillerato. Hablábamos de innovación y de la necesaria protección legal que debe asegurarse a las innovaciones. O más bien de los límites de esa protección legal. Véase el caso de los medicamentos genéricos y la polémica con los antirretrovirales. Realmente es un ejemplo más de un conflicto de intereses encontrados y de difícil solución porque lo que parece claro es que la innovación es una pieza clave que permite a las empresas abandonar la incómoda posición (para ellas, no para los sufridos consumidores) de competencia perfecta que impide la obtención de beneficios extraordinarios. Por eso, Schumpeter defendía que el empresario o es innovador o no es.
Sin duda, al escribir semejantes frases estoy incumpliendo con una máxima que debe regir este blog, a saber, no anticipar acontecimientos ni utilizar términos que no hayan sido previamente clarificados. En mi descargo afirmaré que todo llegará. En realidad, la verdadera importancia de la innovación reside en el efecto difusión que provoca. Realza la vida en la medida en que amplía el campo de acción de ésta.
Curiosamente he recibido un correo con un enlace a un interesante artículo que hablaba de ecoinnovación. Sólo me queda, en llegando a este punto y a estas horas, adjuntar el enlace. Y que siga la ronda.
http://www.fundacionentorno.org/noticias/index.asp?cid=18212&mode=default
domingo, 2 de noviembre de 2008
Alguien voló sobre el nido del cuco
"La Ley, en general, es la razón humana en cuanto se aplica al gobierno de todos los pueblos de la tierra; y las leyes políticas y civiles de cada nación no deben ser otra cosa sino casos particulares en que se aplica la misma razón humana" (Montesquieu, El espíritu de las leyes)
Es una tarde cenicienta y mustia. De esas que invitan a la lectura, al cine en casa y al recogimiento en general. Caldo de cultivo perfecto para la holgazanería, el chocolate caliente y el disfrute del tiempo de una tarde de domingo. Bajo estas premisas ambientales, me planteo hasta qué punto seguir con el tema que dejé a medias hace unos días: la necesaria educación para la ciudadanía. La otra posibilidad que, sinceramente, no juzgo de mayor calado, es hincarle el diente a la explicación y clarificación de dos conceptos que, me temo, están trayendo de cabeza a mis alumnos de 1º de Bachillerato. Las curvas isocuantas y las isocostes.
Sin embargo, pospondré su tratamiento para climas más favorables y entornos más propicios para la gráfica y el análisis de funciones.
Si el otro día hablaba de los principios formales y materiales de nuestro ordenamiento jurídico, hoy quiero abordar la cuestión de las fuentes del derecho. Una vez más, higiene intelectual obliga, se hace necesaria la clarificación en este contexto del concepto de 'fuente'. De esta forma, se entiende por tal "el lugar de donde surge el derecho". Tradicionalmente se distinguen dos sentidos, a saber, formal y material.
Al aludir a una fuente de derecho en sentido formal hay que remitirse a los modos de expresión de las normas jurídicas. Por ejemplo, la ley o la costumbre. Al hacer lo propio en sentido material se hace referencia a las fuerzas o grupos sociales legitimados para crear normas jurídicas. Por ejemplo el parlamento, grupos sociales o sindicatos.
La Constitución Española enumera como fuentes del ordenamiento jurídico español, "la ley, la costumbre y los principios generales del derecho". Se hace necesario precisar que la Constitución no es sólo la norma suprema de todo el ordenamiento jurídico, sino que también regula las demás fuentes del ordenamiento jurídico.
Además de la Constitución, se dice que la ley es fuente del derecho. Cuando se afirma que una norma tiene rango de ley se está utilizando el concepto ley para significar "la norma establecida por las cortes generales y los parlamentos autonómicos". Habitualmente se distinguen dos tipos de leyes: las orgánicas y las ordinarias. Las leyes orgánicas exigen para su aprobación, modificación o derogación mayoría absoluta del Congreso (como curiosidad, querido internauta, puedes pinchar en hemiciclo y descrubrir dónde se sienta tu parlamentario favorito) y versarán sobre el desarrollo de los derechos fundamentales y de las leyes públicas, las que aprueban los Estatutos de Autonomía y el régimen electoral general y las demás previstas en la Constitución. La LOE (Ley Orgánica de Educación) constituye un buen ejemplo de este tipo de leyes.
Las leyes ordinarias son las aprobadas con tal carácter por las Cortes Generales (Congreso y Senado). Para su aprobación es suficiente el voto favorable de la mayoría simple, es decir, la mayoría de los miembros presentes.
Dentro de estas leyes, cabe distinguir entre las leyes aprobadas por el Pleno y por las Comisiones. Pues aunque lo normal será que sea aprobada por el Pleno, hay que tener presente que el mismo puede delegar en las Comisiones Legislativas Permanentes la aprobación de proyectos o proposiciones de Ley con excepción de la reforma constitucional, las leyes orgánicas y de bases y los Presupuestos Generales del Estado
Las Comunidades Autónomas también tienen sus propias leyes. No valen ni más ni menos que la estatal. Es un asunto de competencias (las Comunidades Autónomas pueden legislar sólo sobre los ámbitos para los que tienen competencias).
El Gobierno, excepcionalmente, también puede dictar actos con fuerza de ley. Pero lo puede hacer con determinadas restricciones: es necesario que las Cortes habiliten al Gobierno para que dicte disposiciones con rango de ley. En caso de extraordinaria urgencia y necesidad, el gobierno podrá dictar disposiciones legislativas provisionales que se llaman decreto-ley y que en el plazo de 30 días tendrá que ser aprobado o derogado por las cortes.
Pero lo propio del gobierno no es aprobar leyes. Puede decirse que de la misma forma que la ley es el acto normativo del Parlamentelo es Reglamento es el acto normativo del gobierno. En función de su procedencia se habla de decretos, que proceden del Consejo de Ministros, órdenes proceden de cada ministro en el ámbito de su departamento y disposiciones de órganos inferiores.
La Constitución es la norma jurídica jerárquicamente superior en el ordenamiento, pero, teniendo en cuenta que España forma parta de la UE ¿qué ocurre con la legislación de la Unión Europea? Para dar respuesta a esta pregunta hay que tener en cuenta el llamado principio de atribución según el cual la UE sólo ejerce las competencias cedidas por los Estados y las demás permanecen bajo la soberanía de estos. En el ordenamiento comunitario se distinguen los Tratados constitutivos que vienen a ser, como su propia nombre indica, una especie de constitución y los reglamentos y directivas. No entraré a profundizar más en el tema.
Se contemplan otras fuentes del derecho: como la costumbre, esto es, la norma creada por la propia comunidad mediante la reiteración de comportamientos que se consieran socialmente de necesaria observancia y los usos normativos (como los usos en los negocios). También se consideran fuentes los principios generales del derecho y los convenios colectivos.
Como diría el gran Porky (si has tenido la paciencia de llegar hasta aquí, querido lector, pincha por favor en este enlace, no te defraudará), "eso es todo, amigos". Cuando la realidad se examina a vista de pájaro, se corre el peligro de perder muchos detalles esenciales. Pero lo cierto es que más vale esa visión somera que ninguna. Aunque sólo sea para darse cuenta de que hay mucho pájaro suelto.
Es una tarde cenicienta y mustia. De esas que invitan a la lectura, al cine en casa y al recogimiento en general. Caldo de cultivo perfecto para la holgazanería, el chocolate caliente y el disfrute del tiempo de una tarde de domingo. Bajo estas premisas ambientales, me planteo hasta qué punto seguir con el tema que dejé a medias hace unos días: la necesaria educación para la ciudadanía. La otra posibilidad que, sinceramente, no juzgo de mayor calado, es hincarle el diente a la explicación y clarificación de dos conceptos que, me temo, están trayendo de cabeza a mis alumnos de 1º de Bachillerato. Las curvas isocuantas y las isocostes.
Sin embargo, pospondré su tratamiento para climas más favorables y entornos más propicios para la gráfica y el análisis de funciones.
Si el otro día hablaba de los principios formales y materiales de nuestro ordenamiento jurídico, hoy quiero abordar la cuestión de las fuentes del derecho. Una vez más, higiene intelectual obliga, se hace necesaria la clarificación en este contexto del concepto de 'fuente'. De esta forma, se entiende por tal "el lugar de donde surge el derecho". Tradicionalmente se distinguen dos sentidos, a saber, formal y material.
Al aludir a una fuente de derecho en sentido formal hay que remitirse a los modos de expresión de las normas jurídicas. Por ejemplo, la ley o la costumbre. Al hacer lo propio en sentido material se hace referencia a las fuerzas o grupos sociales legitimados para crear normas jurídicas. Por ejemplo el parlamento, grupos sociales o sindicatos.
La Constitución Española enumera como fuentes del ordenamiento jurídico español, "la ley, la costumbre y los principios generales del derecho". Se hace necesario precisar que la Constitución no es sólo la norma suprema de todo el ordenamiento jurídico, sino que también regula las demás fuentes del ordenamiento jurídico.
Además de la Constitución, se dice que la ley es fuente del derecho. Cuando se afirma que una norma tiene rango de ley se está utilizando el concepto ley para significar "la norma establecida por las cortes generales y los parlamentos autonómicos". Habitualmente se distinguen dos tipos de leyes: las orgánicas y las ordinarias. Las leyes orgánicas exigen para su aprobación, modificación o derogación mayoría absoluta del Congreso (como curiosidad, querido internauta, puedes pinchar en hemiciclo y descrubrir dónde se sienta tu parlamentario favorito) y versarán sobre el desarrollo de los derechos fundamentales y de las leyes públicas, las que aprueban los Estatutos de Autonomía y el régimen electoral general y las demás previstas en la Constitución. La LOE (Ley Orgánica de Educación) constituye un buen ejemplo de este tipo de leyes.
Las leyes ordinarias son las aprobadas con tal carácter por las Cortes Generales (Congreso y Senado). Para su aprobación es suficiente el voto favorable de la mayoría simple, es decir, la mayoría de los miembros presentes.
Dentro de estas leyes, cabe distinguir entre las leyes aprobadas por el Pleno y por las Comisiones. Pues aunque lo normal será que sea aprobada por el Pleno, hay que tener presente que el mismo puede delegar en las Comisiones Legislativas Permanentes la aprobación de proyectos o proposiciones de Ley con excepción de la reforma constitucional, las leyes orgánicas y de bases y los Presupuestos Generales del Estado
Las Comunidades Autónomas también tienen sus propias leyes. No valen ni más ni menos que la estatal. Es un asunto de competencias (las Comunidades Autónomas pueden legislar sólo sobre los ámbitos para los que tienen competencias).
El Gobierno, excepcionalmente, también puede dictar actos con fuerza de ley. Pero lo puede hacer con determinadas restricciones: es necesario que las Cortes habiliten al Gobierno para que dicte disposiciones con rango de ley. En caso de extraordinaria urgencia y necesidad, el gobierno podrá dictar disposiciones legislativas provisionales que se llaman decreto-ley y que en el plazo de 30 días tendrá que ser aprobado o derogado por las cortes.
Pero lo propio del gobierno no es aprobar leyes. Puede decirse que de la misma forma que la ley es el acto normativo del Parlamentelo es Reglamento es el acto normativo del gobierno. En función de su procedencia se habla de decretos, que proceden del Consejo de Ministros, órdenes proceden de cada ministro en el ámbito de su departamento y disposiciones de órganos inferiores.
La Constitución es la norma jurídica jerárquicamente superior en el ordenamiento, pero, teniendo en cuenta que España forma parta de la UE ¿qué ocurre con la legislación de la Unión Europea? Para dar respuesta a esta pregunta hay que tener en cuenta el llamado principio de atribución según el cual la UE sólo ejerce las competencias cedidas por los Estados y las demás permanecen bajo la soberanía de estos. En el ordenamiento comunitario se distinguen los Tratados constitutivos que vienen a ser, como su propia nombre indica, una especie de constitución y los reglamentos y directivas. No entraré a profundizar más en el tema.
Se contemplan otras fuentes del derecho: como la costumbre, esto es, la norma creada por la propia comunidad mediante la reiteración de comportamientos que se consieran socialmente de necesaria observancia y los usos normativos (como los usos en los negocios). También se consideran fuentes los principios generales del derecho y los convenios colectivos.
Como diría el gran Porky (si has tenido la paciencia de llegar hasta aquí, querido lector, pincha por favor en este enlace, no te defraudará), "eso es todo, amigos". Cuando la realidad se examina a vista de pájaro, se corre el peligro de perder muchos detalles esenciales. Pero lo cierto es que más vale esa visión somera que ninguna. Aunque sólo sea para darse cuenta de que hay mucho pájaro suelto.
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